Al día siguiente decidí quedarme en casa mientras mi abuelo iba a trabajar. No tenía ganas de salir ni de ver a nadie. Me preparé un desayuno sencillo, algo de pan y café, y me senté en la mesa intentando no pensar demasiado en el dolor de mi muñeca o en lo que había pasado el día anterior. Estaba terminando de desayunar cuando escuché que alguien tocaba la puerta. Fruncí el ceño, no esperaba visitas. Me acerqué con cautela y abrí solo un poco, asomándome. Ahí estaba él, Nicolás, con su sonrisa confiada y despreocupada, sosteniendo algo en la mano. —¿Qué haces aquí? —le solté, sin molestarse en disimular mi enojo. —Vine a verte. Y traje algo para ti —dijo, mostrándome un collar con un caracol en el centro. Era grande y hermoso, con tonos rosados y blancos que brillaban a la luz del sol

