Cuando bajé de la lancha, lo primero que noté fue el movimiento constante de la gente. Todos parecían saber exactamente hacia dónde iban, mientras yo me quedaba inmóvil, observando la isla. Era enorme, mucho más de lo que había imaginado, y la sensación de no saber por dónde empezar me golpeó con fuerza. La playa tenía pocas personas, dispersas bajo sombrillas o caminando cerca del agua.
El calor era sofocante, y mi ropa, húmeda por el sudor del viaje, parecía pegarse a mi piel. Sin pensarlo mucho, me quité la chaqueta y la guardé en mi mochila. Caminé hacia el agua, dejando que la arena caliente se colara entre mis dedos. Una vez cerca del mar, me agaché para mojarme el rostro y las manos. El agua estaba tibia, pero al menos aliviaba un poco el calor que me quemaba.
De repente, un ruido ensordecedor me sacó de mi pequeño momento de calma. Levanté la mirada y vi una moto de agua que se acercaba a toda velocidad hacia mí. No tuve tiempo de reaccionar antes de que una ola levantada por la moto me hiciera perder el equilibrio y caer de espaldas en la arena.
El impacto me aturdió por unos segundos, pero cuando logré enfocar la vista, vi una figura acercándose a mí. Era un hombre, probablemente mayor que yo, con cabello oscuro y revuelto por el viento. No llevaba camisa, y su abdomen, marcado y cubierto de tatuajes, brillaba bajo el sol. Sus ojos, de un Azul oscuro intenso, se clavaron en los míos mientras avanzaba con pasos decididos.
—¡¿Qué demonios haces en mi camino?! —exclamó con voz grave y autoritaria. Su tono era tan cortante que sentí que me atravesaba. Otras personas comenzaron a acercarse, atraídas por el ruido.
Me incorporé rápidamente, sacudiendo la arena de mi ropa, y lo miré con el ceño fruncido. A pesar de que el corazón me latía con fuerza, no estaba dispuesta a dejar que alguien me hablara así.
—¡Yo no estaba en tu camino! —le respondí, alzando la voz. Mi tono fue tan agresivo como el suyo—. Si no sabes manejar esa cosa, ¡no es mi culpa!
Él arqueó una ceja, y una sonrisa burlona apareció en sus labios. Luego, sin dejar de mirarme, dejó escapar una risa baja y sarcástica que hizo que la sangre me hirviera aún más.
—Mira a la sirenita, tan feroz como linda —comentó con burla, cruzándose de brazos y observándome con aire desafiante.
Sin pensarlo, levanté la mano y le di una bofetada que resonó incluso más fuerte de lo que esperaba. Su cabeza giró ligeramente por el impacto, pero cuando volvió a mirarme, su sonrisa seguía allí, como si nada hubiera pasado.
—Vaya, la sirenita también sabe pelear —dijo entre risas, mientras yo apretaba los puños, frustrada por su actitud.
No sabía quién era este hombre ni por qué estaba actuando así, pero estaba segura de algo: esta isla ya me estaba poniendo a prueba.
Me levanté sola, sacudiendo la arena de mis piernas y brazos, ignorando el leve ardor en mi codo izquierdo. Sentía las miradas clavadas en mí, como si todos estuvieran esperando algún espectáculo más. Con la cabeza en alto, decidí no prestarles atención, pero justo cuando giré para irme, escuché a ese cavernícola reírse con sus amigos.
—¿Viste eso? Tiene un buen culo —dijo, sin siquiera molestarse en bajar la voz.
La sangre me hirvió otra vez, pero en lugar de armar otro escándalo, levanté el dedo medio hacia él sin mirarlo. Sabía que me había visto, porque las carcajadas detrás de mí se hicieron aún más fuertes. Sin embargo, no iba a darles el gusto de detenerme.
Comencé a caminar por la playa, tratando de calmarme. La brisa del mar me ayudaba un poco, pero el calor seguía siendo agobiante. A medida que avanzaba, me di cuenta de que el mar quedaba cada vez más lejos y que me estaba adentrando en el corazón de la isla.
Villa del Carmen era enorme, mucho más de lo que imaginé cuando planeé este viaje. Había una marcada división entre sus zonas: una parte de la isla era claramente humilde, con casas pequeñas, calles de tierra y tiendas locales. Allí las personas parecían llevar una vida tranquila, aunque humilde. La otra parte, en cambio, era opulenta. Mansiones con jardines perfectamente cuidados, autos lujosos, y una carretera principal que parecía conectar todos los puntos importantes.
También había montañas que se alzaban imponentes al fondo, cubiertas de vegetación espesa. La carretera, serpenteante y bien asfaltada, bordeaba algunos de estos cerros, dando la impresión de que te llevaba directo al paraíso. Pero para mí, todo esto solo era un laberinto.
Perdida en la zona rica de la isla, comencé a preguntar por José Martínez, el hombre que había venido a buscar. Pero cada vez que mencionaba su nombre, las personas me miraban con desinterés o negaban con la cabeza. Algunos ni siquiera se molestaban en contestar.
—¿Disculpe, conoce a un José Martínez? —pregunté a un hombre que salía de una tienda de vinos con una bolsa en la mano.
—Lo siento, no me suena —respondió rápidamente antes de seguir su camino.
Las calles eran amplias y limpias, pero no había un alma que se pareciera a quien buscaba. La frustración comenzó a acumularse dentro de mí. El sol estaba en su punto más alto, y el calor no hacía más que intensificar mi agotamiento. A pesar de todo, no podía darme por vencida. Había llegado hasta aquí, y encontrarlo era mi única opción.
Cada paso me llevaba más lejos de la playa y más profundamente en este mundo de lujo que no encajaba con el mío. Pero algo dentro de mí, quizás la misma terquedad que me había traído a esta isla, me decía que estaba más cerca de lo que imaginaba.