El camino hacia la oficina fue tranquilo y rápido, conversaron muy poco, pero nada relacionado a lo que hacían en el bufete. Samanta se preguntaba continuamente que puesto tendría él, de inicio creyó que sería arquitecto junior como ella, porque se veía joven y porque el sitio donde vivían era bastante barato, pero su coche: un Audi último modelo, le confirmaban que era imposible que tuvieran el mismo puesto.
Sus dudas incrementaron cuando llegaron al edificio, la mayoría de los empleados se quedaban quietos admirándolo y Samanta supuso que su vecino debía tener un físico envidiable como para ser admirado por todos, pero notó que él parecía incomodo. Por lo que su curiosidad aumentó, ¿Sería acaso alguien importante? Y de ser así, ¿Quién?
— Señor Villaverde, no lo esperáramos para hoy.
Lo saludó la recepcionista, sin embargo, él pasó de largo ignorando completamente a la chica, aquello le pareció a Samanta muy grosero de su parte y se lo quedó viendo mal, en su interior no podía quedarse callada así que se decidió a decirle algo.
— ¿Por qué no le respondiste? — le preguntó cuando se acercaron a el elevador.
— Creo que se ha confundido, ciertamente no se dirigía a mí.
— Claro que se dirigía a ti.
Darío la miró por un momento, estaba molesto. Se llevó una mano a la frente y observó por un rato a su alrededor, como pensando en lo que le diría… ¿alguna excusa?
— No te conozco lo suficiente como para decirte lo que sucede, así que ¿podrías solo pensar que la recepcionista no se dirigía a mí, y dejarlo pasar? — dijo, sus ojos parecían suplicantes y Samanta, aunque quería saber todas las respuestas, sabía que él tenía razón, no se conocían.
— Como quieras.
En ese momento el elevador se abrió y Samanta dio un paso al frente, pero él se quedó atrás.
— Bien, yo no subiré… espero verte después.
Darío se inclinó un poco hacia enfrente y le estampó un suave beso en la mejilla a manera de despedida, sin decir nada más se giró y se alejó de ella. Su cambio de humor la había tomado desprevenida, por lo que cuando se despidió, la dejó extrañada, seguía un poco molesta por su actuar y ahora por lo que le había dicho, no se conocían lo suficiente, eso lo tenía muy claro, pero ¿que no había sido él el que le había dicho de venir juntos porque quería tener un amigo en la empresa? Samanta no lo entendía, tal vez se le había olvidado, o tal vez se dio cuenta que no le convencía como amiga. Lo que fuese, ese hombre le parecía muy extraño. “En un momento éramos desconocidos y al siguiente había mucha familiaridad como para despedirse de beso” pensaba Samanta.
***
Pero aquello no le afectó y se dedicó por completo a atender sus pendientes, estaba atrasada con la entrega de proyectos, así que muy pronto se olvidó de su nuevo vecino.
Llegó la hora del almuerzo, mientras le daba los últimos detalles a uno de los planos, Francisco su mejor y único amigo del despacho se acercó a ella.
— ¿Terminaste?
— Ya casi, ¿ya es la hora de comer?
— Así es…
Samanta se levantó de un salto y jaló a su amigo hacia la salida.
— ¡Vamos! Porque muero de hambre.
Francisco se dejó llevar, pero cuando se acercaban al elevador, algo llamó su atención.
— ¡Oh! Al parecer tenemos un nuevo titular. — le dijo a su amiga al pasar por la sala de juntas.
Samanta siguió la mirada de él, las paredes eran totalmente de vidrio así que se podía observar el interior, sentado frente a los demás titulares, estaba Darío.
Se sorprendió por el comentario de Francisco, pues nunca hubiese pensado que él sería considerado un titular, claro, eso contestaría de por qué el automóvil, se recriminó el no preguntarle por su experiencia en el medio, pero parecía ser tan solo un egresado como ella, tal vez era mayor, tal vez era un importante arquitecto y ella no tenía ni la más mínima idea. Ante su desconocimiento, volteó a ver a su amigo, quién parecía podía tener todas las respuestas que necesitaba.
— ¿Sabes quién es? — preguntó.
— No, pero su cara me parece conocida, ¿a ti no? — contestó, mientras se llevaba una mano a la barbilla y se fijaba en el susodicho.
— No, bueno… pasa que es mi vecino.
— ¿Tienes un titular de vecino? Pensé que esas personas llevaban un estilo de vida más acomodada. — dijo y Samanta lo fulminó con la mirada, se sentía indignada.
— ¿Perdón? Mi estilo de vida no está mal.
— No me refería a eso, Sam. Vives bien, pero eres junior, él es un titular… lo vería viviendo en otra zona, en uno de los departamentos carísimos del norte, no lo sé.
— Si, si, como sea.
Francisco dejó de ponerle atención para volver a clavar sus ojos en Darío, estaba lejos de ser su tipo, pero debía reconocer que le parecía atractivo, la rapidez de su pensamiento llegó primero a su boca que al resto de su cerebro.
— Es guapo ¿No crees?
— ¿Qué? — Samanta se sorprendió por su comentario y contestó con rapidez — Por supuesto que no.
— Oh, acaba de salir y viene para acá.
— ¿Ah?
Hasta ese momento no se había dado cuenta que llevaban parados un rato admirando la oficina de los titulares, se volteó a ver a Darío, él venia sonriente. Pero su caminar se vio afectado cuando su atención se dirigió hacia una persona que lo llamó por detrás.
— Arquitecto Villaverde, ¿nos acompañará su padre a la junta de más tarde?
Samanta notó como el rostro de Darío cambió de un momento a otro, su semblante se nubló, un poco de molestia y otro poco de furia fue lo que notó, se giró y enfrentó al joven que lo había llamado.
— Yo no sé los horarios de mi padre, así que es mejor que le pregunte directamente a su secretario. — aunque las palabras parecían amables, la voz de Darío era gélida, lo que dejó al otro titular avergonzado.
— Entiendo.
— Y te pediré un favor. solo dime arquitecto Darío o usa mi segundo apellido.
— Entiendo, arquitecto. Una disculpa.
— Gracias.
Por la distancia, Samanta no había podido escuchar la conversación que había sucedido entre el joven arquitecto y su nuevo vecino, pero cuando aquél se volteó todo volvió a la normalidad, le sonrió y siguió avanzando hacia ella. “Este sujeto es muy cambiante” pensó.
— Que hombre tan misterioso — murmuró Francisco y ella entornó los ojos.
— Claro, ser misterioso ahora significa ser enojón y grosero — le contestó, recordando el incidente que había pasado en recepción.
— Es muy apuesto.
— ¿Me estas escuchando? — le cuestionó Samanta con molestia.
— No.
Ella soltó un suspiro agotador, negó con la cabeza, había perdido a su amigo entre los encantos de su vecino, justo en ese momento este llegó a su lado
— Hola ¿has salido a comer? — preguntó casualmente.
— Mmm sí, justo íbamos al comedor…— se interrumpió cuando Frank carraspeo, ambos voltearon a verlo, poniéndole la atención que deseaba — Ah, Darío, él es Francisco, también trabaja en el bufete, pero en el área de administración.
— Hola Francisco, un gusto, me llamo Darío — le acercó la mano y se estrecharon.
— Puedes decirme Frank… ¿Nos conocemos de algún lado? Es que me recuerdas a alguien.
A Samanta aquello le parecía una táctica de ligue, sin embargo, Francisco realmente pensaba que se conocían de otro lado. Darío sonrió y levantó sus cejas con sorpresa.
— Por lo general me dicen que tengo una cara muy común, así que…
— ¿En serio te dicen eso? — preguntó Samanta, parecía contrariada por el comentario de su vecino.
— Si, ¿por qué?
— Porque eres demasiado apuesto como para que te digan eso. — contestó calmadamente y sin pensarlo, como si le estuvieran preguntando por su nombre. Darío por su parte, sonrió de oreja a oreja.
— ¿Crees que soy apuesto? — le preguntó. Los ojos de Samanta se abrieron enormemente y carraspeó un poco, hasta ese momento notó que su comentario había sido innecesario.
— No, no, eso lo dijo Frank.
— Oye… no digas esas cosas. — le reclamó el otro.
Samanta le dio un pequeño puntapié a su amigo y con una mirada furiosa lo insto a que la apoyara, Darío los miró el uno al otro, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Ambos amigos se voltearon a verlo, pero él volvió a fijar sus ojos en los de la chica.
— Entonces, ¿tú no crees que sea apuesto? — preguntó curioso, fingiendo que estaba herido por el comentario.
— No contestaré a eso. — replicó Samanta y huyó de su mirada, ignorándolo completamente. Se acercó a su amigo y lo jaló del brazo para que la siguiera.
— Vamos Frank, que se hace tarde.
— Oye…
El chico se dejó llevar, no sin antes voltearse a ver a Darío y despedirse con la mano, aquél solo le sonrió, en cambio ella solamente siguió caminando sin voltear hacia atrás. Samanta sentía las mejillas calientes, pensaba en que su nuevo vecino era todo un vanidoso y que tenía un enorme ego como para hacer ese tipo de comentarios asegurándose de la respuesta que obtendría, le pareció insoportable.
— Ese hombre sabe perfectamente lo que tiene. — dijo Francisco cuando estuvieron dentro del elevador.
— Es horrible…
— Por tu cara sé que no lo dices en serio.
Samanta tragó saliva y hurgó con descuido en su bolso ocultando su rostro para evitar que el chico pudiera seguir observando su rostro sonrojado, pues no quería darle la razón, porque en efecto Darío se le hacia un hombre bastante atractivo.
▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂▂