Capítulo 17

1514 Palabras
Alexander Zack asistió a la reunión organizada por Philip. Sus tres amigos ya estaban sentados, revisando algunos guiones y documentos. —Gracias a todos por venir —dijo Alexander mientras tomaba asiento en la silla principal. —Escuché lo de los archivos perdidos —comentó Garrett, recostándose en su silla. Alexander cerró los ojos un momento y respiró hondo antes de volver a abrirlos. —Fueron destruidos por mi descuidada secretaria —dijo, pasándose la mano por el cabello hacia atrás. Eric sonrió levemente al mirarlo; sabía que su amigo estaba atravesando un momento complicado. —Espero que no te hayas desquitado con la pobre chica por todo lo que está pasando en tu vida últimamente. —No pude evitarlo —respondió Alexander mientras ordenaba algunos documentos sobre el escritorio. Blake soltó una risa baja. —Gabby nos contó el drama que presenció esta mañana… entre tú y esa chica. Todos rieron, excepto Alexander, que les lanzó una mirada severa. Eran sus amigos más cercanos, el único círculo con el que podía mostrarse tal cual era. Aun así, estaban tensando demasiado la cuerda. —Por favor, tenemos un problema serio. Dejen de hablar de esa desgracia que se hace llamar dama. Alexander odiaba oír el nombre de Camila. Desde el primer día en que ella apareció en su vida, todo parecía ir cuesta abajo. —Vaya… no hace falta que nos recuerdes cuánto la odias. Ya lo sabemos —murmuró Eric. —Primero interfirió entre Renata y yo, y ahora mi negocio está en problemas. Mi buena reputación se está convirtiendo en un escándalo. No la perdonaré. Nunca —dijo Alexander con frialdad. El silencio se apoderó de la sala. Sus amigos intercambiaron miradas; sabían que estaba furioso. —Me aseguraré de que desaparezca de mi vida —añadió, golpeando el escritorio con el bolígrafo. Garrett abrió el documento frente a él y habló en voz baja: —¿De verdad quieres atacar a una mujer inocente que quedó atrapada en tu mundo de ricos? Alexander lo fulminó con la mirada. —¡Oye! El que está atrapado en su miserable vida soy yo. Cerró los ojos un instante, respiró profundamente y volvió a enfocarse en el trabajo. Miró los papeles sobre el escritorio. —Concentrémonos en esto y terminemos de una vez. Necesito ver a Renata hoy; si no lo hago, perderé el control. Sus amigos comprendieron por lo que estaba pasando y decidieron dejar el tema de lado. —Aquí —dijo Garrett, pasándoles unos archivos—. Esta es la nueva lista de programas. Alexander los revisó rápidamente. —¿Esto es lo mejor que se te ocurrió? —preguntó con el rostro endurecido—. No se parece en nada al original. Se pasó las manos por el cabello, claramente molesto. Sus amigos sabían que no estaba satisfecho. —Tomará algunos días recuperar el primer archivo —explicó Garrett. Alexander hojeó el folleto con frustración. —Esto no está bien. No está nada bien. —Alexander, respira —intervino Eric, intentando calmarlo—. Podemos ajustarlo hasta que cumpla con tus expectativas. Alexander se frotó la frente con ambas manos. Ya le había asegurado al presidente y al director neozelandés que todo estaba listo. —Haremos todo lo posible para arreglar esto —dijo Blake, mirándolo directamente. Alexander tomó su teléfono. —Necesito llamar a esa secretaria. Fue su error… pero todos cometemos errores de vez en cuando. Sus amigos sonrieron al escucharlo marcar. —Hola, señor —respondió Felicity con voz temblorosa desde el otro lado de la línea. —Concierte una cita con el director del set —ordenó Alexander con voz firme. —Señor… ¿me han perdonado? —preguntó ella con cautela, aunque se notaba cierto alivio en su tono; había pensado que la despedirían. —Un error más y estarás fuera —advirtió Alexander. Felicity suspiró, visiblemente aliviada. —Gracias, señor. Muchas gracias. —Necesito la cita en cinco minutos. Colgó y miró a sus amigos, que lo observaban con media sonrisa. —Bien, pongámonos a trabajar. Todos adoptaron una expresión seria y comenzaron a discutir estrategias para solucionar el problema. Alexander se reunió con el director de plató en el estudio de grabación. Ambos se sentaron en la oficina de este último. —Señor Alexander Zack, bienvenido. Tome asiento, por favor —dijo Stephen, señalando una silla frente a él. —Gracias. —Escuché que su secretaria solicitó una reunión urgente, así que vine de inmediato. ¿Cuál es la emergencia? —preguntó Stephen. Alexander se sentó con la espalda recta. —Stephen, la producción en Nueva Zelanda podría estar en riesgo debido a ciertos daños en el material. —¿Cómo puedo ayudar? —Necesito que hagas una revisión rápida y corrijas lo que sea necesario —respondió Alexander, entregándole un archivo. Stephen lo examinó cuidadosamente. —Aquí están las grabaciones y la hoja de producción —dijo, levantando la mirada hacia Alexander. —Exacto. Quiero que saques el máximo provecho de esto. Alexander ya había hablado anteriormente con Stephen sobre ese proyecto. —Haré todo lo posible por tu compañía —aseguró Stephen. —Confío en ti. Enviaré a mi asistente mañana para recoger los avances. —Perfecto. Podemos trabajar con esto. Ambos se pusieron de pie y se estrecharon la mano. —Cuento contigo. —No te defraudaré —respondió Stephen. Alexander se marchó poco después. —Mary —llamó Stephen a una de sus empleadas. —Sí, señor. —Haz una copia de esto y tráemela a mi oficina. Le entregó el archivo que Alexander había dejado. —De acuerdo, señor. Mary salió rápidamente a cumplir la orden. Stephen se volvió hacia su equipo. —Escuchen, tenemos un trabajo importante por delante. ¿Están listos? —¡Sí, señor! —respondieron con entusiasmo. —Bien. Les repartió copias del expediente y comenzó a dar instrucciones específicas a cada uno. En pocos minutos, todos estaban concentrados, trabajando intensamente en la tarea. Clara fue a la casa de Trevor y, después de saludar a todos, subió a la habitación de Camila. —¡Camila! —llamó mientras tocaba la puerta antes de entrar. —Estás aquí —sonrió Camila—. Ven, siéntate. Golpeó suavemente la cama para invitarla, y Clara se sentó a su lado. —¿Estás bien? —preguntó Clara, observándola con preocupación. El día anterior se había quedado dormida y había preocupado a todos. —Sí, estoy bien —respondió Camila, dedicándole una sonrisa a su prima. —Ayer estábamos realmente preocupados por ti. También entristeciste a tu madre —dijo Clara, frunciendo el ceño. —Estaba borracha y no pude contestar el teléfono —admitió Camila en voz baja. —Deberías haberte cuidado más. ¿Dónde dormiste? —preguntó Clara con suavidad. Camila dobló una pierna y se acomodó en la cama. —En la mansión de ese hombre —suspiró. —¿Qué hombre? —preguntó Clara, abriendo mucho los ojos. —El de la televisión —respondió Camila con indiferencia. —¿Tu supuesto marido? —rió Clara. —¡Clara! —Camila la fulminó con la mirada—. Tú también no, por favor. No me gusta ese hombre… aunque tiene un pequeño lado bueno. Se sonrojó levemente. —¿Qué lado bueno? —preguntó Clara con curiosidad. Era la primera vez que escuchaba a Camila decir algo positivo sobre un hombre. —Estaba borracha, sin ningún lugar adonde ir, y aun así no intentó tocarme. Mi ropa estaba tal como la dejé —explicó. Clara negó con la cabeza, divertida. —¿Esperabas que tuviera sexo contigo o qué? Camila dejó de sonrojarse y bajó la mirada. Desde que había regresado a casa, no había dejado de pensar en eso. Se mordió el labio inferior y luego miró a Clara. —No es eso… pero, ya sabes, al ver a una mujer hermosa como yo, debería sentirse tentado —dijo adoptando una pose exagerada. Clara se echó a reír y volvió a negar con la cabeza. —Nick tenía razón todo el tiempo. Estás loca. No olvides que es un hombre rico y elegante, uno de los herederos más conocidos. Así que deja de soñar, Camila. Camila cruzó los brazos. Sabía que Clara tenía razón; en el fondo, su intuición le decía lo mismo, pero no quería aceptarlo. —Entonces, ¿por qué quería casarse conmigo? Clara la miró con atención. Esta no era la misma Camila de ayer; quizá el alcohol aún le estaba afectando. La miró directamente a los ojos. —Te lo recuerdo: quiere calmar a la prensa. Después de pasar una noche en su mansión, te estás haciendo demasiadas ilusiones. Despierta, chica. Tú misma me contaste todo eso. Camila suspiró y levantó la vista con expresión decidida. —Tienes razón, Clara. No tengo clase ni soy rica, no tengo trabajo… pero en la universidad había muchos hombres profundamente enamorados de mí. Soltó una carcajada. Clara ya sabía hacia dónde se dirigía esa conversación, así que decidió cambiar de tema. —Tengo hambre, niña. ¿Tienes papas fritas? —preguntó.
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