—Maldición...
Camila estaba sentada frente al escritorio de su habitación, con la computadora portátil abierta y la mirada fija en la pantalla, como si pudiera obligarla a cambiar el resultado. La decepción se reflejaba claramente en su rostro cansado; sus hombros estaban tensos y sus dedos se movían sin rumbo sobre el teclado.
—¿No hay esperanza esta vez? —preguntó Tanner, su hermano menor, que estaba sentado detrás de ella, observándola con atención.
Camila negó lentamente con la cabeza sin mirarlo.
—No... —murmuró.
Tanner frunció un poco el ceño.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó con su vocecita suave, casi temerosa de molestarla. Camila se llevó una mano a la frente y giró la silla para mirarlo, con una expresión confundida y agotada.
—Yo también estoy confundida...
En ese momento, la puerta se abrió y su madre entró en la habitación con un vaso de agua y un frasco de vitaminas en la mano. Laura se detuvo apenas unos segundos al ver el rostro preocupado de su hija.
—Camila, aquí tienes tus vitaminas —dijo con dulzura—. ¿Siguen siendo las mismas noticias? Camila tomó el vaso, pero no respondió de inmediato. Bajó la mirada y soltó un suspiro profundo.
—Sí, mamá... —admitió finalmente—. No voy a conseguir ningún empleo. Diez solicitudes enviadas y ni una sola buena noticia.
El silencio se instaló en la habitación.
—No te preocupes —intervino Tanner con rapidez, intentando animarla—. Pronto tendrás uno.
Camila levantó la vista y lo miró fijamente.
—¿Cuánto tiempo es "pronto"? —preguntó, buscando una respuesta en sus ojos.
Tanner no supo qué decir. Laura tampoco.
—Eso pensé... —murmuró Camila con una sonrisa amarga—. Supongo que será mucho tiempo.
Dejó caer la cabeza sobre el escritorio, derrotada.
De pronto, un sonido suave rompió el silencio. Un mensaje emergente apareció en la pantalla de la laptop. Tanner se inclinó hacia adelante y señaló con entusiasmo.
—¡Camila, mira! Tienes otro correo electrónico.
Camila levantó la cabeza de inmediato. Miró primero a su madre y luego a su hermano, como si ambos pudieran prestarle un poco de suerte, antes de acercarse lentamente a la computadora.
—Déjame ver... —susurró—. Más vale que sean buenas noticias.
Abrió el mensaje.
Leyó una línea.
Luego otra.
Su expresión se quebró.
Era otra entrevista fallida.
Camila cerró los ojos con fuerza y apretó los labios, luchando contra la frustración que le subía por el pecho.
—Mamá... —dijo de pronto, con voz firme pero cargada de amargura—. Ya no voy a enviar ninguna otra solicitud. Me quedaré sin trabajo y algún día me casaré con un hombre rico que me ame y me trate como una reina.
Laura reaccionó de inmediato. Le dio un golpe rápido en el brazo.
—¡Ah! —Camila se quejó, llevándose la mano al lugar.
—Espero que te haya dolido —dijo Laura con el ceño fruncido—. ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Cómo puedes rendirte así?
—¿Y por qué no? —respondió Camila, levantándose ligeramente de la silla—. Pasé cuatro años en la universidad estudiando, esforzándome... y ahora ninguna empresa quiere contratarme. —Su voz se quebró—. ¿Qué más puedo decir?
—Por lo que he descubierto —dijo Tanner con total seriedad—, a los hombres de hoy en día no les gustan las mujeres desempleadas. Les encantan las chicas con clase.
Laura giró la cabeza de inmediato y miró a su hijo con evidente sorpresa.
—Aún eres un niño de diez años —lo reprendió—. ¿Qué crees que sabes tú de esas cosas? Todavía te queda un largo camino por recorrer.
Camila, sin embargo, no pudo evitar quedarse pensativa. Una parte de ella, por doloroso que fuera, sentía que Tanner no estaba del todo equivocado.
—Mamá... no digo tonterías, ¿verdad? —preguntó Tanner, mirándola con asombro y cierta confianza.
Laura frunció ligeramente el ceño.
—¿Y quién te enseñó eso?
—Tengo cerebro, mamá —respondió él con una sonrisa orgullosa.
—Eso estoy segura —dijo Laura, acariciándole el cabello—. A diferencia de tu hermana.
—¡Mamá! —exclamó Camila, molesta—. ¿Cómo puedes decir algo así?
Tanner soltó una carcajada, claramente disfrutando la escena.
—¡Tanner! ¿Tú también estás en mi contra? —Camila suspiró con frustración—. Hablar con ustedes dos es tan molesto... por favor, salgan de mi habitación. Necesito un poco de paz. Tanner se levantó y caminó hacia la puerta con las manos a la espalda, adoptando un tono exageradamente serio.
—Mamá, supongo que necesita reflexionar sobre cómo pasó sus cuatro años en la universidad y tratar de adaptarlos a su condición actual.
Camila lo fulminó con la mirada.
Tanner se detuvo un segundo, miró a Laura y bajó la voz. —Será mejor que me vaya ahora... está a punto de estallar.
Dicho eso, salió corriendo de la habitación.
Camila apretó los labios y miró a su madre con el ceño fruncido.
—Mamá, ¿cómo puede ser tan molesto? Esto no me está ayudando en absoluto.
Laura suspiró con paciencia y se acercó a ella.
—Tómate la vitamina y descansa. Yo estaré abajo. No pienses demasiado —le dijo mientras le acariciaba el hombro antes de salir.
Cuando la puerta se cerró, Camila obedeció, tomó la vitamina y se dejó caer en la cama mirando al techo.
—Odio a todas estas empresas... —murmuró—. ¿Qué se creen? ¿Que no necesito un trabajo?
Guardó silencio unos segundos y luego bufó.
—Sí, lo necesito... pero tampoco en sus empresas. Rechazan mis postulaciones como si no valiera nada. ¡Ni siquiera me interesa su empresa!
No hablaba con nadie más que consigo misma.
—Mi cama es mucho más cómoda que esas sillas horribles de sus oficinas...
Suspiró profundamente y cerró los ojos.
—Pero... necesito un trabajo.