Llegué al consultorio más nervioso de lo habitual. Aún me parecía cercano el día que subí estas escaleras por primera vez. En esta ocasión, quizás porque era la última, Sabrina decidió usar una de sus famosas minifaldas… sin nada abajo. Contemplé, maravillado, toda su concha mientras subíamos los escalones. Ella no giró la cabeza en ningún momento. Sabía que yo la estaba mirando, y lo permitía. Entramos al consultorio y nos sentamos cada uno en su respectivo sillón. Ella ni siquiera se molestó en acomodarse la minifalda. Dejó las piernas ligeramente separadas y pude ver parte de su concha asomándose. Sin duda Sabrina no es una psicóloga común y corriente. —¿Y? ¿Qué tal va tu relación con Kylie? —Me preguntó. —De maravilla. Siento que por fin logramos hacer una conexión significativa.

