Jairo observaba a su esposa. Estaba toda desarreglada con su cabello corto desmarañado. Sus mejillas rojas por el ataque de furia que acaba de tener. Una furia incontrolable que él en esos momentos deseo domar. Ella aun respiraba entrecortado por su enojo. Lo miro de reojo. Ambos caminaban hacia las instalaciones del costoso hotel. —Estas molesto conmigo— ella ingenua preocupada. «No hice un viaje tan largo como para pelar con él, por lo menos a la zorra le pude arrancar unos cuantos cabellos»—pensaba la joven. Por eso exhalo profundamente y luego sin dejar de mirarlo a los ojos se propuso. —Prometo que no voy a volver a…— pero ella vio como él se detuvo abrupto. Jairo llego hasta el cubículo de la recepción donde se hallaban un hombre y una mujer uniformados. Se detuvo frente a el

