Después de lo sucedido con Carlos, mis padres casi se volvieron locos. Movieron todos sus contactos para meterlo a la cárcel. Pero no pudieron hacer mucho, porque él no me había atacado ni violentado más allá de la bofetada que me había dado y que, según el juez, no había sido algo grave. Todo quedó en un paso por el tribunal, una multa por alteración del orden público y una orden de alejamiento. Mi tío Óscar estaba furioso e hizo hasta lo imposible para que lo despidieran de la clínica. Lo despidieron, pero el muy maldito los demandó y llevó la denuncia hasta la televisión, alegando un despido injustificado. Pero como el karma siempre es sabio, a la semana siguiente, un periodista reveló que Carlos tenía una denuncia por violencia intrafamiliar. El tipo era divorciado, tenía una pequeña

