El Hospital De la Serna nunca se detenía.
Ni siquiera en días como ese, cuando la lluvia parecía haberse instalado sobre la ciudad y el aire frío se colaba por cada rincón, arrastrando consigo una sensación extraña, como si algo estuviera a punto de cambiar.
Alma lo sintió desde el momento en que cruzó la entrada.
No fue algo concreto, ni una señal clara, sino más bien una suma de pequeños detalles: conversaciones que se cortaban al pasar, miradas que se desviaban demasiado rápido, grupos de médicos hablando en voz baja con una tensión que no lograban disimular del todo.
Algo estaba pasando y no tardó en descubrir qué.
—¿Aún no te enteraste?
La voz de Lucía, otra residente, la alcanzó mientras se colocaba la bata en el vestuario.
Alma negó con la cabeza, guardando su abrigo todavía húmedo.
—Llegó —continuó Lucía, bajando la voz, como si alguien pudiera escucharlas—. El nuevo accionista. El que compró el veinte por ciento del hospital.
Alma hizo una pausa.
—Pensé que eso era solo un rumor.
Lucía soltó una risa breve.
—No. Y al parecer no viene solo a invertir… quiere involucrarse en todo.
Alma frunció ligeramente el ceño.
Sabía que el Hospital De la Serna no era un hospital cualquiera, nunca lo había sido.
Don Ernesto poseía casi la mitad de todo aquello, un cuarenta y cinco por ciento que lo convertía, durante años, en la figura más influyente del lugar. El resto se dividía entre un accionista anónimo, del que nadie sabía demasiado pero que mantenía un treinta y cinco por ciento, y ahora… ese nuevo nombre que acababa de entrar con fuerza.
Un veinte por ciento que, en manos equivocadas, podía cambiarlo todo.
—Dicen que viene de la familia Ríos—añadió Lucía, observándola con curiosidad—. ¿Tú sabías algo?
Alma negó de nuevo y algo en su interior le dijo que eso no era buena señal.
—Lo que sí sé —continuó Lucía, acercándose un poco más— es que Clara está furiosa. Este hospital siempre fue su plan.
Eso no sorprendió a Alma. Clara nunca lo había ocultado, desde que eligió neurocirugía, desde que empezó a destacarse, desde que todos comenzaron a verla como la heredera natural del legado de Don Ernesto… su objetivo había sido uno solo.
Dirigir De la Serna, convertirse en la figura de poder que su abuelo representaba. Y ahora, por primera vez, ese camino no estaba completamente asegurado.
—Igual, no creo que eso cambie nada —murmuró Alma, cerrando su casillero—. Clara siempre consigue lo que quiere.
Lucía dudó un segundo antes de responder.
—Tal vez… pero últimamente está diciendo cosas.
Alma la miró.
—¿Qué cosas?
Lucía bajó aún más la voz.
—Que cuando ella esté a cargo, va a hacer limpieza.
El aire pareció volverse más denso.
—Dice que hay gente que no debería estar aquí —continuó—. Que algunos entraron por lástima… no por mérito.
No hacía falta preguntar a quién se refería.
Alma sostuvo su mirada en silencio.
—No le hagas caso —añadió Lucía rápidamente—. Todos saben que te ganaste tu lugar.
Alma asintió apenas.
Pero sabía que eso no era suficiente, nunca lo había sido, porque en ese hospital, como en la casa de los Valente, el mérito no siempre importaba tanto como el apellido.
Y Clara tenía ambos.
—Buenos días —interrumpió una voz firme desde la puerta.
Ambas se giraron.
Clara estaba ahí, impecable, como siempre. Su bata perfectamente ajustada, el cabello recogido con precisión, la mirada segura de alguien que nunca había dudado de su lugar en el mundo.
—Espero que ya estén listas —continuó, avanzando con calma—. Hoy no es un día para errores.
Su mirada se detuvo un segundo en Alma. Fue breve pero suficiente.
—Después de todo —añadió, con una leve sonrisa—, con tantos cambios en la dirección… sería una lástima que algunos empezaran a destacar por las razones equivocadas.
El mensaje era claro y público.
Alma sostuvo su mirada sin bajar la cabeza.
—No se preocupe —respondió con calma— No está en mis planes equivocarme.
Clara inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara esa respuesta.
—Eso espero.
Se dio la vuelta sin decir más, dejando tras de sí un silencio tenso.
Lucía exhaló.
—Te odia.
Alma no respondió.
No era nada nuevo pero algo sí había cambiado. Porque esta vez… había más en juego.
Minutos después, el hospital entero parecía moverse hacia el auditorio principal, donde una reunión extraordinaria había sido convocada. Nadie decía mucho, pero todos sabían por qué estaban ahí.
El nuevo accionista iba a presentarse. Alma se mantuvo al fondo, como siempre, observando, esperando.
El murmullo cesó cuando las puertas se abrieron.
Y entonces entró.
Alto. Seguro. Imposible de ignorar.
El Dr. Bruno Ríos no necesitó decir una palabra para captar la atención de todos.
Su presencia llenó la sala de una forma que Alma no supo explicar, pero sí reconocer.
Poder.
Control.
Peligro.
Avanzó con calma, mientras algunas miradas se cruzaban entre sí, intentando medirlo, entenderlo, anticiparlo.
Pero él no parecía interesado en ninguno de ellos, no al principio, porque después de unos segundos…
su mirada se detuvo directamente en ella.
Alma sintió el impacto como un golpe silencioso. No era curiosidad, no era casualidad. Era reconocimiento, como si la estuviera buscando, como si ya supiera exactamente quién era.
Y en ese instante, sin necesidad de palabras…
Alma entendió que todo lo que creía seguro estaba a punto de cambiar.