Lía
“La gota que rebalsa.”
Había dormido poco.
O nada.
A estas alturas ya no sabía distinguir una cosa de la otra.
La caja seguía en mi mesa.
El mechón.
La nota.
Ese olor tenue a amenaza.
El bar estaba a media luz cuando llegué.
Héctor terminaba de abrir y me saludó con un gesto.
Nada más.
Agradecí que no mencionara nada de lo de anoche.
No tenía fuerzas para hablar.
Pero cuando crucé la barra, lo vi.
Gael.
Sentado en el mismo taburete donde se había apoyado la primera noche que entró en mi vida… solo que ahora no era un desconocido, sino una tormenta contenida.
—Te he acompañado —dijo sin preámbulos—.
No iba a dejar que vinieras sola.
Noté cómo el pulso se me aceleraba.
No de miedo.
De agotamiento.
—Gael… —intenté decir.
—No discutamos esto —me cortó, inclinándose hacia mí—.
No voy a permitir que andes por ahí sin que alguien te proteja.
Tragué saliva.
—¿Alguien? —repetí—.
¿O tú?
Le vi tensarse.
—Da igual quién.
—No —dije, sintiendo cómo el cansancio se transformaba en rabia—.
No da igual.
El problema es que crees que tienes derecho a decidir por mí.
El silencio fue un fogonazo.
—No estoy decidiendo por ti —replicó, con los dientes apretados—.
Estoy protegiéndote.
—Sin preguntarme si quiero que lo hagas.
Aquello le golpeó de lleno.
Lo vi.
Lo sintió como una herida abierta.
—Lía, él dejó una caja en tu trabajo. —Señaló el mechón—. Una caja. Con esto dentro. ¿Entiendes lo que significa?
—Sí, lo entiendo —respondí—.
Lo que no entiendo es por qué ahora estás encima de mí todo el tiempo.
—Porque no voy a permitir que te pase nada —soltó—.
No otra vez.
Me quedé helada.
—¿Qué sabes tú de lo que me pasó? —pregunté, con la voz más baja de lo que pretendía.
Gael cerró los ojos un instante.
Estaba hablando de Manuel.
De un dolor que él no conocía.
De un pasado que no tenía por qué cargar.
—Gael —dije, procurando no temblar—.
No puedes salvarme de algo de lo que ya me salvé sola.
Aquello… lo rompió.
No hizo falta que hablara: se le vio en la mirada, en la respiración, en la forma en que apartó la vista.
—No estoy diciendo que no seas fuerte —murmuró—.
Solo… te estoy cuidando.
—Lo sé —respondí—.
Pero tienes que entender algo:
cuando me proteges demasiado, me recuerdas a quien no quiero volver a ser.
La frase cayó como un golpe.
Entre nosotros se abrió un espacio frío, duro.
Él se separó un paso.
Se pasó la mano por el pelo, como si buscara oxígeno.
Y por primera vez desde que lo conozco, no supe qué iba a decir.
Porque Gael no estaba enfadado.
Estaba...
herido.
Gael
“No sé cómo proteger sin romper.”
Necesité apartarme de ella.
Un paso.
Medio respiro.
Algo.
Lo que me había dicho…
No esperaba que me doliera tanto.
Cuando me proteges demasiado, me recuerdas a quien no quiero volver a ser.
Esa frase me arañaba el pecho como si tuviera uñas.
Di media vuelta y me apoyé en la pared del almacén, intentando pensar, pero lo único que conseguía era sentir.
Sentir rabia.
Sentir miedo.
Y, sobre todo, sentirla a ella demasiado cerca incluso cuando había dado un paso atrás.
Joder.
No quería ser un problema para ella.
No quería parecerme a nadie de su pasado.
Y en ese instante, con esa frase clavada en la piel, entendí algo que no había querido mirar de frente:
Podía convertirme en lo que Ella temía…
sin darme cuenta.
Respiré hondo.
Miré mis manos.
Se cerraban solas en puños.
No por ella.
Por él.
Por Nico.
Por la caja.
Por el mechón de pelo.
Por esa manera suya de cazar desde la sombra.
Pero una verdad me golpeó con la misma fuerza:
Mi miedo por ella puede convertirse en su miedo a mí.
Se me aflojaron los dedos al pensarlo.
Quise volver a la barra.
Quise decirle que lo sentía.
Que no era mi intención asfixiarla.
Que solo quería mantenerla viva.
Que no sabía cómo hacerlo sin romper algo por dentro.
Pero no fui capaz.
No con Héctor cerca.
No con la caja aún abierta.
No con la mirada de Lía clavada en el vacío.
Me aparté más, apoyando la frente en la pared fría.
—No lo estoy manejando bien —admití en voz baja, sin que nadie me escuchara—.
Ella tiene razón.
Así no.
La imagen de Manuel me atravesó.
No lo conocí.
Pero el peso de su sombra estaba en cada palabra de Lía, en cada miedo escondido, en cada gesto pequeño que ella hacía sin darse cuenta.
Y yo, si no tenía cuidado, podía terminar pareciéndome a ese hijo de puta.
Ese pensamiento me cortó el aire.
—No otra vez —murmuré.
Volví a la barra despacio.
Ajusté mi respiración.
Guardé el miedo donde nadie pudiera verlo.
Ni siquiera ella.
Y aún así…
cuando levanté la cara y la vi de espaldas, removiendo vasos como si el suelo se le moviera bajo los pies, sentí ese tirón que me estaba destrozando desde dentro:
El miedo a perderla porque la quiero demasiado.
Y entonces lo supe.
Con una claridad que me dejó helado:
Si sigo así…
la voy a empujar lejos de mí.
Y él —Nico— lo está esperando.
Lía
“La grieta que no quería ver.”
Me apoyé en la mesa del fondo cuando Gael desapareció.
Necesitaba respirar.
Necesitaba ordenar el torbellino que tenía dentro desde que abrió la boca esa mañana.
Había dicho cosas que no estaba lista para escuchar.
Y yo había dicho cosas que llevaba demasiado tiempo guardando.
Y aun así…
Aun así le dolió verme alejarme.
El sonido de pasos me sacó de mis pensamientos.
Óscar entró por la puerta lateral, con su mochila al hombro y esa forma suya de andar que siempre parecía un “estoy aquí si me necesitas”.
—¿Todo bien? —preguntó, y su mirada recorrió mi rostro como si leyera líneas invisibles.
Tenía que haber sabido que él lo notaría.
—Sí —respondí sin pensar.
Levó una ceja.
—No mientas, que se te nota en la voz.
Suspiré y me dejé caer en la silla.
Óscar se sentó frente a mí, cruzando los brazos, esperando.
Sin presionarme.
Sin juzgarme.
Exactamente lo que necesitaba.
—He discutido con Gael —admití por fin.
—¿Por la caja?
Negué.
—Por… todo.
Por cómo respira encima de mí desde anoche.
Por cómo insiste en protegerme.
Por cómo… —me frené, apretando los labios.
Óscar no apartó la mirada.
—¿Por cómo te mira? —terminó él por mí.
Me quedé helada.
—Óscar…
—Lía —dijo él, apoyando los codos en la mesa—.
Tú me conoces.
Sabes lo que viví.
Sabes lo que fue… el mundo de Anselmo.
Y sabes de sobra que reconozco a un hombre peligroso en cuanto lo veo.
Tragué saliva.
—¿Y qué ves en Gael?
No respondió enseguida.
Miró hacia la barra, donde Gael estaba de espaldas, respirando hondo, visiblemente roto, intentando recomponerse.
Luego volvió a mirarme a mí.
—Veo a alguien que tiene miedo —respondió—.
Y el miedo, Lía… puede hacer que un hombre fuerte haga cosas torpes.
Me quedé quieta.
—Yo no quiero que él haga cosas torpes —dije—.
No quiero que sea él quien me controle.
No quiero… sentir que tengo que escapar otra vez.
El nombre no lo dije.
Pero Óscar lo oyó igual.
Manuel.
Él apoyó una mano en la mesa, cerca de la mía, sin tocarme.
—Gael no es Manuel —dijo con firmeza.
—¿Y si un día…? —me mordí el labio—.
¿Y si un día cruza una línea?
Se inclinó un poco hacia mí.
—Lía, escúchame bien.
Cuando un hombre quiere controlarte, lo ves en los ojos.
Lo ves en la forma de hablarte.
Lo ves en cómo intenta quitarte cosas.
Manuel era eso.
Era control.
Ego.
Sombra.
—¿Y Gael?
Óscar sonrió un segundo, pero era una sonrisa triste.
—Gael no quiere dominarte.
Gael quiere salvarte.
Aunque no sepa cómo hacerlo sin hacerse daño él.
Me quedé en silencio.
—Pero el miedo —añadió Óscar— puede volverle bruto.
O impulsivo.
Y eso también es peligroso.
Por eso tienes que ponerle límites claros… pero sin dejarle fuera.
—¿Y si no puedo?
—Puedes —respondió sin dudar—.
Porque él te escucha.
Aunque se enfade.
Aunque tiemble.
Te escucha.
Algo dentro de mí dolió.
No quería perder a Gael.
No quería acercarme más a él tampoco.
Era un equilibrio imposible.
Y, sin embargo, Óscar tenía razón:
no era deseo lo que veía en los ojos de Gael cuando me miraba.
Era miedo.
—Ten cuidado —añadió él, levantándose—.
Pero no te cierres.
No ahora.
Se fue hacia la barra a pedir un café, dejándome con la sensación de que algo se estaba partiendo dentro de mí.
No era amor.
No era miedo.
Era la grieta.
La que puede unir o romper.
Y no sabía en qué lado iba a caer.
Nico
“La oportunidad del depredador.”
El barrio siempre olía igual a ciertas horas:
a pan viejo, a humedad… y a secretos baratos intentando esconderse.
A mí me daba igual.
Lo único que me interesaba estaba delante de mí.
Desde el coche, con las luces apagadas, observé la puerta del bar.
La misma en la que anoche Gael había salido hecho un demonio.
La misma por la que Lía entraba cada día intentando convencerse de que todavía controlaba algo de su vida.
Pobre ilusa.
Hoy estaba distinta.
Herida por dentro.
No hacía falta verla llorar para saberlo.
Se le notaba en los hombros.
En el gesto al cerrar la puerta.
En cómo se apoyó un segundo contra la pared antes de entrar, como si necesitara recuperar aire.
Gael no estaba pegado a ella esta mañana.
Y eso lo cambiaba todo.
“Ahí está la grieta”, pensé.
La grieta que él había abierto.
La grieta que yo llevaba días esperando.
Me incliné hacia delante, apoyando los codos en el volante.
Me gustaba observar estos momentos.
Los instantes en los que la gente se fractura sin darse cuenta.
Porque es ahí, justo ahí, donde se ve la verdad:
Quién sostiene.
Quién rompe.
Quién entra.
Ella era una mezcla preciosa de los tres.
Saqué el móvil.
Un mensaje corto.
Sutil.
Suficiente para recordarle que no estaba sola…
aunque no fuera la clase de compañía que quería.
“No has dormido.
A algunos el miedo se les nota en la piel.”
Esperé.
Un minuto.
Dos.
Nada.
Sonreí.
No respondía porque sabía que responder era perder.
Y aún así…
temblaba cuando leía mis palabras.
Apoyé la cabeza en el reposacabezas del asiento.
—Gael, Gael… —murmuré—.
Te lo dije sin decirlo:
no sabes jugar a este juego.
Ella sí.
Ella ha sobrevivido a esto antes.
Por eso me gusta tanto.
Pero tú…
Tú te rompes por dentro cada vez que la toco sin tocarla.
Y eso hace que jugar contigo sea aún más divertido.
Vi la puerta abrirse otra vez.
Óscar salió, mirando a ambos lados como si la calle pudiera morderle los talones.
Gael apareció detrás, demasiado tenso, demasiado alerta.
Perfecto.
El cazador vigilando su presa mientras yo medía los pasos.
Me apoyé mejor en el asiento, tranquilo, paciente.
—Seguid discutiendo —susurré—.
Seguid haciendo grietas.
Yo solo tengo que esperar a que alguna se abra lo suficiente.
El motor arrancó suave.
Sin ruido.
Sin prisa.
Nadie miró mi coche.
Nadie notó mi presencia.
Y aun así, cuando doblé la esquina, supe que Lía lo había sentido.
El escalofrío en la nuca.
La respiración cortada.
El sexto sentido de alguien que ya ha sido cazado antes.
Perfecto.
Porque la distancia entre miedo y dependencia…
es la más fácil de manipular.