Capítulo 29

1632 Palabras
Gael “Llegar” No hubo un momento de victoria. Ni una puerta rota. Ni un golpe final. Solo una dirección. Un silencio raro. Y la certeza de que, si me equivocaba un metro, la perdía. El lugar era más limpio de lo que esperaba. Demasiado. Nada gritaba peligro. Nada gritaba encierro. Eso era lo más inquietante. Entré sin prisas. Con el pulso controlado a la fuerza. Cada paso medido. Cada respiración contenida. No estaba Nico. Por supuesto que no. Él nunca estaba cuando el daño ya estaba hecho. Avancé por el pasillo hasta una puerta entreabierta. La empujé despacio. Y allí estaba. Sentada en el borde de la cama. Las manos apoyadas sobre las rodillas. La espalda recta. Los ojos abiertos. Viva. El alivio me golpeó tan fuerte que tuve que apoyarme un segundo en el marco de la puerta. —Lía… —dije. Ella levantó la mirada. Y ahí fue donde entendí que algo no encajaba. No se levantó. No corrió. No dijo mi nombre. Me miró como si yo fuera una escena más que estaba observando desde fuera. —Ya sabía que vendrías —dijo. La voz era suya. Pero el tono no. Di un paso dentro de la habitación. —Vámonos —respondí—. Ya estás a salvo. No se movió. —No —corrigió—. Ya no estoy allí. La frase me atravesó como una grieta en el pecho. Me acerqué despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo invisible. —¿Te ha hecho daño? —pregunté. Negó con la cabeza. —No —dijo—. Eso habría sido más fácil. Tragué saliva. Quise tocarla. Cogerle la cara. Comprobar que estaba real, caliente, conmigo. No lo hice. Porque había algo en su postura —en la forma exacta en que ocupaba el espacio— que me dijo que el contacto no iba a devolver nada. —Vámonos —repetí, más bajo. Esta vez asintió. Se levantó sin prisa, cogió la chaqueta que estaba doblada sobre la silla y caminó hacia mí. Pasó a mi lado sin mirarme. No huyendo. No temblando. Simplemente… yéndose. Salimos del lugar en silencio. Y mientras cerraba la puerta detrás de nosotros, lo entendí con una claridad amarga: La había encontrado. La había sacado de allí. Pero no había llegado a tiempo para impedir que algo dentro de ella se quedara atrás. Y no sabía todavía cómo traer eso de vuelta. Lía “No soy la misma” El coche avanzaba en silencio. Gael conducía con las manos firmes sobre el volante, los ojos clavados en la carretera como si no pudiera permitirse mirar nada más. Yo observaba el reflejo de mi cara en la ventanilla. Parecía la misma. Pero no lo era. No sentía alivio. Ni gratitud. Ni siquiera miedo. Sentía… control. Eso fue lo que Nico me dejó: la conciencia constante de cada gesto, de cada palabra, de cada reacción. —¿Quieres agua? —preguntó Gael al cabo de unos minutos. Negué. —Estoy bien. Era mentira. Pero también era verdad. Mi cuerpo estaba entero. Mi mente… en guardia. Me miró de reojo, como si buscara algo que ya no encontraba. —Si necesitas parar… —No —lo corté—. Llévame a casa. Dije casa por inercia. No porque ese lugar siguiera significando refugio. Sentí su tensión. El esfuerzo por no invadir, por no preguntar demasiado, por no tocar. Antes me habría dolido esa distancia. Ahora la necesitaba. El silencio se volvió espeso. —No me tocó —dije de pronto. Gael tensó la mandíbula. —Lo sé. —No me gritó. No me ató. No me hizo nada que deje marcas. —Lía… —Déjame terminar. Respiré hondo. —Me habló —continué—. Me explicó cómo funcionan las cosas cuando alguien decide que eres una pieza. Me enseñó cuánto dura el tiempo cuando no depende de ti. No lo miré. No quería ver su culpa reflejada. —Y ahora —añadí—, aunque esté contigo… sigo oyendo sus reglas. El coche redujo la velocidad un poco. —¿Qué reglas? —preguntó. —Las invisibles —respondí—. No gritar. No provocar. No creer que alguien va a llegar antes de que decidan que ya es tarde. Tragué saliva. —No soy la misma —dije por fin—. Y no quiero fingir que sí. El coche se detuvo frente a mi edificio. Gael apagó el motor, pero no se movió. —No tienes que volver a ser quien eras —dijo—. Solo… no tienes que hacerlo sola. Lo miré entonces. En sus ojos había miedo. Culpa. Una necesidad inmensa de arreglar algo que no sabía cómo tocar. —No sé si puedo dejarte tan cerca ahora mismo —admití—. No es rechazo. Es supervivencia. Asintió despacio. —Me quedaré donde me necesites —respondió—. Incluso si es lejos. Abrí la puerta. Antes de salir, me detuve un segundo. —Gracias por encontrarme —dije. No añadí por salvarme. Porque ambos sabíamos que eso… era más complicado. Cerré la puerta y subí las escaleras sin mirar atrás. Y por primera vez desde que todo empezó, entendí algo con una claridad fría: Sobrevivir no siempre te devuelve intacta. A veces solo te deja… despierta. Gael “El precio” La vi subir las escaleras sin mirar atrás. No fue un portazo. No fue un gesto brusco. Fue peor. Fue distancia consciente. Me quedé sentado en el coche unos segundos más de los necesarios, con las manos todavía apoyadas en el volante, como si soltarlo significara aceptar algo que no quería nombrar. La había sacado de allí. La había traído a casa. Y aun así… sentía que la había perdido un poco más. Apoyé la frente contra el volante y cerré los ojos. Las imágenes regresaron sin permiso: ella sentada en aquella habitación limpia, su voz firme, su forma de mirarme como si yo fuera real… pero lejano. Nico no la rompió. Eso era lo más cruel. La reordenó. Encendí un cigarro que no llegué a fumar. Lo apagué casi de inmediato, frustrado. —Mierda… —murmuré. Quise haber llegado antes. Quise no haberla presionado. Quise no haber confundido cuidar con cercar. Y por primera vez desde hacía años, entendí algo que me dolió más que cualquier amenaza: El peligro no siempre te quita lo que amas. A veces solo te cambia la forma en que puedes tocarlo. Subí del coche al fin. En el portal me detuve un instante, debatiéndome entre subir o respetar el límite que ella había marcado con tanta claridad. No subí. Me quedé abajo, en la calle, vigilando luces que se encendían y se apagaban, preguntándome qué parte de mí había empujado a Nico a usarla como palanca. Porque ese era el precio real. No la sangre. No el encierro. El precio era saber que alguien había entrado en su mundo… y había dejado algo que yo no podía arrancar con fuerza. Saqué el móvil. Escribí un mensaje que no envié. Estoy aquí. No te muevas. No estás sola. Lo borré todo. Ella había pedido espacio. Y por una vez, protegerla significaba no invadir. Me apoyé en la pared del edificio y levanté la mirada al tercer piso. —No voy a irme —susurré—. Pero tampoco voy a cruzar donde no me dejas. Nico había ganado algo. No una victoria. Una grieta. Y ahora sabía que la guerra no se ganaba con fuerza… sino con paciencia. Lía “Salvada, no a salvo” Cerré la puerta con cuidado. Demasiado cuidado. Apoyé la espalda en la madera y me quedé ahí unos segundos, respirando despacio, como si el piso pudiera escucharme y yo no quisiera despertarlo. Todo estaba igual. Exactamente igual. Y, sin embargo, yo no. Me quité la chaqueta, dejé las llaves en el cuenco de siempre y caminé hasta el espejo del pasillo. Me miré sin parpadear. No había marcas. Ni moratones. Ni heridas visibles. Eso era lo más inquietante. Me acerqué un poco más, como si buscara algo que justificara el peso en el pecho. —Estás aquí —me dije en voz baja. Sonó hueco. Me senté en el borde de la cama, con las manos abiertas sobre las rodillas, copiando sin darme cuenta la postura que había tenido allí. En la otra habitación. En la jaula que no parecía jaula. Cerré los ojos. No vi imágenes. Escuché reglas. No provoques. No confíes. No creas que alguien llega antes de que decidan. Abrí los ojos de golpe. Me levanté y fui al baño. Me lavé la cara con agua fría, intentando borrar una sensación que no se iba con jabón. Gael apareció en mi mente sin que lo llamara. Su mirada contenida. La forma en que no me tocó. El respeto casi doloroso con el que me dejó espacio. Eso… eso me desarmó más que cualquier gesto posesivo. Me apoyé en el lavabo. —Me encontró —susurré—. Pero no me devolvió. No era un reproche. Era una constatación. Porque algo dentro de mí se había tensado para sobrevivir… y todavía no sabía cómo aflojar. Fui hasta la ventana y miré la calle. Allí abajo, una figura apoyada en la pared. No necesitaba distinguir el rostro. Sabía que era él. No subía. No se iba. No reclamaba nada. Y por primera vez desde que todo empezó, sentí una punzada distinta al miedo: La conciencia clara de que el daño no siempre se repara con rescates. A veces, solo se acompaña. Apoyé la frente en el cristal. —Estoy a salvo —me dije—. Pero no estoy bien. Y aceptar eso… fue el primer paso real fuera de la jaula. Aunque la puerta ya estuviera abierta.
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