Capítulo 24

1986 Palabras
Después de despedirnos de Los Höller, nos quedamos unos minutos en el frontis de la mansión para definir a dónde iríamos. Gonzalo mencionó que conocía a uno de los dueños de una de las mejores pizzerías de Lima, La Linterna, que tenía un local cerca de Renania. – Pero en esa pizzería siempre hay clientes en lista de espera -se quejó Patrick. – Deja que llamo a Alfredo y le pido que nos tenga una mesa para ocho -dijo Gonzalo y marcó desde su celular. Alfredo era uno de los dueños de La Linterna, a quien Gonzalo conoció mientras hacía las compras en un supermercado junto a Nadia. El humano le había invitado a entrenar en un equipo amateur de rugby, de seguro porque vio que el licántropo tenía cualidades para ello al ser tan alto, grande y fuerte. Durante la llamada, Gonzalo le explicó a Alfredo que con un grupo de amigos querían celebrar el compromiso de uno de ellos, que éramos ocho y queríamos ir al local de Surco. Alfredo se sorprendió de que alguien de la edad de Gonzalo se vaya a casar, y cuando él mencionó el nombre de Stefan, Alfredo se sorprendió. – Carajo, Gonzalo, ¿Stefan Höller es tu pata? –todos pudimos escuchar lo dicho por Alfredo. – Sí, es uno de mis mejores amigos, mi hermano –y Gonzalo golpeó puños con Stefan. – Pucha, yo soy bien pata de Ravi, su cuñado. Nos conocimos cuando recién llegó con Marianne, y Kiram apenas tenía un año. Sabes, vengan, justo estoy en el local de Surco. Ahorita les armo la mesa para ocho –todos empezábamos a sonreír al saber que esa noche pasaría un agradable tiempo reunidos los ocho. – ¿En serio, Alfredo? –preguntó Gonzalo muy entusiasta. – Claro, cachorro. Vengan que los vamos a atender como si fueran reyes. Subimos a los autos y nos fuimos al local de La Linterna en el distrito de Surco. Cuando llegamos, en la puerta había algunas personas esperando por una mesa. Para no causar alboroto, Gonzalo volvió a llamar a Alfredo para avisarle que estábamos a fuera. Este salió y saludó con un abrazo a Gonzalo y con un beso en la mejilla a Nadia. Noté que a Stefan le pareció inapropiado lo del beso, me miró y solo pude levantar los hombros porque ya teníamos a Alfredo enfrente de nosotros. – Stefan Höller, qué gusto conocerte –Alfredo extendió la mano a Stefan, quien respondió el saludo-. Con Ravi y Marianne somos viejos amigos. Los conocí un día que fueron a comer al local de San Isidro, hace muchos años atrás. Ellos son mi hindú y mi alemana favoritos, cachorro. Te puedo decir cachorro, ¿no? –Alfredo preguntó porque Stefan lo miró con algo de confusión cuando lo llamó “cachorro”. – Sí, claro –respondió Stefan tratando de ocultar la leve incomodidad que sintió al ser llamado de esa manera por Alfredo-. Si es amigo de Gonzalo, Ravi y Marianne, es mi amigo. Solo le pido que, si no le entiendo algo, comprenda que recién he llegado a Lima y algunas expresiones idiomáticas son nuevas para mí –al decir eso Stefan, todo reímos. Alfredo nos hizo pasar y nos llevó a la mesa que había preparado en el mezanine. Él mismo nos entregó la carta y nos sugirió algunas pizzas. Pedimos sangría para brindar, limonada de hierba luisa, pan al ajo especial y una pizza para cada uno. Al principio creí que se referían a una pizza personal, pero todos pidieron tamaño familiar, cosa que no llamó la atención de Alfredo porque ya había visto comer a Gonzalo, y sabía que este podía comerse más de una pizza familiar. – Pero yo no puedo comer doce tajadas de pizza -le dije a Stefan alzando las cejas cuando Alfredo se retiró con nuestro pedido. – No te preocupes. Lo que no comas, me lo das. Necesito mucha energía para cuando estemos solos en nuestra habitación -me susurró al oído. – Creo que mejor me pido dos porque una es nada -reflexionaba en voz alta Gonzalo. – Mejor veamos cómo nos va con lo que hemos pedido -opinó Matthias-. Quizás yo quiera un postrecito después. – Así que están entrenando con un grupo de humanos. ¿Por qué no nos contaron para ir también a jugar rugby? -preguntó Patrick. – Es que fue justo la semana en que llegaron Gaia y Milena, y Matthias y tú estaban muy ocupados tratando de recuperar el tiempo perdido con sus compañeras -Gonzalo movió las cejas pícaramente. – ¿No se han dado cuenta de lo que son? -pregunté. – No, somos muy cuidadosos. Tampoco es que necesitemos hacer gran esfuerzo para ganar en el juego -respondió Nadia. – ¿Y no dicen nada raro de que Nadia no te deje ni a sol ni a sombra? -estaba curiosa por saber si habían sufrido bromas machistas. – No. Algunas novias y hermanas van a entrenar, pero no juegan. Al principio miraban mucho a Nadia, y yo quería arrancarles la cabeza, pero un día ella pidió jugar, y como les ganó comenzaron a verla de otra forma. Cuando ya había confianza me dijeron que era un “pisado”. – ¿Qué es eso de “pisado”? -preguntó Matthias. – Le llaman así al hombre que todo lo consulta con su compañera, al que siempre lo ven con su mujer y no hace nada solo –explicaba Gonzalo-. Dicen que es el hombre que es dominado por su pareja, el que hace todo lo que su mujer le pide, pero como yo lo veo, ser pisado significa que amas a tu hembra -todos comenzamos a reír. – Entonces los cuatro somos pisados -dijo Patrick y todos reímos-. ¡Salud por los pisados! -y brindamos con la sangría que acababan de servir. – Cambiando un poco el tema -hablaba Stefan-. ¿Por qué Alfredo le dio un beso en la mejilla a Nadia? – Los peruanos son latinos, Stefan, y por eso se saludan de beso, como los españoles, italianos, franceses y portugueses -respondió Patrick. – Además, Alfredo es amigo y sabe que, si yo le puedo arrancar la cabeza, ¡qué no le haría Gonzalo si se sobrepasa conmigo! -bromeaba Nadia. – Por eso, si ves que un hombre saluda a Amelia con un beso -le decía Matthias-, no vayas a golpearlo. Crearías un gran problema. – ¿Y Alfredo nos dice cachorro porque sabe qué somos? –preguntó susurrando, haciendo que Gonzalo y Nadia rieran. – No, Stefan. Alfredo nos dice cachorros porque somos jóvenes -respondió Gonzalo lanzándole una bolita de servilleta a Stefan-. Nadie sabe la verdad sobre nosotros. La comida llegó y estaba deliciosa. En la conversación recordaron anécdotas, como la vez que Stefan rompió el violín de Matthias porque no quería que se fuera a un campamento musical durante las vacaciones de verano. Ahí recordé que ninguno era diseñador de modas. – Entonces ninguno es una eminente promesa del diseño de modas -pregunté con ironía, por las mentiras que me dijeron. – Mira, Amelia -comenzó a hablar Gonzalo con un tono de voz algo divertido-, cuando quisieron robar tu collar, Bastian Heinz sugirió que tengas protección 24/7, por lo que a Marianne se le ocurrió poner guerreros de la manada entre los alumnos. Como habían creado todo eso del programa de Formación para la Excelencia para proveerte de beneficios sin que fuera muy sospechoso, se decidió que esos guerreros se hagan pasar por los otros participantes del programa. Ahora, ¿por qué fuimos nosotros tres y Nadia? Que Stefan responda -volteé a verlo, esperando que me dé una respuesta. Me miraba de lado, con una sonrisa pícara. Tomó mi mano, donde llevaba el anillo de compromiso y dijo: – Fui yo quien quiso que mis hermanos fueran los que cuidaran de ti, ya que son los mejores guerreros jóvenes, así que lo propuse. A Marianne y Bastian les pareció lo mejor, y dijeron que sí. Además -tomó suavemente mi barbilla-, quería que fueran mis espías para saber más sobre ti. – Pero me dijiste que pensabas rechazarme -todos miraron sorprendidos a Stefan y le lanzaron bolitas de servilleta, reprobando que en algún momento se le cruzó esa idea por la cabeza. – Sí, es verdad, pero una parte de mí quería conocerte, y por ello decidí pedir ayuda a mis hermanos, así que se hicieron pasar por alumnos. Cada día me contaban algo nuevo sobre ti. Así fui soltando la idea del rechazo –cuando acabó de hablar, besó mi mano, un gesto que me decía que estaba completamente arrepentido de haber pensado en rechazarme. – Pero ¿cómo pudieron demostrar talento en el diseño y confección de prendas de vestir? –eso no era algo que se aprendí de un día para otro. – Eso se lo debemos a Ravi -dijo Nadia. – Es lo bueno de tener un cuñado brujo, amor –agregó Stefan. – ¿Y Ravi también hizo que puedan dominar rápido el español? –pregunté curiosa por saber si eso era también posible de conseguir con el poder de un brujo. – Sí -contestaron a coro. – ¿Él hizo que me enamorara de ti? –miré a Stefan preocupada. – ¡No! –respondieron todos, otra vez, en coro. – Amelia, ni el Brujo Supremo o el Gran Hada pueden hacer un hechizo o conjuro de amor. Eso no existe -tomó mis manos y las besó-. Lo que sientes por mí es por el amor predestinado entre nosotros. – Entonces, ¿no me has hecho brujería? –insistía para estar completamente segura que todo lo bonito que sentía por él provenía de mí porque así lo quería y no por un hechizo. – ¡NO! -el coro gritaba y reía al responder otra vez. – ¿Y Caroline? ¿Cómo ella se sumó al grupo de mis protectores? –pregunté queriendo conocer esa parte de la historia. – Alguien debía estar contigo en tu clase, así que Ravi buscó entre los guerreros de tu edad, encontrando a Caroline, quien es la mejor guerrera de su rango. También la eligió porque vio que ella sería la compañera de Elrond. Alfredo tuvo el detalle de invitarnos los postres, cosa que a todos nos alegró y aplaudimos por ese detalle. Al retirarnos del restaurante nos despedimos de él con la promesa de volver. Antes de subir a los autos e irnos, los chicos acordaron llegar el lunes a las 8 am a la mansión para ayudar a organizar la Ceremonia de Entrega del Mando Alfa y de Séquito. Nos despedimos y cada pareja tomó su camino. Al llegar a la mansión, Marianne me dio la sorpresa de que había acomodado las cosas del apartamento en la habitación de al lado, ya que ahí iba a ser mi sala de costura. – Pero ¿por qué no dejaron mi ropa en mi habitación? –no tenía muchas cosas en el apartamento como para que sean acomodadas en otra habitación. – Es que ya no hay espacio en el walk-in closet –Marianne se encogía de hombros-. Creo que exageré y te compré mucha ropa. Acepté su respuesta porque aún no había explorado mi walk-in closet, por lo que desconocía cuánta ropa se guardaba en ese espacio de la habitación. – Bueno, ya es hora de ir a nuestra alcoba, Amelia -sin darme tiempo a negarme, Stefan me cargó en sus brazos. – Stefan, deja que me despida de Marianne -reclamé entre risas. – Hasta mañana, Marianne –dijo Stefan y yo repetí en coro mientras caminaba llevándome a nuestra habitación. – Buenas noches. Que se diviertan -Marianne nos lanzó un guiño cómplice. – Por supuesto que nos divertiremos, y mucho –aseguró para después buscar mi boca e iniciar un beso intenso con el cual empezábamos nuestra segunda noche juntos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR