Para el almuerzo, Marianne había hecho reservaciones en un conocido restaurante de pescados y frutos del mar en el distrito de Miraflores. Como teníamos tiempo para descansar antes de salir a almorzar, con Stefan fuimos a caminar por los jardines de la mansión. Salimos por la puerta principal para comenzar nuestro recorrido desde los jardines frontales. El ingreso a la mansión tenía un promedio de 3000 m2 de áreas verdes. Hacia la derecha había un pequeño laberinto hecho de arbustos muy bien cuidados que era una forma divertida de ir caminando desde el portón de ingreso hacia la puerta principal de la mansión. Pasando el acceso de vehículos iniciaba un área extendida en donde distintos tipos de flores daban color a los días grises de Lima. Algunas estatuas, bancas, pequeñas piletas y caminos de adoquines decoraban y marcaban diferentes áreas en los jardines. Cuando unos pocos rayos de sol se abrieron paso entre las espesas nubes grises, nos sentamos en una de las bancas.
– ¿Eres feliz, Amelia? -me preguntó Stefan, y percibí su preocupación.
– Sí, muy feliz -acaricié su mejilla-. ¿Tú lo eres?
– Sí, como no te imaginas -había desesperación y tristeza mezcladas con miedo.
– ¿Por qué siento tan raro? ¿Algo te preocupa, asusta? Es como si pensaras que vas a perder algo muy importante -le dije queriendo que me explique lo que sucedía con él.
– Amelia, ¿serías capaz de dejarme? -preguntó arrodillado enfrente de mí.
– Por lo intenso del amor que experimento por ti, diría que no. ¿Por qué me haces esa pregunta? ¿No es que las almas gemelas no se separan tras el encuentro? –pregunté muy confundida por la duda que él tenía sobre mi permanencia a su lado.
– Los humanos son especiales. Su naturaleza no les permite reconocer a su alma gemela, por lo que algunos se unen y separan de diferentes parejas muchas veces; otros por miedo inconsciente se aferran a quienes no son sus compañeros predestinados, y hay quienes ni intentan encontrar a su destino, quedándose solos. Por ello, los humanos pueden, sin dañar su esencia, alejarse de su alma gemela y continuar con sus vidas terrenales.
– Eso quiere decir que, ¿podría alejarme de ti, si es que me hieres o decepcionas? -al escuchar mi pregunta agachó la cabeza. En eso unas gotas cayeron sobre mis leggins y falda. Eran lágrimas-. Stefan, ¿qué sucede? Me estás asustando.
– Hay algo que debo confesar -hablaba sin mirarme a la cara-. Antes de ti, hubo otra mujer. Estuve con ella casi cinco años de mi vida, cuando más solo me sentía. Ella fue importante, pero no al nivel que tú lo eres para mí ahora. Y mi miedo es porque temo que el fantasma de esa relación pueda dañarte y decidas alejarte de mí –él me amaba tanto que temía que mis celos por su pasado pudieran hacer que decida alejarme. Era tan tierno cuando se lo proponía.
– Stefan -dejé en beso sobre sus cabellos-, lo que hiciste antes de mí, no me importa. Quizá te preocupas porque sabes que los celos en los humanos son destructivos, más cuando los sentimos por relaciones y personas del pasado, pero yo soy consciente de que todos tenemos un pasado que no podemos cambiar. Decidí que viviría solo mi presente cuando llegué a la conclusión que añorar mi pasado no iba a darme una familia y todo el amor que no pude sentir por parte de mis padres. Mientras que ella no sea parte de tu presente, no me importa lo que hayas hecho antes.
– Ella fue mi primera amante -levantó la cabeza, y vi sus hermosos ojos azules rodeados con un ligero tono rojizo húmedo que dejó las lágrimas.
– Y yo soy la última -dije secando sus mejillas-. No me importa que con ella hayas iniciado tu experiencia s****l.
– Pero tú te entregaste virgen. Soy y seré el único en tu vida, algo que tú no puedes ser para mí –ah, era eso lo que le preocupaba.
– Si no hubiera sido virgen, ¿me hubieras rechazado? ¿Estaría mal que no lo fuera? –pregunté queriendo que él mismo se dé cuenta que debe superar ese hecho.
– Eso no es importante -tomó mis manos, las besó y dejó cerca de su boca-. A mí solo me importa que desde que te hice mía solo seas para mí.
– Pues, yo pienso igual -besé su frente-. Mientras que, después de ser mío, respetes la exclusividad de nuestra relación, todo irá bien entre nosotros.
– No podría pensar, mirar o tocar a otra mujer que no seas tú -me besó con tantas ganas que tras sentir su deseo comencé a embriagarme.
– Tenemos algo más de tiempo antes de ir a almorzar -le dije mordiéndome el labio inferior. Percibir lo que Stefan sentía hizo que yo me volviera más osada y perdiera la timidez.
– No quiero despedazar tu ropa -pegó su frente a la mía para tranquilizarse.
– No tenemos que estar completamente desnudos para unirnos –dije muy cerca de su oído-. Será algo rápido.
Me cargó en sus brazos, y a una velocidad que no imaginé que podía alcanzar corrió hacia nuestra habitación. Al bajar de sus brazos, parecíamos dos niños desesperados por hacer una travesura sin ser descubiertos. Sentados sobre el sofá de pie de cama nos unimos nuevamente. Cada vez que nuestra intimidad llegaba a la unión de nuestros cuerpos sentía cómo el deseo y la pasión iba dando paso al amor. Sentir que éramos exclusivos uno del otro sin importar el pasado confirmaba que lo predeterminado por la Madre Luna era el destino, y que decidir iniciar nuestra vida juntos tan rápido era por nuestro libre albedrío. Destino y libre albedrío van de la mano, así como él y yo lo estábamos haciendo. Al terminar nuestro acto de amor me besó por todo el rostro, soltando varios: «Te amo, Amelia».
– Y yo a ti como no tienes idea. No dudes de mi amor, Stefan, y tampoco dudes de mí. Soy más fuerte de lo que aparento.
Después del almuerzo recordé que llevaba en mi bolso los aretes y anillo que usé en la cena del viernes. Quise entregárselos a Marianne, pero ella dijo que no era necesario.
– Esas joyas son tuyas -continuó.
– Pero me fueron entregadas en calidad de préstamo –comenté confundida, tratando de recordar las exactas palabras que me dijeron cuando me las entregaron.
– Tuvimos que decirte eso para que las aceptes, sino no los hubieras usado -asentí recordando que muchas veces desconfié de Los Höller-. Además, los aretes son un regalo de la familia y el anillo es el símbolo humano de tu compromiso con Stefan.
– ¿Por eso va en el anular derecho? –pregunté.
– Sí, como la tradición humana manda.
Sin saberlo, yo era desde siempre la prometida de Stefan. En eso recordé lo que mencionó sobre su primera pareja, que estuvo con ella cuando más solo se sentía. A sus diecinueve años yo apenas tenía trece y ni pensaba en enamorarme, mucho menos en encontrar a mi compañero predestinado. Aunque nos hubiéramos topado, no hubiera podido hacer por él lo que ella hizo. Sonará estúpido para algunos, pero en ese momento sentí que necesitaba agradecerle a esa mujer por haber cuidado de Stefan cuando yo no podía.
– Así que eran nuestros anillos de compromiso -llegaba Stefan jugando con un anillo.
– Sí, ¿no te parece un lindo detalle? -decía Marianne sonriendo-. Me basé en la costumbre coreana de que ambos miembros de la pareja tienen un anillo. Y los gemelos que te entregamos fue un regalo de la familia por el compromiso.
– Marianne, ¿tú sabías que Amelia sería mi Luna? –preguntó Stefan sonriendo, agradeciendo a su hermana por haberme encontrado.
– Hermanito, desde que la vi entrar para la entrevista del Plan Becario, supe que ella era la hija de la Madre Luna.
Los anillos de compromiso fueron diseñados exclusivamente para nosotros. Estaban hechos de platino y brillantes. El de Stefan era más grueso, como una alianza de bodas que en ambos bordes tenía una fila de diminutos diamantes. El detalle en su anillo era que, al mirar la palma de su mano, se veía un orificio en forma de corazón. El mío era un aro más delgado, cubierto en todo el diámetro por brillantes. Lo llamativo era el diamante azul en forma de corazón en el centro. Stefan tomó los anillos, y cuando alineó el corazón del mío con el orificio del suyo se volvían uno solo, encajaban perfecto.
– Pero qué bonita historia que cuenta los anillos de compromiso -decía Caroline-. Los humanos no sabrán reconocer a sus almas gemelas, pero sí que saben de detalles que enamoran.
– Eso es lo que nos hace especiales, los detalles -agregué.
– La historia no solo es bonita, sino que también verdadera -decía Stefan acercándose a mí-. Yo estaba vacío porque tú eres mi corazón. Sin ti no podría seguir viviendo -tras ponerme el anillo dejó en mis labios un suave y dulce beso. Me ofreció su anillo e hice lo mismo que él.
En apenas dos días me había enamorado de Stefan. No podía creer que estuviéramos viviendo tan intensamente nuestro amor. A veces sentía que lo nuestro no era cosa de hace dos días, sino que veníamos amándonos desde hace siglos o milenios. «La hija de la Madre Luna y el Puro que Aúlla son uno desde el inicio de los tiempos», volvió la voz divina a mi cabeza para confirmar lo que suponía. Lo nuestro no era solo de esta vida, nos amábamos desde siempre. Lo abracé rodeando su cintura y me acomodé en su pecho. Besó mis cabellos y sus manos acariciaron mi espalda, me sentía muy dichosa.