Capítulo 9

4188 Palabras
Es impactante estar en la Mansión Höller. Su arquitectura es una mezcla entre lo clásico de la fachada y lo moderno del interior. Cuando subimos las escaleras para llegar a la puerta principal, los guardias anunciaron nuestra presencia por radio para que el mayordomo nos invite a pasar. Caminamos por un corredor amplio, donde el techo estaba muy alto y las paredes decoradas con lienzos que parecían ser los ancestros de la familia dueña de la propiedad. Al llegar a una intersección que dividía el corredor en cuatro caminos, el personal de servicio tomó nuestros abrigos. La puerta del ala sudeste se abrió de par en par y pude ver que varios invitados ya habían llegado. Por la cantidad de personas en el salón creo que éramos los últimos en hacer nuestra entrada. Los primeros en cruzar el umbral fueron Nadia y Gustavo, quienes iban juntos como si fueran una pareja, luego entraron Matthias y Patrick. Caroline ingresó después de voltear a mirarme con una sonrisa y susurrarme: «Fuera nervios, estás hermosa». – ¡Vamos, Amelia!, es tu turno -después de oír a Kurt pronunciando esas palabras, ingresé al salón. Aunque estaba lleno de invitados no podía fijarme en ellos porque fui hipnotizada por los bellos candelabros que colgaban del altísimo techo. Habían acondicionado las mesas para el servicio de cena en el extremo izquierdo del salón y a la derecha, cerca de la puerta, estaba acondicionada una zona de bar y la pista de baile. – Hola, Amelia, ¡estás bellísima! -con esas palabras Marianne me sacaba de mi obnubilación-. ¡Bienvenida a la Mansión Höller! No sabes la emoción que siento de que estés aquí -los ojos de Marianne se nublaron por las lágrimas. – Gracias, señora Marianne -le dije tocando su brazo para confortarla, aunque no entendía por qué estaba tan emocionada. Al mirar a Marianne me percaté que todos nos observaban. No entendía el motivo por el que todos en el salón estaban pendientes de nosotras. «Quizás miran el escote en mi espalda», pensé y me sentí apenada. Marianne notó el rubor en mis mejillas, tomó la mano que puse en su brazo con un tierno gesto y movió la cabeza como si estuviera negando el motivo que me había imaginado. – Ya estamos todos completos para… -el sonido de alguien corriendo interrumpió a Marianne. Todos volteamos a ver hacia la entrada de un pasadizo que conectaba el salón con el interior de la mansión. Él estaba ahí, como en mi sueño. Ahora podía ver su rostro. Era tan guapo, tanto que no era creíble que existiera un hombre así. Me gustaba cómo se veía con ese traje, el moño ayudaba a que su rostro se viera más bello de lo que ya era, y me gustaba cómo me miraba. – ¡Amelia! -dijo mi nombre y comenzó a correr hacia mí. «Es él, no temas. Por él es que te envié. ¡Dale alcance!», escuché en mi cabeza y comencé a caminar hacia él tan rápido como podía con los tacones altos. Cuando ya estábamos al alcance uno del otro, solté el vanite. Él deslizó su mano derecha por mi nuca, sujetando mi cabeza, y con la izquierda me tomó de la cintura, yo atiné a poner mis manos sobre su pecho. Acercó su cara a la mía, me miró con esos ojos dorados que me decían tantas cosas bellas, y sin esperar mucho puso sus labios sobre los mío. Ese fue mi primer beso. Sentía cómo su deseo aplacaba mi pudor y abrí un poco la boca para que su lengua jugara con la mía. El beso era fuerte, sensual, pero a la vez suave… eran sus labios los que prodigaban un toque sedoso al beso. Mi mano derecha estaba sobre su corazón y sentía sus latidos a una intensidad que no creía que fuera posible. Mi mano izquierda la deslicé por su pecho hasta tocar con mis yemas su mentón. Creo que ese roce le gustó porque apretó más mi cintura, haciendo que la parte baja de mi cuerpo se pegue más al suyo, mientras que su mano en mi nuca retrocedía a la vez que empujaba su cabeza para quedar en una posición inclinada. No quería que parara, pero cuando sentí un bulto rozando mi falda caí en la cuenta de que debíamos hacerlo antes de que la situación se nos escapara de las manos. Suavemente hice presión en su pecho para alejarlo. Se percató de que quería parar, y sin terminar el beso movió mi cuerpo para que esté derecha pegada a él. Cuando dejó mi boca pegó su frente a la mía, abrí los ojos y noté que aún los suyos estaban cerrados. Respiraba agitado y una sonrisa ligera se dibujaba en sus labios. Su mano que estaba en mi nuca bajó rozando delicadamente mi espalda con sus dedos hasta apoyarse en mi cintura. Ese roce me hizo temblar, y a él le gustó sentir mi temblor porque su sonrisa se marcó con un toque de deseo. Cuando abrió los ojos noté que el dorado que relucía en ellos desapareció y ahora eran de un azul intenso. «Stefan, ese es el nombre de tu amado», resonó en mi cabeza. – Stefan, debemos calmarnos, no es el momento adecuado -le dije algo sonrojada, mirando sus ojos azules. – Conoces mi nombre -dijo sorprendido-. ¿Acaso sabías de mí? – No. Quizás no me creas, pero acabo de escuchar tu nombre en mi cabeza. Se alejó un poco para observarme. No lucía extrañado, sino contento. Llevó su mano derecha a mi mejilla y dijo: «Eres tú, la prometida, mi compañera eterna, mi Luna». Quería preguntarle tantas cosas, por qué no estaba sorprendido si le dije que escuchaba voces, qué era eso de ser la prometida, su Luna, pero su mirada absorbía toda mi atención y no podía coordinar las palabras. – Stefan, será mejor que pasemos a la habitación de al lado, hay muchas cosas que explicarle a Amelia -sugirió Marianne, notoriamente conmovida por vernos tan íntimos. – Manada Höller -escuché la voz de Marion por el parlante-, la familia abandonará momentáneamente el salón junto a nuestra futura Luna porque hay varias explicaciones que le debemos. A nuestro regreso cenaremos con el futuro Alfa, su Luna y su séquito. Stefan me tomó de la mano y llevó hacia el pasadizo por el que llegó al salón. Al final de ese camino había una puerta que daba paso a una serie de habitaciones y a una escalera. Entramos a la primera habitación, que era una sala de estar y vídeo. Era tan grande como el apartamento en el que vivía, y en ella había suficientes sofás para acomodar a una treintena de personas. Cuando los miembros adultos de la familia Höller ingresaron a la sala, Stefan tomó la palabra. – Amelia, antes que nada, quiero presentarte a mi familia. Ellos son mis padres, Maximiliam y Marie Höller -un hombre un poco menor de cuarenta años, se acercó junto a la emperatriz de la moda, quien a tan corta distancia no parecía superar los treinta y cinco. Eso me pareció raro, ya que imaginaba que sus padres sobrepasaban los sesenta años. – Buenas noches, Amelia. Es para nosotros un gran honor conocerte -dijo Maximiliam Höller al hacer una reverencia junto a su esposa. – Por favor, no hagan eso -les dije y extendí mis manos hacia ellos para evitar que terminaran la reverencia-. El honor es mío. Ustedes son mis mayores y los respeto, aunque se ven demasiado jóvenes para creer que son padres de Stefan –dije y todos en el salón me mirando con notoria confusión en sus rostros. – Amelia, ¿puedes ver a mis padres como son de verdad? –preguntó Stefan con notoria alegría. – Sí. No parecen que hayan superado la década de sus treinta años –dije y todos sonrieron. – Vaya, sí que eres quién pensamos –soltó Maximiliam sonriendo satisfecho. – Por favor, no me lo tomen a mal, como si les estuviera faltando el respeto –temiendo haberme equivocado y que las sonrisas en ellos sean solo por compromiso-. Además, desde los doce años admiro a la señora Marie, y no tienen idea de la emoción que siento al estar enfrente de usted -mi voz se entrecortó por la emoción. Marie Höller tomó mi mano entre las suyas, se acercó y me dio un beso en cada mejilla. – Y a mí me hace muy feliz tenerte en mi casa y verte al lado de mi hijo -llevó mi mano y la juntó con la de Stefan para que las entrelazáramos-. Se ven tan lindos juntos. Ese comentario hizo que observara mi mano sobre la de Stefan y reparara en el movimiento de su pulgar acariciando el dorso de mi extremidad superior. Al elevar la mirada hacia su rostro, volví a confirmar que era el hombre más hermoso que había conocido en mi vida, claro que no he conocido muchos, pero estaba completamente segura que encontrar otro como él de atractivo sería un trabajo muy difícil de concretar. – Bueno, a mí ya me conoces -interrumpió Marianne con una gran sonrisa y tomándome de la otra mano-. Quiero presentarte a mi esposo, Ravi Kumar. Un hombre joven como Marianne apareció detrás de ella. Por su nombre, facciones y tono de piel, imaginé que no era alemán, sino hindú. Su sonrisa era muy franca, y se veía que tenía el mismo nivel de dulzura y encanto que su esposa. – Buenas noches, Amelia. Un placer conocerte, concuñada -lo último lo dijo mirando a Stefan, alzando las cejas de manera traviesa. Todos rieron por el gesto de Ravi. Volteé a mirar a Stefan y me sonrió provocativamente, logrando que me sonrojé. – ¡Ya dejen tranquila a Amelia! -pidió Marion al abrirse paso entre su hermana, cuñado y sus padres-. Hola, Amelia. Hace unos días nos presentaron. Soy Marion, la hija mayor de Los Höller -se acercó y me dio un beso en la mejilla-. Este es mi esposo, Haldir. Un hombre de cabellos de un rubio platinado y ojos color verde esmeralda se movía ligeramente entre Los Höller, parecía que flotaba. – Buenas noches, Amelia. Soy Haldir Höller. Es un gusto conocerte y saber que ahora tendremos a un Stefan más tranquilo -todos voltearon a ver a Stefan, quien no dejaba de mirarme y pegarse más a mí al llevar mi mano que sujetaba hacia su espalda. El tono burlón de Haldir más el comportamiento posesivo de Stefan hizo que Ravi riera, contagiado a todos. Aún sonrojada por cómo me miraba Stefan, y porque todos lo habían notado, miré a las dos parejas que acababan de presentarse y les di las gracias por acogerme amablemente en su casa. Maximiliam nos invitó a sentar y comenzó a hablar. – Querida Amelia, debo confesar que estoy sorprendido por tu reacción al interés de Stefan. En verdad no pensé que una humana pudiera ser consciente de la conexión entre almas gemelas que las especies sobrenaturales poseemos. Sus palabras llenaron de preguntas mi cabeza. ¿Conexión de almas gemelas?, ¿especies sobrenaturales?, y la pregunta que más daba vueltas: ¿Qué son Los Höller? – Lo que voy a compartir contigo quizás te sorprenda y sea difícil de creer -prosiguió Maximiliam-. Los Höller somos una manada de un conjunto de treinta y cinco que conforman la especie de los licántropos -notó cómo mis ojos se abrían por el asombro y continuó-. Si, Amelia, somos lo que los humanos llaman hombres lobo. Volteé a ver a Stefan. Su mirada se había tornado muy seria y asentía con la cabeza lo que su padre decía. Traté de imaginármelo como lobo. No sabía si era un lobo como los animales que están en los bosques o un ser humanizado con pelaje, hocico, orejas puntiagudas y fuerza sobrenatural. «¿Mantendrá sus ojos azules siendo un lobo?», pensé. – Pero no somos los únicos seres sobrenaturales en La Tierra. Existen también elfos, brujos, hadas, felinos y vampiros. Con estos últimos hemos vivido en guerra constantemente –añadió Maximiliam. – ¿Y por qué la enemistad? -pregunté. – Son varios los motivos, pero con el tiempo empeoró porque apoyamos a la mezcla de especies. Permíteme explicarte. »Todos los seres sobrenaturales estamos predestinados a un alma gemela, que es predeterminada por nuestra deidad, la Madre Luna. La mayoría de veces las parejas se forman entre seres de la misma especie, pero por razones que desconocemos hay oportunidades en que la Madre Luna las mezcla. Al principio no gustaba la idea de tener híbridos entre nuestra gente, por lo que se despreciaba a aquellos que encontraban en otro pueblo a su alma gemela. Poco a poco esto ha cambiado, en especial para los licántropos, quienes desde hace siglos aceptamos a las parejas de nuestros miembros que son de otra especie. Sin embargo, aún hay pueblos que se niegan a ello, como los vampiros. Ellos siguen asesinando a los suyos que se prendan de seres de otra especie. Y como la conexión es fuerte entre almas gemelas, también asesinan a la pareja cuando esta va en busca de venganza. »En la historia de la Manada Höller nuestros ancestros siempre estuvieron a favor de aceptar, proteger y cobijar a las parejas interespecies y a sus crías. Eso ha ocasionado que nuestra manada se torne una de las más fuertes entre los licántropos y los pueblos sobrenaturales, ya que nuestro poder se mezcló con el de los otros, y tenemos miembros con talentos nunca antes vistos. Sin embargo, aunque la mezcla de especies nos ha traído muchos beneficios, también nos trajo la enemistad con los vampiros. »En la era del Alfa Karl Höller, mi abuelo, los Dracul, el clan más poderoso y ancestral de esa especie, que siempre se ha jactado de su pureza de linaje, nos declararon la guerra. El motivo: haber acogido a Catalin, la hija de Morgan Dracul, líder de ese clan, en nuestra manada por ser la compañera predestinada de Thomas Häus, el Beta de mi abuelo. Para Morgan Dracul perder a Catalin no solo significó una mancha en su linaje, sino perder a su hija predilecta, a una guerrera excepcional y a la segunda al mando de sus ejércitos. »Como Morgan no quería asesinar a Catalin maquinó un plan para dar muerte a Thomas y mantener encerrada a su hija hasta que averiguara la forma de deshacer la conexión. Nuestra manada pudo repeler el ataque de Los Dracul y vencerlos porque Emma, hada de fuego que es la compañera de Johan Neumann, delta de mi abuelo, recibió de los espíritus de la naturaleza un mensaje que describía los planes de este poderoso clan vampírico. Conociendo la estrategia de Morgan, mi abuelo envió a un grupo de rescate para liberar a Catalin y trasladarla a nuestro territorio, logrando que se uniera eternamente con Thomas al ser marcada por él. Desde ese día, Los Dracul juraron destruir a la Manada Höller y a todos los que estén a nuestro favor. »Durante más de sesenta años estuvimos peleando constantemente contra los vampiros, pero el día de mi ascenso al mando alfa la Madre Luna nos reveló una profecía en la que prometió enviar a su hija para que se uniera con el hijo Alfa de la manada, fortaleciéndonos y logrando el fin de la guerra entre especies. Esa prometida eres tú, Amelia. Lo sabemos porque posees una piedra de luna que no tenemos registrada y no sabemos de dónde salió, porque los guerreros nos cuentan que ves nuestros ojos de un color dorado, además de que el hechizo que hace que Marie y yo nos veamos de la supuesta edad humana que debemos tener no ha engañado a tus ojos». Al terminar de hablar Maximiliam, me pareció que acababa de contarme una leyenda de Europa del Este. Sin embargo, los sueños que siempre he tenido y la voz que escucho hacían que me tome más en serio y con calma toda la historia, pero aún me sentía un poco escéptica. Todos me miraban expectantes, querían saber qué pensaba, cómo tomaba todo lo confesado. Entonces la voz volvió a mi cabeza. «No temas, todo lo dicho es verdad. Tú eres hija de la Madre Luna». – Señor Maximiliam -comencé a hablar aferrándome a la mano de Stefan-, desde muy pequeña en mis sueños alguien, que no sé quién es, ha compartido conmigo conocimientos y escenas del futuro. La imagen de Stefan entrando agitado al salón, corriendo hacia mí, la vi en un sueño ayer. No sé si a ustedes les parecerá que estoy loca, pero escucho una voz en mi cabeza, y esa voz me dijo que me acerque a Stefan, me dio su nombre, me dice que no tema, que todo lo aquí dicho es verdad y… -me detuve porque las lágrimas comenzaron a brotar- …y que soy la hija de la Madre Luna. Aunque todo sea verdad, me resulta difícil creer que ustedes son hombres lobos u otra clase de ser fantástico. Comenzaron a mirarse entre ellos. Volteé hacia Stefan cuando acercó su pañuelo y empezó a secar cuidadosamente las lágrimas que bajaban por mis mejillas. Él me sonreía, pero su miraba guardaba tristeza, y eso hizo que mi corazón doliera. En eso, Haldir y Marion se levantaron de sus asientos. – Síguenos, vamos a demostrarte lo que mi padre acaba de confesar -dijo Marion caminando tomada de la mano de Haldir. Salimos de la sala hacia la escalera. Subimos hasta el cuarto piso, la terraza. Como la noche limeña estaba fría comencé a temblar. Stefan se percató de mi temblor, que no era provocado por el roce de sus manos en mi espalda, y me puso el saco de su traje encima, luego me rodeó con su brazo y me atrajo hacia él. Cuando todos estábamos en la terraza, Marion, que se había alejado unos cuantos metros, corre hacia nosotros en su hermoso vestido plateado; da un gran salto; un destello sale de su pecho, y lo que cae es un lobo enorme, de pelaje grisáceo y ojos azules. La transformación me asustó. Por suerte Stefan me tomaba de la cintura, sino hubiera caído al suelo. – Ahora es mi turno -Haldir de un salto subió al techo del toldo que cubría la zona en donde estábamos. Veía cómo caminaba sin hundirse entre las telas que armaban el techo, luego saltó de toldo en toldo sin dejar señales de su peso, era como si una pluma cayera sobre las telas. – Y bueno, yo también tengo algo que mostrar -Ravi dijo unas palabras en una lengua que no conocía y empezó a levitar. Una luz blanca emanaba de sus manos y creció hasta el tamaño de un balón de basquetbol que lanzó hacia el cielo, estallando como fuegos artifíciales. – ¡¿Pero qué es todo esto?! -no creía lo que veía, una realidad que solo era posible en las películas y en los libros de fantasía. Sentía que me faltaba el aire y que me iba a desmallar. Marianne se acercó, me hizo oler unos vapores que emanaban de una pequeña botella y pude recuperarme – Tranquila, Amelia -dijo apenada-. Sé que esto es nuevo para ti, pero no tengas miedo, no somos violentos ni tenemos maldad en nuestros corazones, solo somos diferentes. – ¡Lo siento mucho, Amelia! -Marion se acercó con una expresión de preocupación en su rostro y un vestido que no parecía haberse rasgado tras su transformación-. Nuestra intención no fue alterarte, solo demostrarte qué somos y qué podemos hacer. Respiré hondo y continué la conversación. – Entiendo que eres una licántropa, al igual que tus padres y hermanos -miré a Stefan, lucía muy preocupado, pero igual asintió con la cabeza-, pero ¿qué son ustedes, Haldir y Ravi? – Yo soy un elfo -Haldir llevó el cabello que cubría sus orejas hacia atrás, y pude ver que eran grandes y terminaban en punta. – Y yo soy un brujo -dijo un tímido y apenado Ravi. Nos quedamos en silencio. Paseaba mi mirada por sus rostros y todos lucían preocupados. Volteé a ver a Stefan, que estaba a mi lado, y su mirada volvía a lucir triste, al igual que volvía a doler en mi pecho. En eso, la voz nuevamente retumbó en mi cabeza: «No temas, Amelia. Ellos siempre harán tu voluntad». El miedo se fue para dar paso al asombro. Era capaz de sentir el interés de Stefan por mí, pero no sabía si era amor, aunque percibía su necesidad y deseo de tenerme cerca, al menos en un aspecto físico. – Bueno, que ustedes sean seres sobrenaturales y yo sea hija de la Madre Luna hace que seamos muy especiales -traté de sonreír para hacerlos sentir mejor-. ¿Te veré convertido en lobo? -le dije a Stefan mientras tocaba su mejilla, tratando de que la tristeza se fuera de su mirada. – Sí. Más tarde te puedo enseñar a mi lobo, cuando estemos en nuestra habitación –respondió Stefan ofreciéndome una tierna sonrisa a la par que sus ojos se cerraban y abrían mostrándome un gesto muy dulce. Sin embargo, escapé del encanto de su mirada al razonar lo que dijo. – ¡¿Perdón?! -dije abriendo los ojos a lo máximo que podía por la impresión que produjo en mí lo que acababa de decir. – ¿Dije algo malo? -me preguntó muy calmado-. Eres mi compañera y es normal que compartamos la alcoba, que duermas conmigo –era la única a la que sus palabras le parecían una aberración porque todos me miraban como si yo fuera la rara. – Pero, por más hija de la Madre Luna y compañera predestinada, soy humana y aún menor de edad. ¿Cómo crees que voy a dormir contigo? -dije conmocionada. En ese momento, hubo quienes entendieron mi postura y sonrieron apenados. – Stefan, Amelia tiene razón. Ella no es como nosotros, así que tiene otras costumbres –dijo Marie-. Imagino que por haber crecido bajo el cuidado de religiosas católicas requieres casarte antes de compartir el lecho con Stefan. – Sí, así es. Además, recién nos hemos conocido. Me parece muy apresurado eso de dormir juntos. Todos comenzaron a opinar sobre si debía o no quedarme en la mansión y compartir la habitación con Stefan. Él aludía a que, cuando un licántropo encuentra a su compañera, el hecho de tener esa conexión de por sí sellaba el compromiso, por lo que no era necesario esperar tanto para compartir el mismo lecho, que sea su mujer y que me marque. Ravi intervino y le recordó a Stefan que yo era humana, así que era necesario tomar en cuenta mis costumbres. Marianne, Haldir y Marie pensaban como Ravi, mientras que Maximiliam y Marion apoyaban a Stefan. – Pero no puedo estar lejos de ti, Amelia, ¡eres mía! -noté dolor en su mirada cuando soltó esas palabras que marcaban lo posesivo que era su amor. – No puedo mudarme de inmediato contigo, Stefan. Por favor, compréndeme -tenía la mirada puesta en el suelo, y no podía adivinar qué estaba pensando. Eso así que me sintiera mal porque podría estar triste, algo que comprendí que no me gustaba sentir en él. – Entonces, si no puedes mudarte conmigo, yo me mudaré a tu apartamento –la solución que encontró no era mejor que la primera propuesta. Todos voltearon a verme, esperando mi decisión. – Stefan -traté de hablar lo más bajito posible, para que solo él me escuchara-, no voy a dormir contigo, por eso no quiero mudarme –moría de vergüenza de que la gente escuche lo que le estaba diciendo. – ¿Y si me quedo en la habitación de al lado? -me respondió susurrando al oído-. Amelia, nunca haré algo que tú no quieras, pero entiende que al ser mi compañera yo vivo por ti. No es solo mi deseo por tenerte, es mi preocupación por protegerte. Viviré contigo en el apartamento, pero usaré la otra habitación. El vivir juntos nos ayudará a que me conozcas, así estarás completamente segura de mi amor y de que me amas porque yo te amo, Amelia. Lo mío no es solo deseo –su mirada sincera me convenció que lo que decía era verdad. Sus palabras calaron en lo más hondo de mi corazón y borraron las dudas sobre si era amor o no lo que hacía que él no quisiera separarse de mí. «Él es tuyo y tú eres suya. La conexión entre almas es fuerte, exclusiva y eterna», la voz reafirmó lo que mi corazón ya había decidido. – ¿Qué dices, Amelia? ¿Aceptas la propuesta de Stefan? -preguntó curiosa Marion. Cuando notó mi cara de asombro porque no entendía cómo escucharon lo que hablábamos, respondió señalando su oreja: «Oído de licántropo», dijo. – Está bien, acepto -todos comenzaron a aplaudir muy contentos. – ¡Te haré la mujer más feliz de este mundo! -su abrazo fue tan cálido que quise acomodarme en su pecho y quedarme dormida en ese instante. Marianne interrumpió mi ensueño haciéndonos recordar que aún estaban los invitados esperándonos para cenar.
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