Me miro en el espejo frente a mí y frunzo el ceño. A la distancia, logro oír la voz de Stanley a través del computador pero no la tomo en cuenta. ¿Cómo se supone que me tomaré fotos usando esta mierda de ropa? Me fijo en la imagen que ven mis ojos y siento como si estuviera mirando a una completa extraña; cabello oscuro, maquillaje hasta en los agujeros de la nariz, piel pálida y ropa excesivamente pequeña.
—¿Qué haces que estás demorándote tanto?
—Ni en tus sueños me tomaré fotos vestida de esta manera, Stanley. —espeto, decidida.
—¿Por qué?
—¡Porque es mucho menos vergonzoso enviarle fotos desnuda!
Agradezco a todos los santos habidos y por haber que mi hermano no está en casa porque, a la hora que me escucha gritar eso no dudaría ni un segundo en tirar la puerta para ver qué estoy haciendo. Él sabe que no soy una puritana pero, lo he escuchado hablar con mamá y sé que para él sigo siendo la misma niña de cinco años que se comía los mocos. Asqueroso, lo sé.
—A ver, acércate.
—No me verás vestida así.
Stanley resopla —Te he visto en peores condiciones, Abed. Así que, no seas ridícula y acércate si no quieres que vaya a tu casa.
Suelto un gruñido y dando fuertes pasos como una niña malcriada, me acerco a la computadora. Tomo la cámara portátil y la conecto antes de regalarle un vistazo de primera plana a mi mejor amiga. Me siento avergonzada de estar usando este tipo de ropa íntima porque... no soy yo.
—¿En qué momento te crecieron tanto las tetas? —me molesta ella.
—Te dije que tenías que comprar una talla más grande. Ni siquiera puedo respirar con normalidad. Me siento incómoda.
—No —me contradice ella—. Estás pensando que luces ridícula y ese mismo pensamiento te hace lucir ridícula. ¿Quieres acostarte con Rome sí o no?
—Sí.
—Entonces tienes que darle exactamente lo que le gusta. Esa lencería te hace lucir increíble, mujer. Tienes más tetas que futuro, siéntete orgullosa.
—Si lo dices de esa manera lo único que consigues es que me sienta más incómoda.
Stan gruñe y la entiendo. A veces hago que pierda la paciencia.
—Escúchame bien, Abed: te has maquillado de una manera distinta, estás ocupando ropa que usualmente no usarías y usas una peluca también. En estos momentos, no eres Abed Möller, estudiante de diecisiete años. En estos momentos eres Lola, universitaria de día y puta de noche. Ya tuviste sexo por teléfono con Rome, ¿qué tanto te va a costar tomarte unas fotos hot y enviárselas para que piense en ti? Estás lejos de lucir ridícula. Luces malditamente caliente y si yo fuera hombre, me haría una paja en este mismo instante.
Suelto una risa por su último comentario.
—Tienes razón. En estos momentos, no soy Abed. Soy Lola.
—Exacto. ¿Y qué es lo que haría Lola en este momento?
—Se tomaría esas condenadas fotos porque ella es segura de sí misma.
—Esa es mi chica —ella da pequeños aplausos—. Ahora ve a tomarse esas fotos y se las envías. ¡Ah! Y le dices lo del viernes en la playa. Ya sabes, lo de Scott y esas cosas. No sé si Rome irá pero, debes decirle que Lola sí irá.
Asiento como una niña obediente. Stanley da por terminada la videollamada y yo me coloco manos a la obra. Debo admitir que el inicio fue horrendo porque no me sentía para nada cómoda. Abed jamás haría este tipo de cosas pero, teniendo en cuenta que me estaba haciendo pasar por una universitaria osada, seguí adelante y conforme pasaban los minutos, fui relajándome hasta el punto de que se sintió como algo natural. Amé la cámara y ella me amó al parecer porque, las fotos resultaron ser bastante buenas.
Después de esa osada sesión fotográfica, guardo todo en una caja al final de mi clóset y me quito el maquillaje. Me visto de forma cómoda, tomo mi celular y bajo a la cocina para prepararme algo de comer.
Estoy engullendo cómodamente mi pan con jamón y mayonesa cuando tocan el timbre. Suelto un bufido que me hace escupir unas cuantas migas y voy a abrir la puerta. Lo primero que veo es a mi hermano y no me detengo a ver quiénes son sus demás acompañantes. Vuelvo a la cocina y enciendo la tele porque no estoy interesada en escuchar conversaciones bobas de chicos hasta que escucho:
—¿Quieren algo de beber, chicos? ¿Rome?
Me atraganto con el pan. ¿Estamos hablando del mismo Rome?
Corro hasta la puerta y observo. Efectivamente, Rome Finnegan está en la sala de mi casa junto a su mejor amigo, Steve, y mi hermano. ¿Qué carajos está haciendo Rome aquí? Que yo recuerde, él y Logan no son los mejores amigos. Han salido de copas un par de veces, festejan juntos cuando ganan un partido porque juegan en el mismo equipo pero, más allá nunca han pasado.
—¿Qué tanto miras?
Alzo la mirada lentamente, encontrándome con Logan y su ceño fruncido. Como estoy agachada en la orilla de la puerta, él me empuja por la cabeza haciendo que yo pierda el equilibrio por un segundo. Me enderezo y me acerco a él cuando Logan está sacando tres latas de Coca-Cola del refrigerador.
—¿Qué están haciendo ellos aquí? —susurro.
—¿Quiénes?
—Rome y Steve.
—Ah, ellos... —Logan deja los refrescos sobre una bandeja y deja también tres vasos—, yo los invité.
Ruedo los ojos por su respuesta borde.
—¿Por qué los trajiste a casa?
—Porque tenemos cosas de las que hablar. No seas tan metiche.
Hago una mueca burlesca.
—¿Por qué puedes traer a esos chicos y yo no puedo invitar a Stanley?
Logan se detiene a mitad de camino con la bandeja en las manos. Me mira sobre el hombro y antes de salir, dice:
—Porque ustedes son sinónimo de problemas.
La comisura de mis labios se curva hacia abajo a la misma vez que me encojo de hombros. Decido terminar de comer mi cena improvisada mientras que escucho a lo lejos la aburrida conversación que mantienen los chicos en la sala. Como quien no quiere la cosa, voy hasta el lugar de la reunión y tengo que apretar los dientes para que la boca no se me abra y comience a chorrear baba.
¿He dicho lo caliente que luce Rome con el uniforme del equipo? Está sentado en el sofá que usualmente yo ocupo, el short llega hasta la mitad de sus muslos, sus piernas lucen firmes. Recorro su torso cubierto por la camiseta con el número siete impreso en el pecho, sus brazos libres de algún tatuaje y sus manos sujetan con seguridad el móvil y la lata de soda. Cuando me detengo en su rostro, me doy cuenta que él me está mirando fijamente. Frunce el ceño y desliza sus ojos verdes por mi cuerpo hasta volver a mi rostro. Me sonrojo.
—¿Qué necesitas, Abed?
Miro a mi hermano que me está observando con un signo de interrogación en el rostro. Abro la boca para responderle pero me detengo. Si digo alguna palabra, Rome puede darse cuenta que mi voz es exactamente la misma a la de Lola y todo se iría a la mierda. Así que, sólo agito la cabeza y escapo de ahí como la cobarde que soy.
—¿Quién es ella? —escucho que Rome pregunta cuando estoy subiendo la escalera.
—Mi hermana.
—No sabía que tenías una hermana. ¿Estudia con nosotros?
Como una idiota, tengo que devolverme porque he dejado el móvil en la cocina. Siento el rostro caliente. No sé si sentirme ofendida porque él no haya reparado en mi presencia hasta ahora o si debo agradecer el hecho que no supiera de mi existencia.
—Oye.
Mis pasos se detienen frente a los chicos. Miro al chico de ojos verdes porque es él quien me ha hablado. Rome se señala la barbilla y dice:
—Tienes algo ahí.
Paso mi mano y veo que en mi barbilla tengo una gran mancha de mayonesa. Logan suelta una carcajada burlesca y yo arranco de ahí con la poca dignidad que me queda. Cuando estoy en la soledad de mi cuarto, quiero hacer un berrinche a lo más Regina George pero me contengo. ¿Es que no puedo ser más estúpida? Ahora entiendo por qué él me estaba mirando de esa manera... me miraba porque tenía una sexy pero maldita mancha de mayonesa en la barbilla.
Tengo que hacer un montón de deberes pero, como soy una floja, prefiero lanzarme a la cama y comenzar a revisar las r************* . Estoy comenzando a quedarme dormida, cuando el teléfono vibra sobre mi pecho. Con un ojo abierto, reviso y tengo que abrir los dos porque no me lo creo. Rome me ha enviado un mensaje.
A hurtadillas, salgo de mi habitación para ver si los chicos siguen en la sala y, efectivamente, están ahí. Steve y Logan hablan animadamente mientras que Rome les lanza rápidas miradas ausentes y asiente de vez en cuando. Sonrío. Él está tan aburrido.
Escondida en mi lugar, con la imagen de Rome como primer plano, reviso su mensaje.
Rome: Qué estás haciendo, nena?
Tengo que taparme la boca para no reír. Si él supiera que la chica con la mancha de mayonesa y Lola son la misma persona no lo creería.
Rome: Estás ocupada?
Lola: Hola, sexy. Estoy tendida en mi cama, ¿qué haces tú?
Ver a Rome cómo responde mis mensajes con una pequeña sonrisa en el rostro me encanta.
Rome: Estoy en la casa de uno de mis compañeros. Aburrida?
Lola: Un poco. ¿A qué hora regresas a casa? Me gustaría que me ayudaras con un pequeño problema...
Rome: Si me das una pequeña pista, puedo volver a casa en este preciso momento, nena
Me muerdo el labio, indecisa. ¿Le envío la foto o no? A la mierda con todo.
Busco en la galería de fotos la imagen donde aparece mi entrepierna cubierta por lencería negra excesivamente sexy, mis piernas apretadas simulando un calentón traído del mismísimo infierno. Se la envío.
—Lo siento chicos pero, tengo que irme.
Se me escapa una risa pero logro apaciguarla. Rome se bebe el resto de soda que quedaba en su lata y la deja con brusquedad sobre la mesa antes de colocarse de pie.
—Cualquier cosa que decidan, me lo hacen saber por mensajes, chicos.
—Oye, ¿por qué te vas? —le pregunta Steve. Rome le da una mirada que es respuesta suficiente y el chico asiente— Entiendo. Nos vemos luego, R.
—¿Qué diablos le ha pasado? —inquiere Logan una vez que la puerta se ha cerrado.
Steve duda un momento en decirle pero, finalmente lo suelta:
—Se ha calentado con una chica.
A gatas, vuelvo a mi habitación y me encierro bajo siete llaves. Enciendo mi computadora y busco en Youtube el soundtrack de 50SOG porque, diablos, me enciende, y me tiendo en la cama. Le envío un mensaje a Stanley diciendo que es hora de calentar motores con Rome y ella me envía los emoticones con llamas de fuego.
Debo reconocer que estoy un poco nerviosa. Como reconocí anteriormente, ya he tenido este tipo de aventurillas pero, con Rome todo es como más intenso. El hecho de estar haciéndome pasar por otra persona (que no existe) hace que sea más excitante. Puedo hacer lo que quiera, puedo decir lo que se me venga en gana porque sé que al final del día, a nadie le va a importar. Se me ha metido entre ceja y ceja querer acostarme con este chico y no podré descansar hasta que lo consiga.
Muchas moralistas dirán: "¿y si te sale el tiro por la culata y terminas enamorándote?" Señoras, permítanme decirles que esto no es una historia de amor. No hago esto porque estoy enamorada en secreto de ese atractivo deportista. Lo hago únicamente para saciar mi deseo s****l de chica hormonal. Sí, soy consciente de que no estamos acostumbradas a que las mujeres utilicen a los hombres para el sexo. Pero, déjenme aclararles que nosotras sentimos y queremos lo mismo, la diferencia es que a ellos no les importa reconocerlo a viva voz. ¿Por qué a nosotras sí nos debe importar? Ya sé, ya sé... nos catalogan de puta, zorra, perra, y un sinfín de adjetivos desagradables y no me importa. La gente puede opinar lo que quiera porque al final del día, seré yo la que cumpla todos mis caprichos sexuales mientras que las moralistas estarán en su casa mirando el techo sólo porque su pareja (llámese amigo con derecho, esposo, novio, andante) busca su propia satisfacción s****l.
Rome: Ya estoy aquí, nena
Cuando recibo su mensaje, mi estómago se aprieta de la emoción. Sin ningún pudor, busco su número en mi agenda de contactos y lo llamo. ¿Quién dijo que el hombre es quien debe llamar todas las veces? Es hora de que las mujeres nos pongamos los pantalones, señores.
—Lola... —me saluda Rome en un respiro.
—Rome, extrañaba oír tu voz. —le digo y él ríe— ¿Llegaste a tu casa?
—Sí. Estoy en mi habitación, a punto de darme una ducha. ¿Quieres ayudarme?
—Me encantaría...
Él respiró profundo —Me gusta tu voz. Es un poco ronca... y sexy.
Me río porque jamás me habían dicho eso.
—Me encantaría oírte mientras gimes contra mi oído. —agrega luego de una pausa.
—Y a mí me gustaría ver tus hermosos ojos mientras estás entre mis piernas.
—j***r, ni siquiera te conozco y me pones duro con una simple risa. ¿Cuándo nos veremos?
—Escuché que un chico dará una fiesta en la playa este viernes, ¿lo sabes?—inquiero, como quien no quiere la cosa y él emite un sonido afirmativo— Te veo allá entonces.
—Este fin de semana lo tengo ocupado. ¿Podemos vernos después?
—Lo siento, chico sexy pero, sólo el viernes tengo libre.
Él respira profundo y luego de una pausa, dice que hará todo lo posible por estar allí. No le pregunto cuáles son sus planes reales para esa noche porque no me importa pero, es increíble lo que un chico puede hacer por una cogida. Una vez, Stanley me dijo que no había nadie más puntual que un hombre caliente con ganas de sexo... jamás creí encontrarle la razón hasta este momento.
Escucho cómo Rome larga el agua de la ducha y yo me preparo para la acción. Escuchando Earned it, cierro los ojos y me relajo. No hace falta que yo diga una palabra porque él se me adelanta. Gruñe un sinfín de palabras sucias contra mi oído mientras yo me complazco, imaginándome que no es mi mano la que me está tocando en ese momento sino la suya. Estoy sudorosa, con el rostro ardiendo y la respiración agitada y Rome no hace otra cosa más que decirme todo lo que me hará cuando nos veamos. Es atrevido y sexy, no se avergüenza en revelar sus pensamientos pervertidos.
Finalmente, después de una acalorada sesión de sexo por teléfono y con un par de fotos calientes de Rome Finnegan, voy a tomar una ducha tratando de mentalizarme en hacer mis deberes y quitar de mi mente el asombroso momento que hemos vivido.