Gracias al cielo y a todos los astros que se alinearon a mi favor, mamá y Logan acaban de salir. Mamá ha ido al trabajo y mi hermano tenía que ir no sé dónde a no sé qué pero, he quedado completamente sola por el resto del día. Usualmente, mamá pasa a comer con sus compañeras después del trabajo y Logan no se molesta en llegar a casa antes de la medianoche. He quedado sola y eso me facilita la tarea para sentirme miserable. Porque es así como me estoy sintiendo justo ahora. He estado pensando en alguna buena idea para cancelar lo de esta noche pero nada se oye correcto. Quiero pasar tiempo con Rome pero no hacerlo precisamente en el cumpleaños de su padre porque eso significa llevar la mentira a otro nivel y no estoy preparada psicológicamente para eso. ¿Tengo que seguir con las mentiras frente a los padres de Rome aun cuando ellos no tienen nada que ver en esto? Es decir, mi único plan era acostarme con él, ¡no conocer a sus malditos padres!
Caigo en una crisis existencial y dejo caer mi cuerpo sobre la cama, frotando mis sienes. ¿Ya ven a lo que me refiero cuando digo que Rome me estresa? Él ni siquiera está presente pero me estresa a niveles estratosféricos. Todo gira a su alrededor y me enfurece darme cuenta que actuando como Lola, todo lo que hago se relaciona con él.
Busco a ciegas mi teléfono y cuando lo encuentro, lo desbloqueo y llamo a Stanley. Lanzo un sinfín de malas palabras en su contra cuando no me contesta la primera vez. Vuelvo a llamar y esta vez sí puedo escuchar su voz. Apenas responde, lo primero que dice es:
—Perdón, estaba meando y no alcancé a contestar.
Arrugo mi nariz —No hacía falta dar tantos detalles. ¿Estás ocupada?
—Nunca estoy ocupada cuando se trata de ti. ¿Qué pasa?
—Estoy en medio de una crisis existencial —confieso y me aprieto el puente de la nariz. Stanley me pregunta por qué estoy diciendo eso y proceso a contarle todo de forma rápida. Cuando acabo, añado: —Es tan difícil ser yo.
—Ay, Mía Colucci... —ella suspira dramáticamente—, ¿en qué lío te has metido ahora? ¿Por qué rayos no te negaste?
—¿Crees que no lo hice? Le di mil excusas y él consiguió solucionarlas cada una de ellas. ¿No tienes un vestido? No te preocupes, yo puedo comprarte uno porque tengo mucho dinero —digo, tratando de imitar la voz ronca de Rome— ¿No sabes dónde queda? No te preocupes, yo enviaré al chofer de mi padre a recogerte. ¿No puedes comer mariscos? ¡No se diga más! Mi chef personal te preparará un platillo especial.
Stan suelta una risotada.
—Cada día me sorprendes más, Abed.
—No te llamé para que te rieras de mí, Stanley. Si te llamé fue para que me ayudaras a buscarle una solución a esto.
—Es que no le veo una solución, amiga. Quiero decir, perfectamente puedes enviarle un mensaje a Rome diciéndole que no vas a ir y punto pero, eso significaría que todo esto --incluyéndolo a él-- no es algo serio para ti, ¿entiendes? Si Rome quiere presentarte a sus padres, significa que él sí se está tomando en serio todo esto.
—Gracias por hacerme sentir más miserable aún, Stanley. De verdad, gracias.
—Mira, no me vengas con los sarcasmos ahora. Tú sola te metiste en esto y sola tienes que salir. Si no hubieras querido ir, te habrías negado aun si él te ponía mil soluciones a tus excusas. Rome no podía obligarte a decir que sí. Si tú aceptaste, fue porque así lo quisiste.
Mis labios crean un puchero. Muevo mi cuerpo sobre la cama como si estuviera sufriendo una pequeña pataleta.
—Ya, pero no me regañes —le hablo con voz infantil—. Si te llamé es porque necesito la ayuda de mi mejor amiga.
—¿Pero en qué te puedo ayudar si terminas haciendo lo que quieres al final de cuentas? Si no quieres quedar mal con Rome, anda. Pero sabes de antemano que si lo haces, estarás subiendo un escalón más. ¿Quieres hacerlo?
—Quiero ver a Rome, sí —reconozco. Suelto un suspiro y me siento en mi cama cruzando las piernas—. Pero sé que él no querrá juntarse conmigo a menos que no vaya a lo de su padre esta noche.
—Y si no vas, posiblemente él no quiera verte más.
—¿Sabes qué? A la mierda, no iré a ninguna parte.
***
Justo a las ocho de la noche, el timbre de mi casa suena y mi estómago se aprieta por los nervios. Me miro por última vez en el espejo, viendo que el vestido azul marino que llega hasta las rodillas me hace lucir como si no fuera yo. Me veo bien pero es algo a lo que jamás podría acostumbrarme. El vestido en sí es bastante llamativo; no es corto ni nada por el estilo pero, el escote en forma de corazón va adornado con pequeñas piedras que, no quiero pensar, parecen diamantes. Mis pies calzan un par de zapatos con tacón aguja que me hacen lucir más alta, las capas de maquillaje tapan mis pecas y los ojos azules resaltan gracias a un smokey fabuloso. Ni siquiera me reconozco.
El timbre vuelve a sonar y yo suelto un suspiro. Me aliso el vestido con las manos temblorosas y me acerco a la puerta. La abro y frente a mí me encuentro a un hombre de unos treinta y pocos vestido impecablemente de n***o. Él inclina un poco la cabeza en un saludo respetuoso y me informa que es el chofer de los Finnegan y que ha venido a recogerme. Le agradezco con una tímida sonrisa y lo sigo hasta el coche n***o. Me subo en el asiento del pasajero y todo mi cuerpo se estremece cuando el ruido de la puerta al cerrarse llega hasta mis oídos.
Todo el viaje me la paso mirando a través de la ventana sin mirar nada en particular. Me pregunto en mi interior si realmente estoy haciendo esto. Quiero decir, le dije a Stanley que no iría a ninguna parte y ahora estoy montada en el coche de los Finnegan. Soy una idiota.
Eventualmente, el coche se detiene frente a una gran casa. Tengo ganas de gritar. El portón automático abre sus puertas dolorosamente lento. El auto avanza los pocos metros que nos quedan y se estaciona en el parking; sigo mirando a través de la ventana, fijándome en la hilera de coches ultimo modelo que están aparcados a ambos lados. El chofer de los Finnegan me abre la puerta y me ayuda a bajar. Yo le agradezco con una pequeña sonrisa porque simplemente no puedo encontrar mi voz en este momento. Comienzo a caminar con cuidado, mirando el gran edificio a mi lado. Ladrillos acomodados uno a uno con cuidado forman una gran casona con estilo rústico pero elegante. Me acerco a la puerta de entrada y justo ahí, en medio del umbral se encuentra Rome de pie. Cuando me ve, esboza una sonrisa sin separar los labios y yo frunzo el ceño porque él luce totalmente distinto. Vestido para la ocasión, él usa un esmoquin hecho a medida, sus rizos van peinados hacia atrás despejando su rostro por completo. Él luce impecable. Me percato del detalle en el pequeño bolsillo del saco del esmoquin. El pañuelo de seda es del mismo color que mi vestido.
—Buenas noches. —me saluda y hace una reverencia chistosa que me causa gracia.
—Hola. —me acerco a él. Estoy pensando en besarlo en la mejilla porque estamos rodeados de personas pero él da vuelta el rostro, juntando nuestros labios.
—Permíteme decirte que luces hermosa esta noche —me halaga y yo alzo una ceja—. Es decir, eres hermosa todos los días pero hoy te ves...
—¿Rome?
—¿Qué?
—Cállate. —le digo con una sonrisa en los labios y él se ríe.
—Vamos, quiero presentarte a mis padres.
La sonrisa se borra de mis labios. Él intenta tomarme de la mano pero yo la aparto, Rome me lanza una mirada confundida.
—¿Qué pasa?
—¿No podemos esperar un poco? —el temor es evidente en mi tono de voz— No quiero hacerlo aún.
Normalmente, Rome comenzaría a bromear por mi última frase pero esta vez no lo hace porque sabe que estoy realmente nerviosa. Me da miedo conocer a los padres de un chico y más cuando son del estatus social como lo son los de Rome. Tal vez, él se imagina que Lola ha pasado por esto más de alguna vez pero, la verdad es que yo nunca he conocido a los padres de un chico. Es más, nunca he tenido un novio. Sí, he salido con algunos pero no han sido lo suficientemente importantes como para presentárselos a mi madre.
Mi último pensamiento me horroriza. ¿Lola es tan importante para Rome como para que él quiera que sus padres la conozcan? Al parecer sí lo es porque no invitas a cualquier chica al cumpleaños de tu padre.
—Lola, por favor —él se inclina un poco para estar a mi altura. Lo miro atenta—. Esta es una fecha importante para mi padre y aunque no estemos muy contentos de estar aquí, quiero que ellos te conozcan. Nos estamos dando una oportunidad, ¿no?
—¿Por qué? —cuestiono en voz baja. Él frunce el ceño sin entender mi pregunta— ¿Por qué insistes tanto?
—Porque eres especial para mí y quiero que sepas que lo eres de esta manera. —me aclara. Su mirada es sincera— Nunca antes le he presentado a una chica a mis padres y realmente quiero que los conozcas para que ellos se den cuenta que yo estoy yendo en serio contigo. Mira, hagamos esto: vamos adentro, conoces a mis padres, nos quedamos un rato y después nos vamos a mi departamento y hacemos cualquier cosa que quieras, ¿está bien?
El estómago me duele por los nervios pero yo termino cediendo porque, sencillamente, no puedo resistirme a esa expresión de Rome.
Él me toma de la mano y me guía dentro de la gran casa. Estoy tan nerviosa que apenas pongo ojo en los detalles. Hay muchas personas vestidas para la ocasión en distintos lugares, bebiendo champagne en vasos caros, riendo y conversando. Hay parlantes en lugares estratégicos del lugar, de ellos escapa una suave melodía. Nos adentramos al gran salón y cuando estamos en el centro, Rome extiende su brazo y señala a una pareja rodeada de personas.
—Allí están mis padres. —dice y me regala una sonrisa nerviosa. Intento sonreír pero no lo consigo— Ellos tienen muchas ganas de conocerte.
No alcanzo a decir nada porque él hala de mi mano con suavidad y me conduce. Tengo que trotar para poder llevar el ritmo de Rome y conforme nos vamos acercando, el corazón me late con más fuerza. Su madre es la primera en vernos y le susurra algo a su esposo y ambos fijan la mirada en nosotros. El chico a mi lado le da un pequeño apretón a mi mano antes de que nos detengamos junto a sus padres. Rome se disculpa con los presentes, excusándose con que debe hablar algo importante con sus padres y de inmediato, los invitados desaparecen dejándonos totalmente expuestos frente a los ojos de los Finnegan.
La madre de Rome es joven y muy elegante. Su cabello n***o va recogido en un moño alto, aretes de diamante adornan sus orejas y un maquillaje suave combina a la perfección con el vestido beige que está usando. Por otro lado, su padre es muy alto, mucho más que Rome. Mirada verde igual que su hijo pero sus ojos son un poco más fríos, leves arrugas se dibujan en las esquinas de sus ojos. Está vestido de forma impecable. Él y su esposa lucen como si hubieran nacido para estar juntos. Se complementan a la perfección.
Ambos adultos miran a su hijo y luego descienden la mirada hasta llegar a mí. No son miradas feas pero es casi como si me estuvieran estudiando, como si tuvieran una computadora dentro de sus cabezas y con sólo enfocar la mirada en mí, absolutamente toda la información queda expuesta frente a sus ojos. Trago saliva, sintiéndome incómoda. Rome ha dicho que ellos tenían muchas ganas de conocerme... más sus expresiones demuestran lo contrario.
—Mamá, papá, ella es Lola. La chica de la cual les hablé. —Rome me presenta y yo siento su mano en mi espalda baja dándome un suave y pequeño empujón— Ellos son Jack y Melissa Finnegan, mis padres.
Aprieto la mano de ambos en un silencioso saludo. Bajo sus miradas, yo me siento totalmente expuesta y pequeña. Tengo unas increíbles ganas de salir huyendo. Relamo mis labios con la punta de mi lengua, tratando de respirar con normalidad. Por el rabillo del ojo, veo que la mirada verdosa de Rome está sobre mí igual a la de sus padres. Oh, diablos, ellos quieren que yo diga algo pero, no confío en mi propia voz en este preciso momento.
No obstante, carraspeo y digo:
—Es un gusto conocerlos, señor y señora Finnegan.
Melissa sonríe. Al parecer, estaba esperando escuchar mi voz para cambiar la mueca seria de su rostro.
—El gusto es nuestro, querida. Rome nos ha hablado mucho de ti. —informa y yo sonrío, incómoda— ¿La estás pasando bien?
—De hecho, acabamos de llegar —Rome se me adelanta y yo asiento. Un chico vestido de uniforme se nos acerca con una bandeja llena con copas de champagne y Rome toma dos, entregándome una. Me bebo el líquido de un solo trago y antes de que el chico se vaya, dejo la copa vacía sobre la bandeja y tomo otra. Miro al frente encontrándome con la mirada de los Finnegan puesta en mí.
—Lo siento...
Los siguientes minutos fueron los más largos de mi vida. Los padres de Rome comenzaron a hacerme un montón de preguntas y yo tuve que acordarme de toda la mierda falsa que le he dicho a Rome para no estropear todo esto. Rome intervenía de vez en cuando pero sus padres no lo dejaban responder por mí. Con cada pregunta que me hacían, yo sentía los nervios apoderándose de mi cuerpo hasta el punto en que toda el área de mis hombros comenzó a doler por la tensión. Como este interrogatorio no se terminara pronto, yo terminaría lanzando toda la verdad frente a todos porque cada vez que me hacían una pregunta, yo sentía que ellos me habían descubierto desde el minuto uno en que llegué a su lado y sólo querían saber hasta dónde era capaz de llegar con mis mentiras.
Pero, Rome fue mi salvador. Él rodeó mi cintura con su brazo y se paró derecho a mi lado.
—Muy bien, ya basta de preguntas —le dice a sus padres con amabilidad—. Si me disculpan, quiero disfrutar de mi cita esta noche.
—Fue un gusto conocerlos. —me despido con un apretón de manos y me contengo para no salir corriendo.
Cuando estamos a varios metros de distancia, Rome se inclina cerca de mi oído y dice con voz burlona:
—Ya puedes respirar otra vez, Lola.
Suelto el aire que he estado conteniendo, mis pulmones queman por el esfuerzo y nunca antes me había sentido tan feliz como en este momento de volver a respirar.
—No te burles —lo codeo con rudeza— porque habrías actuado igual que yo si hubieras estado en mi lugar.
Él sonríe sin separar los labios pero aun así los hoyuelos aparecen.
—No lo creo. Tus padres me hubieran amado por mi carisma y simpatía.
Ruedo los ojos —Sigue soñando.
Él toma dos copas de champagne de las bandejas de uno de los meseros y me entrega una.
—Nunca me has hablado de tus padres —dice luego de darle un trago al líquido espumoso, sus ojos jamás se apartan de mi rostro—. ¿Los ves muy a menudo?
Bebo para ganar un poco más de tiempo. Nunca le he hablado a Rome acerca de mi familia y no lo he hecho porque puede deducir cosas que nos unan de alguna forma a Logan y a mí. No lo he hecho porque no he querido. Es decir, no quiero revelarle ese tipo de detalles a él porque no quiero que se involucre tanto en mi vida. Pero, no importa cuánto me esfuerce en mantener esto como una relación superficial porque Rome se empeña en voltear mis planes y hacer todo a su pinta.
Sin embargo, decido responderle con sinceridad.
—De hecho, mis padres se separaron cuando yo era pequeña. No recuerdo mucho acerca de él.
—Entonces viviste solo con tu madre, ¿no? —asiento y él también lo hace— ¿La ves a menudo?
—De hecho, sí.
—¿Tienes hermanos?
—Uno.
—¿Mayor o menor que tú?
—Mayor. ¿Qué hay de ti?, ¿tienes hermanos?
Rome niega antes de llevarse la copa a los labios y tragar un poco de alcohol. He visto a Rome en fiestas y puedo decir con seguridad que él se está controlando en este momento. Es el tipo de chico que pierde el control cuando una gota de alcohol toca sus labios y no se detiene hasta quedar inconsciente. Seguramente, está tratando de controlarse porque sus padres están presentes y no quiere darle de qué hablar a las amistades de su familia.
—No, soy hijo único. Debo decir que tienes sus beneficios pero, cuando iba en la primaria me moría de ganas por tener un hermano con quién jugar. Todos mis compañeros tenían hermanos y era envidiable oír las historias que contaban en clases. Yo pasé una infancia solitaria. Pero, conseguía todo lo que quería con solo decirlo.
Rome suelta una pequeña risa que al final se tiñe de melancolía. Me imagino a un pequeño Rome en la escuela escuchando las historias de sus compañeros con la tristeza plasmada en su rostro y eso me causa un malestar en el pecho.
—Pues, si te hace sentir mejor, yo siempre peleaba con mi hermano porque me rompía mis juguetes. Al final, terminábamos llorando los dos porque mamá nos castigaba. A él por romper mis juguetes y a mí por golpearlo.
—Naciste siendo una fiera, grr.
—No seas idiota —río, negando con la cabeza suavemente.
Él me toma del antebrazo y me hala hasta llegar a su lado y entonces me abraza con cuidado, apoyando el mentón en mi hombro. Sin querer manchar su ropa costosa con el líquido que aún queda en mi copa, lo abrazo con cuidado. Cuando deja un beso corto en mi hombro yo me estremezco.
—¿Por qué no te conocí antes? —susurra, acariciando mi falso cabello.
Frunzo el ceño —¿A qué te refieres exactamente?
Rome Finnegan me ignora y se aparta de mí un poco para acunar mis mejillas con sus manos. Deja un beso corto en mis labios.
—Me encanta estar contigo. Eres divertida y me hacer reír. Conocerte fue lo mejor y nunca me voy a arrepentir de ello.
—¿Qué está pasando?, ¿por qué me dices todo eso?
Otra vez me ignora y toma mi mano para arrastrarme entre las personas. Le pregunto adónde vamos pero no me responde hasta que llegamos a la segunda planta y nos detenemos frente a una alta puerta. A diferencia del primer piso, la parte superior está vacía. El corredor está cubierto por una alfombra roja, las paredes altas pintadas de blanco sostienen cuadros familiares. Hay varias puertas a lo largo del pasillo pero siento curiosidad por descubrir que hay detrás de esta, dónde estamos de pie.
—¿Qué estamos haciendo aquí?
Rome abre la puerta y trata de empujarme suavemente por la espalda pero adhiero mis pies contra el suelo.
—Solo entra y verás.
No soy muy fanática de la oscuridad pero ingreso de todas maneras sabiendo que el rizado está atrás de mí en todo momento. Él cierra la puerta y segundos después enciende la luz. Frente a mis ojos se encuentra una habitación, una cama king size está justo en el centro acompañada de dos veladores. Miro hacia el lado y veo un televisor de pantalla plana colgando de la pared, un ropero, un escritorio con una computadora de última generación y libros sobre él. En el área izquierda hay una puerta que, supongo yo, es el baño y en el área derecha un gran ventanal que dejan ver los grandes edificios a la distancia.
—Bienvenida a mi habitación.
Le lanzo una mirada en reproche a Rome.
—Ni pienses que vamos a tener sexo con tus padres aquí, Rome.
Él ríe —¿Qué dices? No te traje aquí para tener sexo, Lola. ¿Es eso lo que piensas de mí?
—¿Por qué más ibas a traerme aquí?
—Sólo quería que estuviéramos un rato a solas y poder conversar, nada más.
Estrecho los ojos en su dirección, desconfiada. Con Rome siempre tienes que estar alerta porque en menos de lo que puedes darte cuenta, él cambia las cosas a su beneficio y no te das cuenta.
Cruzo los brazos sobre mi pecho y me acerco a la ventana. Entonces, Rome apaga la luz y todo queda envuelto en penumbras otra vez y puedo admirar con mayor facilidad la vista que su cuarto me otorga. Él se acerca con cautela pero se detiene a escasos centímetros de distancia, puedo sentir su calor corporal acariciándome la espalda. Su respiración causando estragos en mi piel. Posa sus manos en mi cintura y envuelve mi torso con sus brazos, su mentón descansa en mi hombro.
—¿Te he dicho lo increíble que la paso cuando estoy contigo?
Estamos solos, sí, pero que él me esté diciendo eso en este momento me hace sentir como si estuviéramos compartiendo un momento muy íntimo. El ruido de la música no llega hasta aquí así que lo único que puedo escuchar es la respiración pausada de Rome y el latir desenfrenado de mi corazón.
Recargo mi espalda en su pecho y él deja un casto beso en mi cuello antes de fijar la mirada al frente.
No sé cuánto tiempo pasamos de pie frente a la ventana pero, es él el encargado de romper el silencio y, sinceramente, jamás pensé que iba a escuchar aquellas palabras brotando de sus labios.
—Creo que me estoy enamorando de ti.