Narra Luciana Llegada a Marruecos Nunca había sentido el tiempo de esa manera. Doce horas dentro de un avión pueden ser eternas… o desaparecer sin que te des cuenta. Para mí fueron ambas cosas al mismo tiempo. Hubo momentos en los que miraba el reloj y sentía que el mundo se había detenido, como si el destino estuviera demasiado lejos… inalcanzable. Y otros en los que me sorprendía pensando que cada segundo que pasaba me alejaba más de todo lo que conocía… y me acercaba a algo que no lograba nombrar. Algo que, en el fondo, sabía que iba a cambiarlo todo. Dormí poco. Pensé demasiado. Y en algún punto, entre el murmullo constante del avión y la oscuridad infinita del cielo, lo entendí. Ya no había vuelta atrás. Cuando finalmente aterrizamos en el Aeropuerto de Menara, en Marrakec

