CAPÍTULO TRECE Adele dobló por la última calle, con los brazos caídos a los costados y la frente arrugada sobre unos ojos apagados. Si la orden de búsqueda no daba resultados pronto, él podría irse de París. Podría matar y escapar. Dobló la esquina, mirando hacia el lado de la calle donde había estacionado el coche que le habían prestado. Allí, sentada sobre el capó del Nissan, esperaba la forma larguirucha de John, con los brazos cruzados y una expresión de impaciencia en el rostro. Extendió la mano y se ajustó el cuello de su camisa sobre la marca de la quemadura que se extendía por su garganta y su cuello. Murmuró algunas palabras escogidas, que Adele no pudo oír. John se pasó una mano por el cabello, empujándolo hacia atrás y ajustando los mechones sueltos detrás de las orejas. La D

