CAPÍTULO QUINCE Adele podía sentir que el agotamiento de los últimos días le estaba pasando factura. La idea de su carrera matutina a la mañana siguiente la llenaba de pavor, pero no se había saltado una en años y no estaba dispuesta a empezar en París. Aun así, mientras John conducía su todoterreno salvajemente por las calles nocturnas, lanzándose bajo las farolas vibrantes que se alineaban en las aceras, ella no pudo evitar sentir los últimos vestigios de su energía gastada en una emoción inquietantemente similar al nerviosismo. —Pensé que íbamos a tomar una copa —murmuró desde el asiento del pasajero. Su mejilla estaba presionada contra la ventana fría y su cabello le cubría un lado de la cara. Ella miraba por el parabrisas delantero, con sus ojos siguiendo los edificios delante de el

