CAPÍTULO DIECISÉIS La brisa fresca se introducía en la noche con suaves remolinos, rozando las hojas y deslizándose a lo largo de los edificios por la estrecha calle. Enes se abrió paso, tropezando un poco con el bordillo de piedra. En la distancia, vio un coche de la policía que pasaba con las luces encendidas. El hombre infló las mejillas, respirando tranquilo y aliviado. —Estúpido Peter —murmuró. Se alegró de haber rechazado el viaje de su compañero de cuarto: cinco copas y todavía se ponía al volante. Aun así, las decisiones prudentes hacían poco para evitar los golpes de aire y el joven deseó haber traído una chaqueta. Había dejado su paraguas en el coche de Peter, pero, afortunadamente, la lluvia parecía haberse detenido, al menos durante una hora. Se estremeció, frotándose los br

