Las horas pasaron y los padres llegaron por sus hijos a la fundación; todos, salvo una, Hilda era la que quedaba de último en las ocasiones que visitaba el lugar.
—Hilda siempre es la última que vienen a buscar, y otras veces, nosotros la llevamos —dijo una de las profesoras.
—Entiendo —dijo Ms. Hebe Harden. No entendía cómo podían ser tan descuidados con un magnífico tesoro, como lo era Hilda. Suspiró, y ella anhelando poder tener un bebé. Estas situaciones eran las ironías de la vida—. Ven, Hilda. Yo te llevaré.
Ms. Hebe caminó agarrada de la mano con la niña y subieron al auto. Ya lo había hecho en otras oportunidades y supuso que sería ocasional. Pero ya era un caso de mucha frecuencia. Se enojó y apretó los dientes. No quería ser mala, pero las personas siempre se esmeraban en despertar su lado más cruel y primitivo.
—¿Cómo te sientes en tu casa? —preguntó Ms. Hebe a la niña—. ¿Te gusta estar allí? ¿Cómo te tratan tus padres?
—Mi papá ya no está. Solo quedamos mi mamá y yo. Pero me gusta estar más contigo y allá —dijo Hilda, refiriéndose a la fundación.
—Entiendo, que niña tan buena y bonita. —Se bajó del coche y la llevó hasta la entrada. Debía conocer a la madre, para saber qué tipo de persona era. Tocó a la puerta y varios minutos pasaron, hasta que le abrieron—. Buenas tardes, señora.
Ms. Hebe detalló a la desatenta mujer; tenía el cabello despeinado, ojeras en la cara y se notaba desarreglada. Aunque, era una muchacha todavía.
—Es de la fundación. Pasa Hilda, me quedé dormida y no pude ir a buscarte, pero ustedes siempre la traen, por lo que no veo la necesidad de ir a buscarla —dijo la madre. Bostezó y Ms. Hebe apartó con disimulo el rostro, debido al hedor que emanaba de la boca; había estado bebiendo.
—Se les recomienda a los padres de familias ir por sus hijos a la fundación.
—Vale. Pero si la traen no hay inconveniente —insistió la muchacha. Miró a su hija, que no se soltaba de la mano de aquella mujer que olía a perfume caro y su ropa brillaba de lo limpia y hasta se podía percibir en el aire la fragancia de que era nueva, como recién sacada de la tienda—. Entra, Hilda.
Ms. Hebe vio de reojo la sala de la casa. Estaba desordenada y con algunas botellas de cerveza tiradas el piso. Endureció las facciones de su bello rostro y con resolución tuvo una idea, para ayudar que Hilda tuviera un mejor ambiente en el hogar.
—Sabe usted, Hilda es una de las niñas más inteligentes y aplicadas. Ya está por comenzar el calendario académico. ¿Ya la ha inscrito en el siguiente grado? —dijo Ms. Hebe, conteniendo el fuerte tono de su voz.
—No, todavía no. Lo haré después —dijo la mujer—. Entra, Hilda.
—Me gustaría hacerle una propuesta de la que usted salir beneficiada —dijo Ms, Hebe, con sagacidad—. En la fundación apoyamos el talento de los niños. Hilda es la mejor, por lo que hemos decidido ayudarla, para su correcto y óptimo desarrollo académico y físico. Enviaremos una ama de llaves y una tutora particular a Hilda, para que estudie.
—¿Particular? No tengo dinero para eso.
—Por el contrario, señora. Nosotros le pagaremos a usted, solo por si permite que ellas se encarguen de Hilda.
—¿Y cuánto van darme? —preguntó la mujer, más interesada en el dinero, que por su hija.
—Tres mil dólares, quincenales.
Hebe había analizado a la mujer, y el tipo de persona que había resultado ser, era el que más aborrecía en el mundo; interesadas y oportunistas. Se acomodó en el asiento de su auto.
—¿Qué ocurrido, mi señora? —preguntó Lauren.
—Contrata a una ama de llaves, para que se encargue del aseo de la casa y una tutora que se ocupe de la presentación personal y de darle clase a Hilda —dijo Ms. Hebe, con su expresión inflexible—. Deben ser de confianza y que mantengan vigilada a la madre y al padre, por si aparece.
Ms. Hebe tenía un único anhelo y era el de ser madre. Sin embargo, deseaba experimentar todo lo que un embarazo significaba y que su descendencia saliera de ella misma. Pero estaba abierta a adoptar a Hilda, porque esa niña tan linda era muy parecida a ella, tanto en físico, como en el carácter durante la niñez. Era posible que, en el futuro, Hilda se volviera su hija. Solo habría que esperar cómo se desarrollaban las cosas con la madre.
—Como usted orden, Ms. Harden —dijo Leonora, con pasividad. Era claro el favoritismo de su señora por esa niña. Después de todo, quería ser madre.
Ms. Harden le dio una última mirada a la casa, en la que Hilda había salido a despedirse de ella. Bajó el vidrio de la puerta y alzó su mano diestra, para corresponderle el saludo. Ella lo deseaba, y otras no lo valoraban. En verdad la vida es muy irónica. Cuanto daría por tener una hija como Hila.
Los días pasaron sin ninguna novedad en sus negocios. Era sábado por la tarde. Ms. Hebe Harden estaba sentada en una almohadilla del gimnasio que frecuentaba. Podría parecer que era indiferente a todas las cosas, pero había prioridades, y algo se encontraba por encima de su empresa en ese preciso momento. Realizaba estiramientos y comía sano desde siempre, pero lo había dejado a un lado desde que había tenido más trabajo. Sin embargo, desde que la idea de tener un hijo vino a ella, se dedicó a darle más tiempo a la actividad física, para preparar su cuerpo, para estar mejor preparada a todos los cambios que iba a tener si quedaba embarazada. Aunque claro, para ello, lo primero que tenía que hacer era, pues, de manera obvia, quedar en estado de embarazo; lo cual significaba encontrar al candidato ideal, y hasta la fecha, no había indicios de que lo iba a encontrar. Hacía yoga. Respiraba largo por la nariz y exhalaba por la boca. Luego hizo elongaciones con sus piernas y brazos. Era flexible y podía estirar en su totalidad sus extremidades inferiores. Empezó a levantar mancuernas en sus brazos de manera alternada. Subió a la bicicleta estática y empezó girar los pedales. Estuvo una hora encima de la máquina. El sudor le bañaba su frente, mojaba su dorado cabello y humedecía su cuerpo. Sacó la botella de agua y bebió de manera prolongada hasta saciar su sed. Agarró una toalla y se limpió su tersa piel blanca. Se estaba preparando y se mantenía en forma, pero, ¿para qué? Los días se hacían más largos en su búsqueda por encontrar a un padre para sus hijos. Guardaba la esperanza de hallarlo, pero sus ilusiones poco a poco se iban a pagando, como una vela cuyo fuego, ya la estaba consumiendo por completo. El semblante en su divino rostro era rígido y vacío; no expresaba nada. Daba la sensación como de estar mirando algo lejos. Se puso un abrigo, recogió su mochila de entrenar y se dirigió a su auto. Sin mencionar que, cada vez se hacía más frecuente encontrarse con una familia con niños pequeños. Nunca había envidiado a nada ni a nadie, pero por primera vez estaba celosa de ellos, por poder tener lo que ella no podía alcanzar. Al llegar a su majestuosa mansión, se duchó y se puso ropa cómoda; un pijama de dos piezas de color morado, junto con una bata. Reposó las gafas de protección en sus orejas y su nariz. Fue a la nevera, donde sacó una bandeja de uvas y llenó un vaso de jugo de naranja. Llegó al balcón, donde se acomodó en el sillón. Abrió el libro que había estado leyendo. Retiró el separador y continuo su lectura. Se llevaba cada cierto tiempo una de las pequeñas frutas a la boca, para después beber un trago de la bebida cítrica. Sus cincelados labios se tornaron de un color más rojizo, debido a la temperatura gélida del dulce y ácido líquido. Avanzó gran parte de la novela, hasta que había pasado cuna hora. Se quedó mirando el resplandeciente panorama de la ciudad al anochecer. Había tranquilidad, silencio y una brisa fresca le acariciaba su inmaculado cuerpo. Quizás debía practicar algún deporte, como el golf. Aunque golpear una pelota, para meterla un hueco no le hacía ninguna gracia. Tal vez tenis, esa idea sonaba mucho mejor. Divagó en cuál debía empezar, hasta que descartó todos y solo se quedó con el tenis. Se fue a su cuarto, apagó las luces y se acostó en su cama. Siempre era la misma rutina. Pero en los últimos días no podía dormir de manera satisfactoria. Daba vueltas, se colocaba mirando hacia la izquierda, después hacia la derecha, luego boca arriba, boca abajo. Perdía la noción del tiempo, hasta que podía descansar en la afable virtud del sueño.
Era lunes por la tarde. Ms. Hebe Harden había atendido los compromisos de su día. Estaba sentada en la silla de escritorio de su oficina. Revisaba los perfiles de más candidatos, y entonces, moldeó un gesto de amargura y desagrado. Apretó la tableta tecnológica con sus manos y tensó la mandíbula. Era una causa perdida, tal vez debía resignarse a la idea de concebir un hijo propio. El consuelo que le quedaba era poder adoptar a Hilda. Quizás su destino no era tener descendencia de sangre, por haber discutido con sus padres. Era su karma, su castigo divino, no poder procrear su linaje. Podría dedicarse a otras cosas, en vez de estar buscado a un hombre con el cual tener relaciones. Eso era bastante desagradable. Presionó un botón y apagó el artefacto. Se retiró las gafas de su bello rostro. Ya no buscaría a nadie. Había agotado su poca paciencia en una causa perdida. En primer lugar, nunca debió realizar una idea tan absurda y ridícula, como la que estaba haciendo. Era lamentable y vergonzoso todos sus actos por encontrar a un padre para su hijo. Siseó con labios. Abandonó todas sus ganas de seguir con la penosa tarea de dar con un prospecto perfecto para que la embarazara. En ese momento recibió la llamada por teléfono de su secretaria. El sonido se le hacía más molesto que de costumbre y empeoró, todavía más, su mal humor.
—¿Qué sucede? —preguntó Ms. Hebe de forma seca y cortante.
—Ha llegado un correo con una propuesta de negocios, mi señora —dijo Leonora, notando el enojo de su jefa. Pero lo que tenía por contarle, quizás era lo único que podría cambiarle su estado de ánimo.
—Recházalo —dijo Ms. Hebe, sin pensarlo dos veces. En su momento actual, declinaría hasta una cita con presidentes, jeques y emires árabes.
—Pero, Ms. Harden. Esto… —dijo Leonora, sabiendo que era de sima relevancia para su señora.
—¿No escuchaste lo que dije? —comentó Ms. Harden, airada e imperativa, interrumpiendo a su secretaria. Su mal carácter había llegado a un punto máximo, donde estaba agitada y alterada. Sus mejillas se ruborizaron por su cólera. No le gustaba cuando la desobedecían—. Recházalo. No quiero saber nada de ninguna propuesta de negocios. —Estuvo a punto de colgar la llamada, para terminar con este asunto que ya le había dañado el día, la semana y el mes.
—Heinrich Drexler —dijo Leonora, con convicción. al saber que Ms. Harden no escucharía más palabras.
Leonora se mantuvo firme en su decisión de contarle a su jefa el nombre de quien había enviado la propuesta de negocios. Si así podía ayudarla a que encontrara a quien tanto había estado buscando.