MANUELA —¿Es pecado golpear a tu propia madre? —pregunto inocentemente a David, quién se atraganta con su café. —No... —Aclara su garganta—: No lo sé. Yo creo que sí, aunque teniendo en cuenta nuestra situación podríamos salvarnos de una condena. Ambos reímos sobre nuestras tazas de café mientras seguimos escuchando a ambos madres parlotear sobre lo "maravillosa" que sería la vida de casados de David y mía. Desde que llegamos a la cena, Esperanza y mi madre nos han bombardeado con preguntas y preguntas. A los cinco minutos de ver que no respondíamos a ninguna de ellas, se dieron por vencidas con nosotros y ahora planean nuestra vida ellas mismas. Justo en este momento están hablando sobre una "preciosa" casa de cinco habitaciones en un carísimo conjunto cerrado en la parte alta sur de

