Llantos. Alguien está llorando. Estoy en una habitación grande y vacía. Figuras sombrías se mueven a mi alrededor, pero ninguna de las formas tiene la nitidez suficiente para ser reconocible. Estoy sola, pero no del todo. Invisible, tal vez. Mis dedos se aprietan alrededor del elefante de peluche que tengo en las manos, agarrándolo por sus grandes orejas. El pelaje del animal está sucio y le falta un ojo, pero me aferro a él como si fuera valioso. Lo es. Para mí. Para él. Él querrá que se lo devuelva. El llanto se vuelve más fuerte, tanto que hace que se me erice la piel y se me acelere el corazón. Miro a mi alrededor, a las figuras sombrías y sin forma, preguntándome por qué ninguna de ellas hace nada. Ellos son los que pueden. Ellos son los que tienen el poder de arreglar esto.

