Cierro los ojos para bloquear la luz que se filtra alrededor de las persianas y me paso la mano por la cara.
Joder.
Tanto tiempo después del tiroteo, mis sueños deberían estar mejorando, no empeorando.
Los recuerdos deberían desvanecerse, no volverse más crudos y afilados.
Fui a terapia unas cuantas sesiones mientras estaba en la parte más dura de la recuperación, intentando reconstruir mi sentido del yo con toda una parte de mi cuerpo desaparecida. Pero no podía permitírmelo seguir viéndola y, la verdad, no quería. Me hacía preguntas que me incomodaban, hurgaba en partes de mi alma que no estaba lista para que nadie tocara. Me obligaba a admitir sentimientos que no quería tener, así que cuando el dinero se apretó, usé eso como excusa fácil para dejar de ir.
Tal vez fue un error estúpido.
Porque no tengo ni puta idea de cómo procesar esto.
No es la primera vez que sueño que oigo lo que Cole me murmuró esa noche, imaginando que podía distinguir las palabras que dijo.
Pero es la primera vez que son esas palabras.
Nunca te dejaré ir.
¿Es posible que eso fuera lo que realmente me dijo la noche que me dispararon? ¿O es mi mente la que rellena los huecos, inventando mierda basada en el giro de locos que ha dado mi vida?
Me dejo caer de nuevo sobre el colchón y dejo que los ojos se me cierren unos minutos más. Es demasiado temprano para estar despierta, considerando que eran casi las cuatro de la mañana cuando por fin me dormí.
Pero tampoco tengo muchas ganas de volver a dormir y revivir ese sueño otra vez. Y de todos modos tengo que levantarme pronto. Tengo un trabajo temporal hoy: algo en una oficina del centro.
Descanso unos minutos más antes de arrastrar mi culo cansado fuera de la cama para ducharme. Cuando salgo del baño sintiéndome un poco más humana, me pongo unos vaqueros decentes y una camiseta de tirantes. Luego me pongo una manga fina sobre la parte inferior de mi brazo amputado.
Hago una mueca mirando mi prótesis que descansa en la cómoda, luego la agarro y meto el brazo en el encaje antes de pasar las correas por los hombros.
No es difícil darse cuenta de que es una mano falsa si la miras más de un segundo, pero al menos así tendré que lidiar con menos preguntas hoy.
Me pongo mi única americana decente y me echo un poco de máscara en las pestañas. Dejo el pelo suelto. En realidad, he aprendido a hacerme una coleta con una sola mano bastante bien, pero siempre queda un poco desordenada.
Decidiendo no gastar dinero en otro taxi, tomo el autobús al centro y entro en la oficina para fichar en recepción.
El trabajo resulta ser fácil y aburrido de verdad. Paso todo el día clasificando cajas de archivos viejos en una agencia de publicidad, metida en un pequeño cubículo de esquina que probablemente ya nadie usa.
Hay otra temporal asignada a la misma tarea. Después de que intente entablar conversación y la corte por tercera vez, se rinde y las dos trabajamos en silencio.
Eres solo una amargada, una solitaria patética.
Las palabras venenosas de Emma vuelven a rodar por mi mente y me muerdo el labio inferior.
Me he vuelto jodidamente buena cerrándole la puerta al mundo. Tal vez sería mejor si hablara con esta chica. Tal vez ayudaría a que el tiempo pasara más rápido y tal vez, solo tal vez tendríamos cosas en común. Tal vez nos gustaran los mismos libros, películas o música.
Pero ¿y luego qué?
¿Le cuento lo del padre de acogida que me quitó la virginidad cuando tenía quince años? ¿Lo del año de espiral descendente en que caí después? ¿La desesperada necesidad de acabar con el dolor y la confusión, el hambre constante de algo de seguridad?
¿O tal vez cómo me dispararon fuera de una discoteca hace dos años y medio y ahora el hombre cuya vida salvé me está acosando con la ayuda de sus dos amigos?
Sí. Claro que se lo contaré todo.
Y luego la veré salir corriendo despavorida.
O peor, ver cómo su expresión se transforma en horror e incomodidad.
Cuando la gente no sabe nada de mí, no puede juzgarme. No me etiquetan ni me miran con asco o lástima.
Si no les cuento la mierda horrible de mi pasado, ellos mismos rellenan los huecos y, considerando que la mayoría, aunque no todas de mis cicatrices están por dentro, la mayoría asume que he tenido una vida bastante normal. Una vida más parecida a la suya.
Y eso es simplemente más fácil. Para todos.
Después de comer, hago un trato conmigo misma: saco el móvil y pongo música en los pequeños altavoces. Llena el silencio sin que tengamos que hablar. Y tal vez sí nos guste el mismo tipo de música, porque veo a la chica mover la cabeza al ritmo.
Registro mis horas al final del día para que la agencia de temporales me pague y le doy un gesto al de recepción mientras salgo del edificio.
El cerebro me da vueltas de tanto mirar papeles todo el día y estoy cansada por falta de sueño. Esta noche no trabajo en el Tomy’s, así que tal vez vea algo tonto en el portátil y me duerma mientras lo miro.
Cuando el autobús me deja cerca de mi apartamento, no puedo evitar que mi mirada recorra la calle buscando cualquier señal de que alguien me observa. No veo a nadie y mi piel no se eriza como suele hacerlo cuando estoy segura de que hay ojos sobre mí.
Bien. Tal vez Cole y sus amigos se hayan tomado un puto día libre.
Mantengo la cabeza alta y el cuerpo alerta mientras camino las pocas manzanas hasta mi edificio. Este barrio no es el peor, pero tampoco es de los que te permite andar con pinta de presa fácil.
Al acercarme al edificio, saco la llave del bolsillo. Abro la puerta rápidamente con una sola mano, con la práctica de siempre, y subo las escaleras hasta mi apartamento.
Dentro, lanzo las llaves sobre la mesita de centro como siempre y me quito la americana que me puse por la mañana, quedándome solo con la camiseta de tirantes. También me quito la prótesis, me saco la manga protectora del brazo y suelto un suspiro de alivio. Estoy a punto de hundirme en el sofá cuando algo me llama la atención.
¿Qué coño…?
Un adhesivo metálico desgastado está en la mesita de centro, justo al lado de donde cayeron mis llaves.
Frunzo el ceño y el corazón se me acelera mientras me inclino y lo recojo.
Es latón barato, endeble y un poco abollado.
3B.
Es el adhesivo del apartamento 3B, un piso por encima del mío. El apartamento donde vive Emma.
¿Qué coño hace aquí en mi mesita?
El estómago se me retuerce, una oleada de pavor desconocido me invade. No sé qué significa esto ni cómo ha llegado aquí, pero verlo hace que mi pulso se dispare.
Vuelvo a meterme las llaves en el bolsillo, agarro el adhesivo metálico y corro hacia la puerta. Subo las escaleras al tercer piso rápidamente y camino por el pasillo hacia el apartamento de Emma.
El sitio donde estaba el adhesivo es evidente a gritos. La madera está más clara, la pintura oscura formando exactamente el contorno donde estaban la letra y el número.
La puerta está entreabierta, colgando unos centímetros abierta.
Todo mi cuerpo se inunda de adrenalina y empujo la puerta más, todavía apretando el adhesivo en la mano. ¿Qué coño?
La cerradura está rota. Parece que la forzaron, lo que explica por qué la puerta ni siquiera se queda cerrada ahora.
Y el apartamento está vacío.
Completamente desalojado.
Trago saliva, los bordes del metal duro se clavan en mi palma mientras mi mano se cierra inconscientemente. —¿Emma?
No hay respuesta. No está aquí.
Se ha ido, igual que todas sus cosas. Y sé, sin tener que adivinarlo ni pensarlo dos veces, quién es el responsable de esto.
Cole.