—Darren, coge su chaqueta. Todavía estoy mareada, con la sangre zumbando en los oídos por nuestro beso, mientras Cole inclina la cabeza hacia su amigo. Darren agarra mi chaqueta abandonada del suelo y me la entrega, su mirada deteniéndose en la mía mientras la acepto. Un escalofrío me recorre la espalda ante la extraña mezcla de emociones que parece obstruir el aire en el pequeño callejón, haciendo imposible tomar una respiración completa. —Vamos. Te llevamos a casa. —Cole se dirige hacia la boca del callejón, y yo lo sigo, consciente de los otros dos hombres detrás de mí. Caminamos media manzana hasta el auto de Cole, que parece tan caro como el de Darren, aunque no tengo ni idea de qué modelo es ninguno de los dos. Cole me abre la puerta, un gesto extrañamente caballeroso para un hom

