En problemas

1069 Palabras
+CLARA+ + Mis manos no dejaban de temblar mientras intentaba acomodarme el vestido sobre los hombros. La seda, que antes me parecía un sueño, ahora se sentía como una piel extraña, una que no me pertenecía y que estaba manchada por la urgencia de un hombre que no me amaba. Viktor se apartó del escritorio con una lentitud depredadora, abotonándose la camisa con una calma que me resultaba insultante. Me observó un segundo, sus ojos como fragmentos de vidrio frío recorriendo mi desorden. —Se han ido —soltó, su voz recuperando ese tono de mando que usaba para dar órdenes de ejecución—. Vamos a la habitación. Ya cumpliste por hoy. Me giré hacia él, apretando los dientes para que no me castañetearan. La rabia empezó a ganarle terreno al miedo, una llamarada de orgullo que subía desde mi estómago vacío de toda la vida. —¿Era necesaria tanta agresividad? —le solté en un susurro sibilante, dando un paso hacia él—. Casi me rompes la muñeca. Parecía que querías atravesar el escritorio conmigo. Él soltó una risa seca, un sonido sin rastro de alegría, y se acercó hasta que su sombra me cubrió por completo. Se inclinó, invadiendo mi espacio con esa arrogancia que le salía por los poros. —Dime, chaparra... —me dijo, usando ese apodo que sabía que me quemaba la sangre—, ¿no te gustó mi lengua? ¿O es que te asusta darte cuenta de que tu cuerpo no miente tanto como tus palabras? —¡Ya, deja de ser un maldito pervertido! —le espeté, empujándolo del pecho. Fue como empujar una pared de granito—. Esto es un contrato, Viktor. Un maldito negocio. No tienes que disfrutarlo tanto frente a los espías. —Tu cuerpo dice otra cosa, nena —replicó él, atrapando mi mano antes de que pudiera golpearlo. Su pulgar acarició mi palma con una suavidad que me dio escalofríos—. Estabas gimiendo hace un minuto. Estabas rogando por más. Me acerqué más a él, ignorando el peligro, hasta que mi rostro quedó a milímetros de sus tatuajes del cuello. Quería que viera la verdad en mis ojos, la verdad que él intentaba ahogar con whisky y poder. —Recuerda que tu "amor" está afuera, Viktor. No soy yo —le recordé con una crueldad que me supo a gloria—. Por mucho que me uses sobre ese escritorio, cuando cierras los ojos, el nombre que quieres gritar no es el mío. Respeto, Don. Ten un poco de respeto por tu propia farsa. Él tensó la mandíbula de tal forma que pensé que se le rompería un diente. Sus ojos destellaron con una furia herida, pero no dijo nada. Me soltó como si mi piel le quemara y caminé hacia la salida sin mirar atrás. Estaba desbaratada por dentro, con el corazón martilleando contra mis costillas, pero no iba a dejar que me viera caer. + Subí las escaleras de mármol con pasos pesados, sintiendo cada centímetro de la mansión como una jaula. Viktor venía siguiendo mis pasos, su presencia era una presión constante en mi espalda. A mitad del tramo, el destino decidió darnos el último golpe de la noche. —Waoo... —la voz de Elena flotó desde el descanso superior, cargada de una picardía que me hizo querer desaparecer—. Deberían guardarse un poco para la luna de miel, ¿no creen? Se soltó a reír, una risa cristalina y pura que en ese pasillo sonaba a blasfemia. Estaba apoyada en la barandilla, radiante incluso en la penumbra. Me tensé al instante, sintiendo cómo el sudor frío me recorría la nuca. Miré de reojo a Viktor y, por un segundo, vi al monstruo desarmado. Estaba peor que yo. Su rostro se había vuelto de piedra, sus pupilas se dilataron y su respiración se detuvo. Ver a Elena bromear sobre nuestra "pasión" era, para él, la tortura más refinada. —Solo estábamos... terminando de hablar de unos asuntos del mando —logró decir Viktor, aunque su voz sonó más ronca de lo habitual. Elena bajó un par de escalones, acercándose con esa calidez que me hacía sentir como una criminal. —Clara —me dijo, ignorando la tensión de Viktor y poniéndome una mano suave en el brazo—, mañana puede que tengamos permiso de conocer a tu abuela y a tus hermanos. Gianna y yo estuvimos hablando; Dante también quiere ir. El pánico me atenazó la garganta. Quise mirar a Viktor para buscar una excusa, una salida, pero él se adelantó, cortándome el paso visual. —Sí, mañana vamos —sentenció él, recuperando su máscara de hierro—. Solo digan la hora. —Dante y yo pensábamos ir de mañana —continuó Elena con esa sonrisa de miel dorado—. Los niños se quedan con Gianna, ella irá en otro momento, así estaremos más tranquilos para conversar con tu abuela. Me encantaría conocer a tu familia. Me quedé helada. —Será un placer, Elena —mentí, sintiendo que mi alma se cubría de hollín—. Mi abuela estará encantada de recibir a personas tan... importantes. —Somos familia ahora, Clara —me corrigió Elena con un guiño antes de seguir su camino hacia las habitaciones—. Descansen. Mañana será un día largo. Me quedé estática en el escalón, viendo cómo desaparecía. Viktor suspiró a mi lado, un sonido cargado de una derrota que no se atrevía a nombrar. —Mañana —susurré, girándome hacia él con los ojos llenos de pánico—, Luca nos va a hundir, Viktor. Él no va a fingir. Él te odia. Viktor me miró de arriba abajo, recuperando ese brillo cruel en sus ojos azules de acero. —Entonces asegúrate de que aprenda a cerrar la boca antes del amanecer, chaparra —me dijo, pasando por mi lado sin un roce—. Porque si él habla, el contrato se rompe. Y si el contrato se rompe, tus hermanos vuelven al barro antes del mediodía. Se alejó hacia nuestra habitación, dejándome sola en la penumbra de la escalera. Me abracé a mí misma, sintiendo el frío del mármol subir por mis pies. La farsa se estaba volviendo demasiado real, y el precio de la entrada empezaba a cobrarse en la moneda más cara de todas: la verdad de los que más amaba.
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