Sabiendo que, aunque torpes, aún teníamos cosas que hacer, me pregunté si el Delta Manuel estaría cerca para acompañarnos. No estaba segura, pero la duda se quedó ahí, latente. Con timidez levanté la mirada hacia Alejandro. Me daba nervios dirigirle preguntas, y aun así reuní mis fuerzas, empujando con miedo las palabras hacia fuera. — El joven Delta… el que se llama Manuel… ¿en dónde se encuentra? Quizás podría acompañarnos a cenar, si está bien contigo, Alfa Alejandro. Vi cómo mis palabras le calaban hondo. En sus ojos había un brillo de dolor, como si mi sugerencia fuese, de algún modo, un insulto. Pero también lo reconocí… esa forma de contener su reacción, la misma que tenía antes, cuando no quería herirme con una respuesta brusca. Y yo, con todos mis miedos, lo observé moverse ha

