Después de comer con mis hombres, regresamos a buscar en las oficinas de todos los que estuvieron involucrados en la unión entre mi Luna y ese maldito, Philip. Horas. Días. Y aún nada. Solo papeles llenos de mentiras. Registros vacíos de alma. Libros donde los impuestos aplastaban a los lobos para alimentar a humanos que no hacían más que emborracharse y vivir sus vidas con descarada indiferencia. Como si no vivieran sobre nuestras espaldas. Como si su existencia no fuera financiada con nuestra sangre. Cada hoja revisada me provocaba más dolor de cabeza y más repulsión. Me quitaba las pocas migas de respeto que aún podía tenerle a esta especie gobernante que se comporta como dictadores disfrazados de civilizados. Entré al cuarto de estudio del viejo Duque, el mismo que embarazó a Rosit

