Capítulo 27: Soñé

1445 Palabras
Mónica Soñé con Alejandro. En ese mundo no éramos quienes somos ahora. Vivíamos otra vida, sencilla, cálida… Yo estaba en una cocina hermosa, con las ventanas abiertas dejando entrar la brisa y el sol, ayudando a un cocinero con unas galletas que habíamos prometido al príncipe. Nuestro príncipe. Un niño de cabello rubio como el oro y ojos azules como el cielo despejado. Su sonrisa iluminaba cada rincón, su risa dulce me envolvía el corazón, y cada gesto suyo rebosaba de curiosidad, de vida… de inocencia. Me sentía orgullosa, completa, viendo en él la promesa de todo lo bueno que algún día merecí. Mientras me acercaba a lavar las manos, sentí sus manos —las de Alejandro— rodearme la cintura, firmes, posesivas, con esa seguridad que solo él tenía sobre mí. Sus labios, cálidos y decididos, encontraron mi cuello, y el escalofrío fue inmediato. —Mía —susurró con aquella voz grave, cargada de deseo y ternura a la vez. Cada vez que me decía eso, algo en mí se desarmaba, se rendía. Intenté continuar lavando mis manos, pero él no me soltaba. Me guiaba con paciencia, acariciándome como si cada movimiento fuera una caricia de amor. Y entonces bajó un poco más, sus labios rozando mi piel, su aliento acariciándome el oído, hasta que su gruñido vibró profundo y su petición me hizo temblar: —Deseo otro cachorro, mi Luna… ¿me lo permites? Su pregunta encendió algo en mi interior que desconocía. Un fuego dormido que solo él sabía despertar. El deseo por él era tan fuerte, tan visceral, que me costaba hasta respirar. Yo lo necesitaba… no por pasión solamente, sino porque con él, cada promesa, cada unión, era la certeza de que la vida tendría sentido. Lo deseaba. Más que a nada en este mundo. Y lo supe incluso en el sueño: no podría vivir un solo día sin tenerlo, sin sentirlo… sin ser suya. Su voz, ese gruñido cargado de deseo, de necesidad… me hizo temblar en el sueño. No solo me acariciaba con sus manos… sino con sus palabras. Su pecho cálido y firme pegado a mi espalda, su respiración pesada en mi cuello, y esas simples palabras… —¿Me lo permites, mi Luna? —repitió, casi suplicando, casi devorándome con la sola idea. Mis labios se entreabrieron, el cuerpo entero se me estremeció. Sentía cada parte de él reclamándome, sujetándome por la cintura con la misma fuerza con la que el destino nos ataba. Sin pensarlo, asentí. —Sí, mi Lobito… dame otro cachorro. El gruñido que soltó contra mi oído fue animal, profundo, vibrando en cada fibra de mi cuerpo. Sin esperar, me giró con delicadeza pero con firmeza, alzándome para sentarme en la encimera de la cocina. Su boca atrapó la mía con hambre, con necesidad de marcarme no con dientes… sino con besos. Sus manos se deslizaron por mis piernas, alzándome la falda con un apuro controlado, su respiración acelerada como si llevara días sin tocarme. —Quiero verte llena de mí otra vez… —susurró, sus labios rozando los míos mientras me hacía sentir el peso de su deseo contra mi centro. Mis manos buscaron su cabello, sus rizos gruesos que siempre adoraba acariciar, y tiré de ellos cuando su boca bajó otra vez a mi cuello, dejándome marcas que incluso en sueños me ardían como reales. Cuando por fin se unió a mí, gemí su nombre. Su cuerpo me llenaba como solo él sabía hacerlo, con fuerza, con amor, con la promesa de que siempre, siempre me protegería. —Eres mía —gruñía en cada embestida—. Mía, Mónica… mi Luna, mi reina, la madre de mis cachorros… Su voz grave me atravesaba el alma. Y mientras mi cuerpo se rendía una vez más a él, mientras las lágrimas de placer rodaban por mis mejillas soñadas, me sentí plena… completa. En su abrazo, en su cuerpo, en su amor… yo lo era todo. Y él lo era todo para mí. —Te amo, Lobito —le susurré entre jadeos, rozando sus labios. —Y yo a ti, mi Mona… para siempre. El sueño fue tan real… que juraría haber sentido su olor en la almohada al despertar. Desperté con una sonrisa boba en el rostro, la calidez del sueño aún aferrada a mi piel, como si el roce de Alejandro nunca se hubiera ido. Abrí los ojos lentamente y lo busqué con la mirada. Allí estaba… dormido a mi lado, con el ceño relajado y su respiración profunda. Su cabello desordenado le daba un aire de niño, pero su cuerpo fuerte, marcado por cada batalla, me recordaba que era el lobo que me había reclamado mil veces… incluso en mis sueños. No pude evitarlo. Deslicé la yema de mis dedos por su mejilla, bajando lentamente por su mandíbula, dibujando su perfil con cuidado para no despertarlo aún. Pero deseaba tanto contárselo. Necesitaba que supiera que incluso dormida, mi mente lo buscaba… que mi corazón lo quería incluso en mundos que no existen. —Lobito… —susurré con cariño, acariciando su cabello espeso— soñé contigo. Él no se movió, pero el pequeño suspiro que soltó me hizo sonreír más. Me incliné y besé su frente, deteniéndome un instante para respirar su aroma, ese que siempre me calmaba. —Soñé que teníamos un hijo… un príncipe hermoso con cabello dorado y ojos como el cielo… y tú me pedías otro cachorro con tanta dulzura, Alejandro —seguí susurrándole al oído, sabiendo que quizás no me escuchaba, pero aun así deseando que mis palabras lo acariciaran por dentro—. Te juro que jamás me había sentido tan feliz… Mi voz tembló un poco, porque el deseo de que ese sueño fuera real me desbordaba. —Te prometo que si algún día quieres pedirme eso de nuevo, no tendré que pensarlo… porque ya eres mi todo, Lobito. No supe si me escuchaba o si su inconsciente atrapaba mis palabras, pero no importaba. Me quedé allí, abrazada a su cuerpo caliente, con la esperanza de que pronto despertaríamos juntos… y que al abrir sus ojos, podría contarle que incluso en mi mundo perfecto… él siempre está. Apenas mis labios dejaron su piel, sentí sus brazos envolverme con fuerza. Alejandro no estaba dormido… nunca lo estuvo del todo. Su pecho vibraba bajo mi oído, su respiración cálida acariciaba mi cabello mientras sus manos me aferraban a él como si tuviera miedo de que me escapara. —¿De verdad soñaste conmigo, mi Luna? —susurró con la voz aún ronca del sueño, pero llena de ternura—. ¿Soñaste que teníamos un hijo? Su voz temblaba ligeramente, como si la idea misma le provocara un amor tan grande que le costara ponerlo en palabras. Yo asentí, sin poder evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas. Me sentía vulnerable, pero también llena de una felicidad que me superaba. —Y me lo dijiste con tanto amor… —le confesé en un hilo de voz— que… hasta en mis sueños sabía que siempre te diría que sí. Alejandro me abrazó con más fuerza y pegó su frente a la mía, sus ojos dorados brillando intensamente, viéndome con devoción pura. —Mónica… tú no sabes lo que haces conmigo —me susurró acariciándome la mejilla con el dorso de sus dedos—. Cada vez que dices mi nombre, cada vez que me miras como si yo fuera tu mundo… me haces querer regalarte más que mi vida. Me haces querer darte un futuro, darte hijos, darte un hogar donde solo existan nuestras risas y nuestro amor. Sus palabras, tan sinceras, tan sentidas… rompieron cualquier defensa que me quedaba. Las lágrimas comenzaron a caerme, no de tristeza, sino de la certeza absoluta de que él me amaba más allá de todo. —Tú ya eres mi hogar, Alejandro —le confesé en un suspiro tembloroso—. Y sé que nunca… nunca podría amar a alguien como te amo a ti. Él me limpió las lágrimas con sus labios, besándome cada mejilla, cada rastro de mi llanto. —Entonces permíteme, mi Luna, que sea yo quien convierta todos tus sueños en nuestra realidad —me dijo en un susurro cargado de promesa—. Porque si alguna vez tenemos ese hijo… quiero que sepa que vino del amor más grande que existe. El amor que te tengo a ti. No aguanté más. Lo abracé con todas mis fuerzas, escondiendo mi rostro en su cuello, mientras el pecho se me agitaba entre lágrimas y sonrisas. Y allí, entre sus brazos, supe que nunca estaría sola… porque Alejandro era más que mi guardián. Era mi destino.
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