Capítulo 20: Anice

1557 Palabras
En segundos de escuchar a Alejandro, un sonido me dejó sin palabras. Lobos aullaban en la distancia, y aunque se escuchaban muy lejos, sus aullidos tenían una melodía que se sentía profundamente calmante. Como si cada nota fuera una caricia al alma. Una brisa suave me rozó la piel, trayendo consigo un escalofrío que no era de miedo, sino de emoción. Fue entonces cuando Alejandro me habló por la mente con ese tono que solo él usa para llegar directo a mi corazón. — “Nuestra manada te canta sus canciones de amor, Mónica. Tienes una manada de lobos creciendo, para siempre protegerte por tu devoción en defenderlos. Te aman… pero yo te amo más que nadie en esta vida, mi Luna.” Abrí los ojos con sorpresa, sintiendo que mi pecho se llenaba de un calor suave, dulce, casi abrumador. Iba a decirle algo, cuando de pronto los lobos del palacio comenzaron a mostrarse entre los arbustos, como sombras protectoras. Y entonces llegaron unos cuantos guardias corriendo hacia nosotros con pasos apurados, rostros tensos. Alejandro se movió de inmediato, colocándose frente a mí con el cuerpo ligeramente transformado, listo para defenderme. Uno de los guardias me habló con respeto y urgencia. — Reina Mónica, es urgente que se presente en el salón del trono junto a sus guardianes. Por favor, síganos de inmediato. No dudé. Me puse de pie en cuanto Alejandro me ofreció su mano, la tomé con cariño, y sentí su pulgar acariciar suavemente el dorso de la mía. Ese gesto me sostuvo más de lo que me gustaría admitir. Mientras caminábamos hacia el salón del trono, mi mente no dejaba de preguntarse cuál había sido la canción que aquellos lobos me cantaron. ¿Fue idea suya? ¿O fue un reflejo de lo que él siente por mí? ¿Por qué hacerlo justo ahora? ¿Están verdaderamente los dos luchando por mi corazón? ¿O es que mi corazón ya decidió… y yo aún no lo quiero admitir? Cada pregunta que pasaba por mi mente me llenaba de emociones encontradas—deseo, duda, intriga. Y justo cuando pensaba que no podía sentir más, lo vi. Un hombre joven cruzó abruptamente los pasillos del palacio. Su vestimenta era simple, como la de un esclavo, pero su presencia era todo menos común. Su cabello rojo como el fuego parecía arder con cada paso, y sus ojos verdes, intensos como esmeraldas mojadas, me dejaron helada en el lugar. No pude evitar seguirlo con la mirada hasta que desapareció de mi vista, dejándome más preguntas que respuestas. ¿Quién era? ¿Por qué su presencia me perturbó así? Al entrar al salón del trono, aún sumida en mis pensamientos, la voz de Alejandro irrumpió en mi mente como un susurro cálido. — “No temas por él, el del cabello rojo. Es tu otro guardián… y está más enojado conmigo que contigo, mi Mona.” Su confesión me hizo fruncir el ceño, y sin dejar de caminar hacia mi silla real, le pregunté por el enlace: — “¿Por qué está tan enojado contigo?” Alejandro intentó contener una risa, pero la noté en la curvatura de sus labios, en el brillo pícaro de su mirada. — “Lo interrumpieron usando anice. Anice es como la hierba gatera para los lobos… pero infinitamente más potente, mi Luna.” Su respuesta me dejó tan sorprendida que por poco tropiezo en el escalón de mármol antes de llegar a mi trono. El calor subió a mis mejillas al imaginar la escena, y luché por mantener la compostura. Al sentarme en mi trono, sentí cómo Alejandro se ubicaba a mi derecha, imponente y alerta. El otro guardián—el del cabello encendido—se colocó a mi izquierda. No había necesidad de palabras para notar la tensión entre ellos. Bastó con observar el modo en que Alejandro marcó territorio, colocando distancia evidente entre Philip y yo. Un gesto tan posesivo… tan primitivo… y aún así me derretía por dentro. Tuve que esforzarme por no reír. El celo en Alejandro era tan transparente como encantador. Y sin embargo, con dos guardianes a mi lado, ambos reclamando silenciosamente su lugar en mi corazón, solo me sentía más sola que nunca. Y más poderosa que jamás lo había sido. Esperando a que comenzaran con sus introducciones, observé con atención el ambiente del salón del trono. Me di cuenta de inmediato: muchos de los aristócratas presentes eran aquellos que apoyaban ciegamente a Philip. En cuestión de segundos, cuatro de ellos se adelantaron para hablar con él. Uno de ellos, robusto y de presencia imponente, tomó la palabra. — Su majestad, gracias por recibirnos esta tarde —dijo, haciendo una reverencia junto a los demás. Philip alzó ligeramente la mano, dándoles permiso para continuar. El hombre, vestido con colores marrón, anaranjado y verde, se enderezó. Mi atención se quedó fija por un momento en la pluma verde que adornaba su sombrero: larga, elegante, probablemente de un ave exótica. Un símbolo más de estatus en un salón repleto de máscaras. — Los asesinatos cometidos dentro del palacio han sido examinados, —prosiguió con tono ceremonioso— y con el doctor forense presente, podemos asegurar que fueron perpetrados por un hombre lobo de alto rango. Sus palabras me causaron un sobresalto, pero en vez de sentir miedo, algo en mí se relajó. Una sensación de paz inesperada, cálida… envolvente. Como si alguien estuviera acariciando mis emociones para calmarme. Alejandro. La rabia me recorrió como un relámpago silencioso. No era justo. Él sabía cómo influir en mis emociones sin siquiera tocarme, sin permiso. Y yo, atada a estas sensaciones, no tenía ningún control. El vínculo entre nosotros era hermoso, sí… pero también profundamente desigual. Pensando en cómo hacerle saber mi molestia, en cómo herirlo un poco a través de nuestro enlace, me detuve en seco al escuchar la voz de Philip resonar en la sala. — ¿Qué guardián real sería tan incompetente como para actuar con tanta ignorancia dentro de MI palacio? —su tono goteaba desdén—. Ambos lobos de nuestra Reina fueron entrenados personalmente, según la información provista por el vendedor. Sus palabras me helaron por dentro. Mentiras. Alejandro jamás me dijo que fue entrenado para mí. No… él fue cazado, encadenado, puesto a la venta como una bestia más. Fue marcado y vendido como mercancía. ¡Y ahora Philip pretendía que todo había sido parte de un protocolo real! Mi estómago se revolvió. El enojo me quemó la garganta. No solo por la mentira descarada, sino porque se atrevía a hablar de Alejandro como si fuera un simple producto comprado para adornar su corona… como si yo fuera solo una pieza más en su juego. Y por primera vez, no sentí miedo de estar sentada en ese trono al lado del hombre que decía gobernar. Sentí poder. Y sabía que estaba a punto de usarlo. — Majestad, si nos lo permite —dijo uno de los aristócratas—, esta tarde recibimos una carta dirigida a usted. Por protocolo, fue leída antes de ser entregada. Por favor, entienda que nuestras acciones solo buscan proteger la monarquía y a sus seguidores, especialmente después de lo que en ella se menciona. Una sierva se adelantó con la carta entre las manos. Se la presentó a Philip, quien la tomó con gesto receloso, como si esperara una traición oculta entre los pliegues del papel. Sin embargo, lo que me hizo fruncir el ceño fue que la sierva no se retiró. Permaneció allí. De pie frente al rey, con la mirada baja… y un látigo en sus manos. El silencio se volvió espeso. Los murmullos cesaron. Nadie se atrevía a moverse. Philip no dijo una sola palabra. Tampoco parpadeó. Solo se mantuvo inmóvil, observando a la sierva. Y luego, con un movimiento rápido y cruel, le arrancó el látigo de las manos y comenzó a azotarla. Los latigazos resonaron por todo el salón como truenos, rompiendo la quietud con violencia. Uno tras otro, sin piedad. La piel de la mujer empezó a enrojecer, a abrirse. Nadie se atrevía a detenerlo. Salvo yo. Sin pensar en el protocolo ni en lo que implicaba levantar la voz como Reina frente al Rey, me puse de pie, mi voz atravesando la sala como un relámpago. — ¡Philip! —grité—. Déjame leer la carta. ¡Basta ya! Esa sierva no te ha hecho daño. ¡Por favor, detente! Mi súplica no fue un grito desesperado, fue una orden con el peso de la compasión y la autoridad que no necesita trono para imponerse. Philip se detuvo. Giró su rostro hacia mí, encendido de furia. Pero al segundo de sostener mi mirada, su expresión cambió. No por culpa… sino por la necesidad de mantener su máscara. Su fachada. Con dedos tensos, me extendió la carta. Yo la tomé sin desviar los ojos de los suyos. En ese momento, no era su esposa. Era su igual. Philip miró de reojo a la sierva aún temblando en el suelo y habló con frialdad: — Márchate. Antes de que te arrepientas de haber entrado a este salón. La mujer no lo pensó dos veces. Se levantó con dificultad y desapareció entre los cortinajes, llevándose consigo su dolor, su humillación… y mi creciente duda sobre el hombre que se hace llamar rey.
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