—¡Virese, impostora! —la voz de Carlos retumbó con furia contenida—. Conozco el aroma de los cachorros de mi Alfa… ese olor solo lo llevan quienes han sido marcados, apareados por él y nacidos de su sangre. Supo la verdad. Lo sintió en el aire. Y sus palabras bastaron para desatar el caos. El Duque Erik, al verse acorralado, sacó una pistola y me la apuntó directo al rostro. Su mano temblaba, no por miedo a mí, sino por la amenaza que representaba Carlos. Todos los presentes se detuvieron. El silencio fue inmediato, como si el palacio contuviera el aliento. —¡Ven y éntrate en mi carruaje, que nos vamos Cassandra! ¡Ahora! —rugió el Duque, con su voz envenenada por el miedo. Sin pensarlo dos veces, tomé a mis hijos con fuerza, al más pequeño en brazos, y corrí con ellos. Duque Erik dispa

