Preparándome hoy era lo más nervioso que he estado en años. Un año ha pasado desde que el Rey Philip me envió, por medio del mensajero que detuvo a Carlos, aquella primera carta con su invitación envenenada. Después de esa, llegaron dos más. Y fue claro: no podía seguir evitándolo. Sabía que debía asistir, pero también que no podía hacerlo sin una estrategia. Tenía que dejar a mi manada protegida, organizada y con líderes listos para reaccionar ante cualquier ataque. Me traería a Carlos conmigo —mi Gamma, mi escudo, mi sombra— y dejaría aquí a Pablo, acompañado por Manuel, quien ya había demostrado estar listo para encargarse del orden en ausencia nuestra. Solo los guerreros con experiencia, un máximo de cien, me acompañarían al territorio enemigo. El resto permanecería aquí, donde nuest

