-Scarlett Brooks-
Mis últimos días giran en torno a lo mismo…
Me levanto, me aseo, desayuno. Hago pilates y me acuesto un par de horas con las piernas elevadas.
«Como si esa tontería funcionara», me quejo, fastidiada. Aunque según la tía abuela de la conocida de Diana, sí lo hace.
¿Comidas deliciosas? Esas quedaron en el olvido, ahora no hay nada dulce, ni frito, ni salado. Todo es bajo un régimen alimenticio “saludable”.
Si antes pensé que esto parecía algún recinto militar, me retracto, estaba equivocada, no era nada en comparación con lo que he vivido, no es más que una puta dictadura. Visitas con días de por medio de los Ross y mi incesante preocupación por no saber nada de mi hijo.
El quedar o no embarazada para mí ha pasado a un segundo plano, justo ahora lo único que quiero hacer es poder ver a mi hijo y enfrentar a mi madre.
Por más que he insistido en que me permitan ver a mi familia ellos se han negado poniendo miles de excusas, confirmándome de alguna forma que he hecho un trato con el diablo sin saber las consecuencias. Con cada día que pasa mi ansiedad va en aumento, siento que me he convertido en un robot que sobrevive a ella a base de las rutinas que tiene establecidas y me llena de rabia, porque ni siquiera cuando estuve en la cárcel me sentí así.
Pero también me doy cuenta de otros detalles que antes no noté. Mi niñero se ha vuelto muy distraído y eso me facilita las cosas. Hoy está aquí el personal de limpieza y no pienso desaprovechar mi oportunidad.
Veo la cartera de Paolo sobre la encimera y veo la hora, las chicas se van en media hora y él, justo antes de que eso suceda, está encerrado en la habitación con Diana.
«Es ahora o nunca».
Tomo unos cuantos billetes de su cartera y abro el carrito donde el personal de limpieza guarda sus productos, sábanas sucias y demás cosas. Es lo suficientemente grande para que yo quepa, pero el peso me delataría. Me acerco a mi habitación, donde ellas se encuentran, y cubro mis espaldas.
—Chicas, dejé en su carrito un par de bolsas de basura pesadas, lo lamento, pero era necesario deshacerme de varias cosas.
—Tranquila, señorita, nosotros nos encargamos.
Les doy una sonrisa y me marcho, me meto en mi escondite, echándome cosas encima para tratar de disimular y me quedo en silencio, rezando por un milagro.
El carrito empieza a moverse y las oigo quejarse del peso, pero no revisan, confían en mí. Espero el tiempo suficiente y agudizo el oído para saber cuándo estamos en la calle y prever cuando ellas se alejen. Mi corazón late como loco, sé que arriesgo demasiado, pero se trata de mi hijo.
Y una madre por sus hijos es capaz de hacer cualquier cosa.
Cuando creo que es el momento indicado me quito todo de encima, salto del carrito y corro con fuerza, sin mirar atrás, sin escuchar nada, solo poniendo distancia entre las mujeres de limpieza y yo. Los pulmones me arden al respirar y cuando siento que no puedo más, me detengo, tratando de recuperar el aliento.
Mientras me concentro en recuperarme, mis ojos visualizan dónde estoy. Por un momento me siento perdida, pero ya sé dónde me encuentro y hacia dónde debo ir.
La parada de autobuses está a unas cuantas calles al norte, debo ver a qué hora sale el bus de la línea siete, el único que pasa por casa de mi madre, que vive en el rincón más alejado de la ciudad.
Reviso que tenga el dinero y el móvil apagado. Sé que es un error traerlo, me vigilan desde aquí, pero pienso mantenerme en movimiento y les llevo ventaja. Además, no quiero que piensen que este es un escape, aunque de cierto modo lo es, lo hice porque ellos se han comportado como unos intransigentes.
Después de caminar por un rato llego a la parada de autobús a comprar el ticket y me dicen que llega en media hora.
Tengo treinta minutos y no puedo quedarme aquí, a la vista de todos. Veo un pequeño café y tengo aún dinero suficiente para ir a pasar el tiempo; entro a la tienda, pido un pastel de fresas y un café en el mostrador y me siento en la mesa más alejada de las ventanas, mientras espero.
Disfruto demasiado el primer bocado, porque extrañaba el dulce en mi vida. Me detengo por un segundo a mirar a mi alrededor y disfruto de mi libertad, porque desde que salí de la cárcel es la primera vez que realmente soy libre.
Una sonrisa se me escapa, demasiado alta y me cubro la boca. Mis ojos se llenan de lágrimas cuando caigo en cuenta que soy libre y que veré a mi hijo hoy; entonces la risa se convierte en sollozo.
Cualquiera que me vea, ha de pensar que estoy loca. Primero, me estaba riendo y ahora, no dejo de llorar. Lo peor es que no puedo detener el llanto. Intento disimular mis lágrimas mientras me como otro poco de pastel, pero apenas lo meto en mi boca, me repugna. Tomo una servilleta y lo escupo; bebo un poco de café, que me sabe mejor.
De inmediato, mi cerebro comienza a hacer cuentas de los días que han pasado y si noto alguna diferencia en mí.
«¿Ya? ¿Tan rápido?», me pregunto mentalmente, pero no necesito una respuesta para lo obvio.
Estoy embarazada. Lo sé, puedo sentirlo, así como lo sentí la primera vez.
Me quedo sentada asimilando el hecho de que durante los próximos nueve meses llevaré en mi vientre a un bebé que no es mío. Que tiene sus padres y del que no debo encariñarme.
Un bebé que me mantendrá encerrada en mi jaula de oro hasta que nazca y ahora, sabiendo esto, agradezco el haberme escapado para ver al pequeño que es mío, para estar con él antes de volver a mi nuevo exilio.
Considero que ha pasado el tiempo suficiente, ya que no tengo reloj, ni documentos, ni absolutamente nada. Y el móvil, prefiero que esté apagado. Para mi suerte el autobús ya llegó y me subo ansiosa de ver al niño más hermoso, amoroso e inteligente que la vida me pudo dar.
Las manos me tiemblan durante el trayecto y no puedo dejar de pensar en lo mucho que ha podido cambiar estos meses sin mí.
«¿Aún me querrá? Espero no crea que lo he abandonado».
Los minutos pasan y la distancia se acorta. En mi mente, practico las palabras que le diré cuando me toque marcharme, pero en ninguno de los escenarios esto termina bien.
Llego a mi parada y me bajo y camino directo hacia la casa de mi madre, que no queda lejos. Llego y toco la puerta, desesperada por verlo. Todo miedo es sustituido por la alegría inmensa que me da el saber que al fin veré a mi hijo.
Noches soñando con este momento y al fin ha llegado.
—¡Mamá, soy Scarlett! —grito cuando no me abren la puerta al tocar—, abre la puerta, he vuelto.
—Pequeña Scarlett, ¿eres tú? —Escucho una voz detrás de mí y reconozco a la señora Bucks, nuestra vecina, cuando la veo—. Pensé que no saldrías de prisión en años.
«Sí, supongo que si vuelvo al lugar donde crecí todas las personas me recordarán por eso».
—Salí libre, me han declarado inocente —miento—, ¿sabe si mi madre está en casa? Tengo días llamándola y no sé de ella y ahora no está.
Veo que me mira confundida.
—¿No lo sabes? —pregunta y mi corazón vuelve a sentir miedo.
Camino de la casa en la que crecí a la suya con rapidez, porque ha despertado mi curiosidad.
—¿Saber qué, Señora Bucks? ¿Qué debería saber?
—Tu madre y tu hijo se mudaron hace unos días, como si estuviesen huyendo, no se llevaron casi nada, pero sí vinieron a despedirse. Al verte allí parada pensé que sabías, por eso no te dije nada en un principio.
Siento cómo la bilis se me sube a la garganta al escucharla y todo me da vueltas. Debo sostenerme de la pared, porque sino, siento que voy a terminar en el suelo.
—Cariño… ¿estás bien? —Niego, porque no lo estoy, no estoy nada bien.
—¿Le dijo a dónde iban? —Ella niega y caigo en cuenta que la maldad de mi madre y el odio irracional que siente por mí, es más grande de lo que creía.
Se ha llevado a mi pequeño, a mi hijo, sin mi consentimiento.
Me alejo de la casa de la señora Bucks sin despedirme. Con las lágrimas corriendo por mi rostro, sin rumbo fijo y con una pregunta en mi mente.
«¿Por qué mi madre me haría eso?».
Cuando me doy cuenta, creo que he caminado lo suficiente para alejarme. Está por oscurecer y siento un dolor de cabeza horrible. A lo lejos veo una gasolinera y decido ir allí. Voy directo a la tienda en busca del objeto que, por ahora, será mi salvavidas.
Encontrar a mi hijo se ha vuelto una prioridad, tenerlo de regreso conmigo, pero para eso necesito ser realmente libre. Sé que mi madre no le hará daño, porque ella solo quiere dañarme a mí y yo necesito mi libertad y dinero para largarme, lejos de ella y de todos.
Pago la prueba de embarazo y pido el baño prestado. Después de hacérmela, mientras espero el resultado que ya conozco, enciendo el teléfono y a los segundos entra una llamada.
—¿Te volviste loca? ¿Por qué diablos te escapaste? Los jefes están furiosos. —Escucho la voz de Paolo del otro lado, rabioso.
—Ya tienes mi ubicación, ven por mí, de los jefes me encargo yo.
—Voy para allá. —Cuelga y yo quito el móvil de mi oreja.
Tomo la prueba y confirmo mis sospechas.
«En efecto, estoy embarazada».