Capítulo 1

1596 Palabras
-Scarlett Brooks- Abro mis ojos y al instante busco debajo de mi almohada; saco el lápiz de grafito que uso para marcar los días y que los guardias han pasado desapercibido en las últimas inspecciones. Me acerco a la pared donde todos los días dejo una marca. «Un nuevo día para ser infeliz». Me alejo un poco y veo todas las líneas. Doscientas treinta y siete. Esos son los días que tengo aquí encerrada por culpa de una maldita injusticia. El día que me declararon culpable sentí que el mundo se me vino abajo. Todas las pruebas estaban en mi contra. Incluso el abogado puesto por el gobierno, para defenderme, me dijo que era inútil negarme a una realidad, que las pruebas apuntaban a mí y que no había más remedio que declararme culpable para tratar de pedir una sentencia más baja. «¿Cómo luchar contra el sistema cuando se supone que la persona que me defiende no confía en mí?». Sí, es verdad. Las fotos de la mujer, que captó la cámara de seguridad de la calle, son más que suficientes para inculparme, porque de no saber dónde rayos estaba metida ese día, yo misma habría dudado de si esa persona era yo, estando ebria o algo parecido. Pero yo no fui. Yo no robé el auto de ese taxista, no cometí ese crimen y no me cansaré de repetirlo. Mi desventaja más grande fue tratar de luchar contra personas poderosas, porque todos sabemos que el dinero mueve el mundo y, lamentablemente, la víctima del suceso era querida por demasiada gente. Por eso yo no tuve derecho a réplica, me enjuiciaron y encarcelaron en cuestión de días, saltándose todos los protocolos habidos y por haber. Escucho que alguien comienza a abrir la puerta de la celda que se ha convertido en mi mayor refugio. La celda de castigo. He estado aquí la mayor parte de los meses que he pasado en prisión, no porque sea peligrosa realmente, sino porque es lo más seguro para mí. Ya que no pudieron enviarme a una prisión de mujeres, donde al menos estaría en igualdad de condiciones con mis compañeras, me dejaron en una prisión mixta, de las pocas que quedan en el país. Y aquí, si no eres cazador, eres presa; te conviertes en una de las prostitutas de los líderes o de los guardias para tener algún tipo de protección y yo, me rehúso a que así sea. Tuve que darle una paliza a un anciano que quiso sobrepasarse en la primera semana y, desde entonces, me meto en algunas peleas para poder terminar aquí. «Claro, eso ha tenido sus consecuencias, unas que he asumido porque no tengo de otra». El guardia entra y me mira fijamente cuando me quedo sentada en el colchón que está en el suelo, devolviéndole la mirada que me da. —Tienes visitas, Brooks, levántate. —Frunzo el ceño al escucharlo, porque solo tengo a dos personas en mi vida y no creo que ninguna de ellos sea. Es imposible, no han venido en todo este tiempo, menos ahora—. Mueve ese trasero, que no hay mucho tiempo. —Creo que te equivocas —hablo en voz baja—, no tengo a nadie que venga por mí. El guardia gira los ojos, cansado de mi desobediencia y veo que saca un taser. Lo enciende para amedrentarme y aunque odio cuando lo hacen, sé que puedo sobrevivir a las cargas eléctricas; no va a intimidarme. —Te levantas por las buenas o lo haces por las malas, no pienso perder mi tiempo contigo. Trago grueso. Sé que habla en serio, que no está jugando, pero si demuestro debilidad estoy jodida. —Tampoco juego, no tengo a nadie que quiera verme. Así que es un error. Se acerca a mí e instantáneamente me pego a la pared. Me muevo por reflejo y él sonríe. «Maldito desgraciado». —La orden viene desde arriba, muñeca, el mismísimo alcaide ha pedido que atiendas la visita, así que levántate y obedece, porque esta celda de castigo no te va a proteger del infierno que te hará pasar por hacerlo quedar como tonto. Me lo pienso dos veces. He oído que el mismo alcaide ofrece a algunas reclusas a ciertas personas para no sé qué y me da miedo terminar como una de ellas, pero mi realidad es que no tengo opción alguna, no puedo elegir. Me pongo de pie y ofrezco mis manos para que me coloque las esposas; lo hace, apretándola más de la cuenta y sé que esta es su forma de desquitarse. Camino por el pasillo silencioso, esta área normalmente está sola, porque a nadie le gusta. Soy la única loca que prefiere meterse en problemas para estar aquí. Me detengo cuando veo que no me guían hacia las salas de visitas, sino, hasta el área administrativa. Escucho el sonido del taser y la voz amenazante del guardia detrás de mí; mis manos comienzan a temblar. —Camina, que te están esperando. No les hagas perder más tiempo. —El área de visitas no es esta —trato de mediar. —Son visitas importantes que no quieren ser vistas —me explica mientras me toma del codo y me arrastra hasta la oficina del alcaide. Toca la puerta y es el mismísimo jefe de la cárcel quien nos abre. Sus ojos se encuentran con los míos y lo veo negar con algo de decepción. —Podía haberse bañado, al menos —susurra, molesto. Sus palabras confirman lo que me temía y comienzo a rezar para que al verme se decepcionen de mi aspecto, que elijan a alguien más. —Señores Ross, aquí está la reclusa con la que solicitaron hablar. —Él me señala y me encuentro con la mirada de un hombre y una mujer, que me repasan de arriba abajo. Ambos se miran, quizás no era lo que esperaban y espero de alguna forma que así sea. Paso a la oficina con las manos aún esposadas frente a mí y el alcaide se me queda mirando. El hombre me mira fijamente, como queriendo saber qué está pasando por mi cabeza; yo no bajo la mirada. —Alcaide, ¿podría dejarnos solos? Queremos hablar con ella —pide con voz firme. Yo frunzo el ceño al escucharlo. —Imposible, señor Ross. Esta mujer es peligrosa, si algo les sucede sería mi responsabilidad. —Giro los ojos al escucharlo, porque estoy segura de que antes de que yo siquiera mueva un dedo, tendré a tres guardias sobre mí. —Está esposada —resalta la mujer—, no creo que sea muy peligrosa así. Además, usted será bien recompensado. El alcaide asiente y lo veo alejarse mientras yo me quedo parada en medio de la habitación. La mujer es la primera en ponerse en pie y dirigirme la palabra directamente. —Scarlett Brooks, ¿no? —Asiento ante su pregunta—, puedes sentarte, tenemos una propuesta para ti. —Gracias, así estoy bien. Ellos vuelven a cruzar miradas y el hombre que la acompaña también se pone de pie. —Seremos directos, Scarlett, porque no tenemos demasiado tiempo. Sabemos que te faltan muchos años para cumplir tu condena que apenas comienza y que aquí tu vida es un infierno, por eso creemos que aceptar nuestro trato es lo más conveniente para ti. —No soy ninguna prostituta si eso es lo que pretenden hacer conmigo —advierto—, si me compran, si planean hacerme algo, me defenderé como nadie. La mujer suelta una pequeña carcajada. —No te queremos para eso exactamente. Llamarlo prostitución implicaría muchos hombres y en el trato que te vamos a ofrecer, no será así. Me quedo callada, esperando lo que sea que quieren decir. —Eres una mujer saludable, según el registro. Fuerte, que se recupera rápido —comienza a hablar el hombre—, y estoy seguro que con un buen baño y estando arreglada, eres hermosa. —La mujer lo mira mal y ese detalle no me pasa desapercibido—. Hay un hombre que necesita un hijo, porque no puede tenerlo. Te ofrecemos ser la mujer que lo lleve en su vientre a cambio de tu libertad inmediata. Contengo la respiración al escucharlo. De todas las cosas que me pasaron por la cabeza al venir aquí, esto ni por asomo se acercaba, porque me parece una idea descabellada. —¿Están locos? ¿Quieren que lleve en mi vientre al hijo de un desconocido? Y después, ¿qué? —comienzo a alterarme. —Se te darán todos los beneficios y cuidados que necesites y una pensión de por vida. Los términos y condiciones los conocerás después de aceptar, pero, créeme que te conviene —menciona ella. —¿Y qué pasa si me niego? —Enderezo mis hombros, porque no puedo creer que ellos vean en mí a alguien que pueden usar para un fin y luego desechar. —Te dejaremos a tu suerte, pero sabemos de primera mano que después de irnos vendrá un proxeneta que es muy asiduo al lugar y, créenos, que el alcaide no estará muy contento por no haber recibido su recompensa por ti. «¡Carajo! Estoy entre la espada y la pared». Los miro fijamente mientras trato de pensar en lo que más me conviene, en mi futuro y en lo que me espera fuera de aquí. Las esperanzas, de ser libre de alguna forma, esas que habían muerto, resurgen y sé que ellos saben cuál será mi respuesta. —Entonces, ¿aceptas o no?
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