Entre lo prohibido y el deseo

2154 Palabras
La noche avanza lentamente, y aunque mis ojos se cierran, el insomnio me atrapa. Las imágenes de Eduardo no dejan de rondar por mi mente, cada vez más nítidas, cada vez más intensas. Puedo recordar la forma en que sus ojos me recorrieron aquella tarde, como si no hubiera nadie más en la habitación. El deseo en su mirada era inconfundible, pero también lo era la barrera invisible que separaba su mundo del mío. Él, casado, poderoso, un hombre fuera de mi alcance. Yo, su empleada, atrapada en este torbellino de emociones que no sé cómo manejar. Me levanto de la cama y me acerco a la ventana. La ciudad está tranquila, sumida en su silencio nocturno, pero mi mente está en caos. ¿Es realmente un amor lo que siento? ¿O es solo una obsesión, una fantasía peligrosa alimentada por la cercanía prohibida, por los roces accidentales, por las miradas intensas que no sé cómo interpretar? Me apoyo en el cristal frío, mirando las luces lejanas. Carolina tiene razón. Esto no va a terminar bien. La lógica me dice que debo mantenerme alejada de él, que debo olvidarlo. Pero cada fibra de mi ser grita lo contrario. Mi corazón late más rápido con solo pensar en cómo sus manos podrían tocar las mías, en cómo su voz resonaría en mis oídos si me confesara lo mismo que yo siento por él. ¿Cómo podría resistirme? Un suspiro escapa de mis labios. El teléfono en mi mesa de noche vibra, interrumpiendo mis pensamientos. Mi corazón da un brinco al ver el nombre en la pantalla: Eduardo Peldaños. ¿Por qué me está llamando? Un escalofrío me recorre, y por un momento, pienso en no contestar. No quiero ceder a la tentación, no quiero que esto se convierta en algo más. Pero la curiosidad puede más que mi voluntad. — ¿Hola? — Mi voz suena más nerviosa de lo que me gustaría. — Hola, ¿te interrumpo? — La voz de Eduardo resuena al otro lado de la línea, y aunque es calmada, puedo percibir un tono diferente, algo más cercano. Como si estuviera... buscando algo. — No, no, en absoluto. — Respondo rápidamente, sintiendo una extraña mezcla de alivio y ansiedad al escuchar su voz. — He estado revisando unos documentos que necesito para la reunión de mañana, y pensé que tal vez podrías ayudarme a organizarlos un poco más rápido. ¿Estás disponible? — Sus palabras son simples, pero no puedo evitar notar el toque de interés que subyace en ellas. La manera en que me pide ayuda, como si dependiera de mí. Mi mente comienza a correr a mil por hora. Es solo trabajo. Eso es todo lo que debe ser. Pero mi corazón no está tan convencido. No puedo evitar sentir que cada vez que él me llama, cada vez que me necesita, algo más crece entre nosotros. Algo que no debería. — Claro, ¿en qué te puedo ayudar? — Mi voz suena tranquila, aunque por dentro estoy hecha un lío. — Te lo agradezco. Te espero en mi oficina en diez minutos, ¿te parece bien? — Hay algo en su tono, un dejo de impaciencia que me hace sonrojar, como si en realidad estuviera buscando algo más que una simple ayuda profesional. — Perfecto, allá voy. — Respondo, dejando que las palabras salgan casi sin pensarlo, como si una fuerza invisible me empujara a ir. Cierro el teléfono y respiro profundamente, tratando de calmar mi agitada mente. Este es un terreno peligroso. Lo sé. Pero no puedo evitarlo. No sé cómo, pero la tentación es cada vez más fuerte. Me visto rápidamente, mi mente ya recorriendo las posibles interacciones con él, los nervios acumulándose en mi estómago. Cada paso que doy me acerca más a la realidad de estar con Eduardo, de enfrentarme a esta atracción que no puedo controlar. Cuando llego a su oficina, la puerta está entreabierta, y al entrar, lo encuentro de pie junto a su escritorio, mirando unos papeles con atención. La luz suave del atardecer entra por la ventana, iluminando su figura imponente. Cuando me ve entrar, sus ojos se levantan lentamente hacia mí, y esa chispa, esa conexión que compartimos en la oficina, se enciende una vez más. — Hola. — La simple palabra suena profunda, cargada de una tensión palpable. — Hola. — Mi respuesta es casi un susurro, y de inmediato, la distancia entre nosotros parece evaporarse. Mis pies avanzan hacia él, aunque mi mente lucha por no sucumbir a lo que sé que podría ser un desastre. — Gracias por venir. — Su tono es suave, pero hay algo más en él, algo que me hace sentir pequeña y vulnerable. Me acerco a su escritorio, y mientras revisamos los documentos, nuestras manos se rozan. Es un roce fugaz, pero la electricidad que corre entre nosotros es inmediata, tan fuerte que casi me hace detenerme. Él no parece darse cuenta de lo que acaba de suceder, o al menos no lo muestra, pero yo lo siento en cada fibra de mi ser. Mi corazón late tan fuerte que puedo oírlo en mis oídos. El tiempo pasa lentamente, pero cada segundo se siente interminable. Y cuando finalmente terminamos, la sensación de que algo más ha nacido entre nosotros es innegable. — Gracias, has sido de gran ayuda. — Su voz es cálida, pero hay una pregunta no dicha en sus ojos. Algo que no puedo definir. Yo asiento, sintiendo el peso de su mirada sobre mí. — Es un placer. — No sé por qué digo esas palabras, pero una parte de mí ya sabe que esto solo acaba de comenzar. Salgo de su oficina, mis pasos ligeros, pero mi corazón pesado. La realidad me golpea con fuerza. Lo que estoy haciendo es peligroso, pero no sé si quiero detenerme. La noche se cierne sobre mí una vez más, y me pregunto si alguna vez voy a poder escapar de esta atracción prohibida que parece consumirme, lentamente, pero con fuerza. El sol de la mañana se cuela tímidamente por la ventana de mi oficina. El bullicio habitual de la jornada laboral comienza a aumentar, pero mi mente sigue atrapada en la tormenta que provoca Eduardo. Los recuerdos de la última vez que estuvimos cerca, esa chispa invisible que flotaba entre nosotros, no dejan de rondar por mi cabeza. Intento concentrarme en mi pantalla, pero es imposible. Cada vez que me paro a pensar, sus ojos, su voz, su presencia, vuelven a invadirme como una ola que no puedo esquivar. De repente, el timbre de mi teléfono suena y un estremecimiento recorre mi cuerpo al ver el nombre en la pantalla: Eduardo Peldaños. Trago saliva antes de responder, sintiendo cómo mi pulso se acelera sin poder evitarlo. — Hola, Eduardo. — Mi voz suena demasiado tensa, casi nerviosa. — Hola. — Su tono es tranquilo, pero hay algo en su voz que me hace pensar que está siendo deliberado. "¿Tienes un momento?" — Claro, ¿en qué te puedo ayudar? — La curiosidad me pica, pero trato de mantener la calma. — Necesito que vengas a mi oficina para hablar sobre un proyecto que estoy liderando. Es algo importante, y me gustaría que fueras parte de ello. — Su voz tiene ese tono de mando que siempre me hace sentir que, sin importar lo que diga, hay una intención más profunda detrás de sus palabras. Mi respiración se detiene por un segundo. Un proyecto importante... Mis pensamientos empiezan a desbordarse, y antes de que pueda siquiera procesar todo lo que implica, ya estoy poniéndome en pie y caminando hacia su oficina. Mis pasos son rápidos, casi automáticos, como si mi cuerpo supiera lo que mi mente aún no termina de aceptar. Al llegar a su puerta, la encuentro entreabierta, como una invitación tácita a entrar. Respiro hondo antes de empujarla suavemente y asomarme. Eduardo está de pie, mirando una carpeta de documentos en su escritorio, pero al verme entrar, sus ojos se levantan lentamente y sus labios se curvan en una ligera sonrisa. Esa sonrisa, aunque sutil, tiene el poder de hacer que todo mi cuerpo se encienda. Me cuesta sostenerle la mirada, pero no puedo evitarlo. — Hola, ¿en qué necesitas mi ayuda? — Mi voz suena más suave de lo que quiero que suene, pero no puedo controlar el temblor que recorre mi cuerpo. — Ven, siéntate. — Eduardo hace un gesto hacia la silla frente a él. Obedezco sin pensarlo dos veces, acercándome lentamente. Cuando me siento frente a él, la cercanía provoca que la atmósfera se cargue de una tensión palpable. Los minutos se estiran mientras Eduardo me explica el proyecto con detalles precisos, pero algo no va bien. Mi mente no está en los números ni en las estrategias de negocios. Está en él. Cada palabra que sale de su boca parece resonar más en mis oídos que en mi lógica. Su cercanía, el calor de su cuerpo que casi siento aunque estemos separados por el escritorio, me hace perder el hilo de la conversación. Entonces, de repente, su voz cambia, volviéndose más baja, más intencional. — Sabes… — Pausa. — Este proyecto tiene un potencial enorme. Y estoy buscando a alguien que no solo lo vea desde un punto de vista profesional, sino también alguien en quien pueda confiar plenamente. Mi corazón da un vuelco. Algo en sus palabras me toca profundamente. ¿Confianza? ¿Él confía en mí? La idea me estremece, pero al mismo tiempo, me siento halagada. Mis manos tiemblan ligeramente mientras las apoyo en la mesa. — Estoy segura de que puedo ayudarte con eso, — digo, intentando mantener la compostura. — Pero... ¿qué es exactamente lo que necesitas? El tiempo parece ralentizarse cuando Eduardo se recuesta en su silla, observándome con una intensidad que me pone nerviosa. Su mirada recorre mi rostro, como si estuviera estudiándome, buscando algo que no puede encontrar en mis palabras. — Lo que necesito, — comienza, su tono bajo y grave, es saber si estás dispuesta a involucrarte más. Quiero que seas mi mano derecha en este proyecto. Pero, para eso, necesitamos algo más que solo profesionalismo, ¿me entiendes? Un estremecimiento recorre mi espalda. Es como si, por un momento, todo se detuviera. Sus palabras, la forma en que me mira, la electricidad que parece emanar de su cuerpo... todo eso se mezcla en un torrente de emociones que ya no puedo controlar. — ¿Qué quieres decir exactamente? — Mi voz suena más vulnerable de lo que me gustaría, pero no puedo evitarlo. Eduardo sonríe ligeramente, casi con malicia, como si supiera lo que está haciendo conmigo. Luego, sus labios se curvan en una expresión decidida. — Lo que quiero decir es que este proyecto no solo se trata de negocios, se trata de nosotros. Quiero que estemos alineados no solo en lo profesional, sino también en lo personal. — Su voz se vuelve aún más suave, casi un susurro. — Creo que ya sabes a qué me refiero. Mis ojos se agrandan. Las palabras de Eduardo me golpean como una ola, y por un segundo, todo lo demás desaparece. ¿Él está sugiriendo lo que creo que está sugiriendo? Mi mente se tambalea bajo el peso de su insinuación, pero mi cuerpo, mi cuerpo reacciona a su cercanía, a la promesa no dicha que se esconde en sus palabras. — Eduardo, no... no creo que... — Intento encontrar las palabras adecuadas, pero ellos se me escapan, como si él tuviera un poder sobre mí que no puedo entender ni controlar. Él me interrumpe, inclinándose hacia adelante, acortando la distancia entre nosotros. El aire se hace denso, cargado de una tensión eléctrica que hace que mi piel se erice. — No tienes que decir nada aún. Solo quiero que lo pienses. Porque lo que estoy proponiendo no es solo un proyecto de trabajo. Es algo más. Algo que solo tú y yo podemos decidir. — Sus ojos brillan con una intensidad feroz mientras espera mi respuesta. El mundo parece detenerse a mi alrededor. En ese instante, todo lo que soy, todo lo que siento, parece caer a sus pies. ¿Qué hago ahora? ¿Puedo resistirme a lo que me está ofreciendo? La propuesta es tentadora, y aunque sé que no debo ceder, la tentación es más fuerte de lo que puedo soportar. Pero antes de que pueda responder, suena el teléfono de su escritorio. Él se vuelve, y esa simple acción parece romper el hechizo entre nosotros. La realidad regresa con fuerza. — Lo pensaré, — susurro finalmente, mi voz temblando mientras me levanto de la silla. Eduardo no dice nada, pero sus ojos siguen fijos en mí, como si estuviera esperando algo más. Lo pensaré. Pero sé, en lo más profundo de mi ser, que hay algo en lo que no necesito pensar. Ya he caído.
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