El aire fresco de la calle golpeó mi rostro, pero no me hizo sentir más despierta. La calidez de la oficina, aunque sofocante, había sido más reconfortante que el frío que me rodeaba ahora. Eduardo me observó mientras caminábamos hacia su coche, sus ojos oscilando entre preocupación y algo más, algo que no conseguía identificar. Cuando llegamos al vehículo, él abrió la puerta para mí, pero antes de que pudiera entrar, detuvo su mano en mi brazo. —Amor, ¿qué está pasando? —su tono ya no era el de un jefe distante, yo sabía que después de nuestra luna de miel él había tenido mucho trabajo e incluso tendría que viajar a Francia por negocios. Había una urgencia en su voz que me hizo detenerme. Lo miré, y por un momento, deseé poder ocultarle la verdad. No quería cargarlo con más preocupacio

