En el gran salón de techos abovedados, donde los retratos de los antiguos Alfas de la manada Fuego Sagrado observaban con ojos severos, la tensión alcanzó su punto de ebullición. Lady Valerius estaba de pie junto a la chimenea apagada, su figura rígida como una estatua. Frente a ella, Elijah mantenía una postura defensiva, con la mandíbula apretada y los puños cerrados. El aire entre madre e hijo estaba cargado de una electricidad estática que hacía que las lámparas de cristal tintinearan sutilmente. —¿Eres consciente de la magnitud de tu imprudencia, Elijah? —la voz de Lady Valerius rompió el silencio, gélida y cortante como una cuchilla—. Has traído a una mujer que no solo fue la esposa de un enemigo, sino que arrastra consigo un paquete que podría hundirnos a todos. —Astrid es mi L

