Una Noche

1419 Palabras
Salieron juntos de El Nido y se dirigieron al hotel de Elijah. Se alejaron en un Mercedes-Benz Clase S oscuro y moderno. El silencio dentro del coche era tan envolvente como la mirada seductora de Elijah. Astrid se sentía como si hubiera entrado en una película romántica. La ciudad pasaba a toda velocidad por la ventanilla, pero el lujo la mantenía anclada en una burbuja irreal. Una parte de Astrid se sentía maravillada por el lujo que rodeaba a Elijah, pero la otra se repetía que no podía dejar pasar esta oportunidad de ser deseada. Simplemente tendrían sexo casual y nunca más se volverían a ver. El contraste era brutal. Hacía solo unas horas, ella era la loba humillada, rechazada por todos y obligada a buscar consuelo en un bar de mala muerte. Ahora, estaba sentada junto a un lobo que olía a poder y a fortuna, viajando hacia un destino que prometía placer. Ella se aferraba a la idea de que esto era solo una transacción física. Una noche para borrar dos años de dolor, y luego, cada uno seguiría su camino. Al llegar, Elijah la guio hasta el ascensor y luego a la habitación. Era una suite presidencial: el espacio era extenso, con ventanales que ofrecían vistas nocturnas de la ciudad, una cama king size inmensa cubierta de sábanas de seda negra, y un jacuzzi burbujeante en la esquina del cuarto de baño. El espacio era tan grande que Astrid sintió una poco de pánico. Ella, la gorda fea a la que River había echado, no pertenecía a este tipo de lugares. El piso de piedra caliza brillaba bajo las luces suaves, y el jacuzzi parecía una invitación obscena al disfrute. Todo gritaba riqueza, un tipo de riqueza que hacía que el ascenso de River Farrow pareciera insignificante. —Ven aquí —le dijo Elijah, gesticulando con la mano en un susurro grave. Astrid se lanzó sobre la cama. Elijah se quitó la chaqueta y luego la camisa, revelando un cuerpo bien esculpido. Madre mía, era un dios griego tallado a la perfección. La respiración se le atoró en el pecho. Las horas de gimnasio y los sacrificios de River no se comparaban con la majestuosidad del cuerpo de Elijah. Era ancho, musculoso, pero de una manera orgánica, no artificial. Su pecho cincelado y sus abdominales parecían esculpidos en piedra. Astrid tragó grueso ante semejante monumento. El deseo que sintió fue inmediato y violento. —¿Qué pasa, hermosa? —Su voz era suave, como si realmente se preocupara por ella. —Estoy algo nerviosa… esto es nuevo para mí. Sus ojos grises se abrieron, atravesando su mirada azul con una ligera sorpresa que no tenía rastro de juicio. —No me digas que eres virgen —dijo, solo un poco sorprendido. Astrid tragó saliva, incapaz de responder. El silencio era su confirmación. Ella se sintió más vulnerable que nunca, pero él no se burló. —Seré cuidadoso, cariño. Él se inclinó, y sus labios rozaron su cuello de forma suave y lenta. Astrid sintió una chispa de deseo recorrer su vientre y su coño. La chispa rápidamente se convirtió en un incendio. Él se apartó con los ojos fijos en los suyos. —¿Estás preparada? —Sí —murmuró, casi sin aliento. Sus manos fueron quitando su blusa con suavidad, luego sus jeans, sus zapatos, hasta que estuvo completamente desnuda delante de él. Cruzó los brazos sobre sus enormes pechos redondos y firmes, sus muslos apretados, ocultaban su coño. Se sentía tan expuesta, tan malditamente temerosa, desnuda frente a un hombre que en su vida había visto. —No seas tímida, tienes un cuerpo armonioso y un culo que cualquier hombre desearía en una cama. Astrid quiso reír. ¿Cuerpo armonioso? Seguro que los tragos habían hecho un efecto hipnotizaste; él debía estar embrujado. La incredulidad era total, pero su cuerpo no la escuchaba, encendido por el calor de sus ojos. Elijah se quitó los pantalones y ella contuvo el aliento. Su erección era obvia, su polla estaba ardiente y lista. Elijah no se apresuró. En lugar de eso, se acercó a ella en la cama. Sus labios encontraron los de Astrid en un beso lento, que sabía aun a whisky. Era un beso que la hacía sentir valiosa, no una cosa. Él la besó hasta que Astrid olvidó tanto dolor y tanta humillación. Se concentró en su boca, en la seguridad de sus brazos. No había prisa, solo una atención que nunca había recibido. Mientras la besaba, su dedo se deslizó por su coño, lento y suave, acariciando su humedad. —¿Te gusta? —preguntó Elijah. Astrid asintió sin aliento. —Sí, me fascina. Nadie nunca la había tocado así. Nadie nunca le había dicho cosas bonitas, y mucho menos un hombre la había hecho sentir deseada. Esto era la liberación que había buscado. Él se colocó entre sus piernas, su cuerpo pesado y musculoso presionando suavemente el suyo. El contraste entre la suavidad de las sábanas y la dureza de su polla la hizo jadear. Elijah colocó la punta de su polla en su entrada, deteniéndose para darle tiempo. —Mírame, Astrid —dijo. Ella obedeció—. Esto es por ti. Solo por ti. Luego, la penetró. Fue un dolor agudo y breve, que rápidamente fue reemplazado por la sensación de estar llena, de estar por fin completa. Las lágrimas de dolor se convirtieron en gemidos de placer. La sensación la abrumó. Era una ola de sensaciones que ahogaba las voces de River y Cyra. El placer era su venganza, y Elijah era el instrumento de su liberación. Sintió su cuerpo, por primera vez, haciendo exactamente lo que se suponía que debía hacer. No era un fracaso; era una mujer, deseada y satisfecha. Elijah se movió lento, marcando un ritmo profundo y uniforme, sin piedad, hasta que Astrid sintió una oleada de éxtasis que la dejó temblando. Ella gritó con placer, aferrándose a sus hombros. Era demasiado guapo y atento. Ella nunca podría tener a alguien como él, era demasiado bueno para ser real. Después de que todo terminó, Astrid tiró de la sábana para ocultar su cuerpo. La inseguridad regresó en el momento en que el placer se desvaneció. —Debiste haberme dicho antes que eras virgen. —Ya pasó… —susurró ella, sintiéndose plena y extrañamente realizada. —Nuestro trato sigue en pie —dijo Elijah, acostándose a su lado y abrazándola—. No hay nada que temer. La noche iba muy bien, y ella no quería arruinarla. Los efectos de los tragos se habían desvanecido de su mente. Elijah quitó la sábana con ternura y comenzó a mirar su cuerpo y sus curvas sin asco ni reproche. Astrid se estremeció cuando pasó sus dedos por su cadera, un gesto casi reverente. Sus dedos dibujaron las curvas de su cintura, las mismas curvas que su marido había despreciado. —Tienes un cuerpo perfecto —dijo con sinceridad. —Ja, ja, ja —rio con nerviosismo. Eso es imposible. ¿Cómo podía ser? Toda su vida le habían dicho lo contrario. Había internalizado los insultos hasta convertirlos en su propia verdad. Pasaron unos minutos y Elijah no apartó su mirada de ella. La analizó de pies a cabeza, con la misma intensidad que había visto en el bar. —Estás buenísima —murmuró, con una expresión seria. Esa era la verdad de Elijah. Astrid frunció el ceño. “¿De qué diablos está hablando?”. Pensó mentalmente. —Soy una gorda. Todos me lo dicen —volvió con su coctel de inseguridades. No podía aceptar el cumplido; era demasiado contrario a la realidad que conocía. —Insisto: tienes un buen trasero y senos firmes. Tu rostro también es hermoso. —Para su sorpresa, Elijah la atrajo hacia él, envolviéndola en sus brazos. Su corazón se aceleró. El contacto la hizo temblar. Ese hombre, este lobo poderoso que podía tener a cualquiera, la quería a ella. —¿Crees que podríamos pasar otro rato juntos? —preguntó Elijah, sorprendiéndola hasta lo más profundo de su ser. —¿En serio? —dijo ella, elevando la cabeza. —Te lo ruego, regálame otro momento. Esta noche no ha sido suficiente. —Está bien —respondió, enterrando su rostro en su pecho. No era solo el sexo lo que quería repetir; era la sensación de seguridad y la validación que él le daba. Astrid se durmió aferrada a ese desconocido, sintiendo por primera vez en años que pertenecía a algún lugar.
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