El amanecer sobre la mansión de Fuego Sagrado no trajo la paz, sino exigencias que recorrían cada rincón de la propiedad. Elijah no había dormido. Había pasado la noche en vela, moviéndose como un depredador por su despacho, procesando la realidad que le había estallado en la cara: tenía un heredero. Un hijo de cinco años que llevaba su sangre, su fuerza y su destino, y que le había sido arrebatado por la mujer que ahora dormía, o fingía dormir, en la habitación de al lado. A primera hora de la mañana, las órdenes de Elijah fueron claras y absolutas. Convocó a los Ancianos del Consejo y a los guerreros de mayor rango de la manada. No habría pruebas de ADN, no habría esperas. Su lobo ya había dictado sentencia en la habitación del niño: Kai era un Blackwood. Astrid fue despertada po

