Fuego Contra Fuego

1526 Palabras

Astrid estaba sentada al borde de la cama, con la mirada fija en un punto inexistente de la alfombra. El dolor del brazo, por la herida de plata, no era nada comparado con el nudo que sentía en la garganta. La rabia le recorría los huesos como un veneno lento. Nunca imaginó que Elijah tuviera ese lado tan feo, tan oscuro. Estaba empezando a convencerse de que todos los hombres, sin importar cuánto poder o dinero tuvieran, eran cortados por la misma tijera. «No puedo permitir esto», pensó, apretando los puños. No iba a dejar que todo lo que había avanzado, todo ese progreso por convertirse en una mujer independiente y fuerte, se fuera por el caño. No iba a aceptar ser la esclava erótica de un hombre que, mientras la poseía con furia, seguía suspirando por los rincones por su difunta

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