Aguas Sagradas

1447 Palabras

Astrid caminaba por el pasillo hacia los aposentos del Alfa, sintiendo aún el frío del metal de las dagas en su cintura y el calor retirándose de sus músculos para dejar paso a un cansancio emocional profundo que amenazaba con quebrarla. Al abrir la pesada puerta, la penumbra de la estancia solo estaba rota por el parpadeo de las brasas en la chimenea. Elijah no estaba en la cama. Estaba de pie frente al ventanal, con el torso desnudo y envuelto en vendajes que ya empezaban a mancharse de un suero grisáceo, el residuo del veneno de plata que su cuerpo lobuno intentaba expulsar. Al escuchar la puerta, se giró con lentitud. Sus ojos grises, antes hirviendo por la fiebre, ahora eran dos ascuas ardientes que la recorrieron de pies a cabeza con una avidez feroz. —Has vuelto —dijo él, y su

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