Capitulo 2

940 Palabras
Al dia siguiente Harper apenas había terminado de revisar los correos prioritarios cuando el indicador del ascensor privado volvió a iluminarse. De la cabina salió un hombre de hombros anchos, cabello castaño perfectamente peinado y una sonrisa relajada que contrastaba de inmediato con el ambiente tenso del piso cuarenta y dos. Christopher Cross. El hermano menor de Damon y el director de operaciones de la compañía. —Buenos días a la única mujer con la paciencia suficiente para no cometer un homicidio en este edificio —saludó Christopher con voz alegre, caminando directamente hacia el escritorio de Harper y apoyando ambas manos sobre la madera. Harper alzó la mirada y una leve sonrisa, genuina pero formal, apareció en sus labios. —Buenos días, señor Cross —respondió ella, manteniendo la postura profesional—. Veo que sigue conservando su sentido del humor tan temprano. —Por favor, Harper, ya te he dicho mil veces que me digas Christopher. Si me llamas 'señor Cross', siento que mi padre va a salir de alguna esquina a regañarme por no llevar corbata —bromeó él, guiñándole un ojo—. Además, eres prácticamente de la familia. Mamá preguntó por ti este fin de semana. Dijo que quiere invitarte a cenar a la residencia porque aún no entiende cómo lograste que Damon no despidiera a toda la plantilla el mes pasado. —Agradezco mucho la consideración de la Sra. Cross, pero solo cumplo con mis responsabilidades —contestó Harper con tono respetuoso, marcando esa barrera sutil pero firme que siempre mantenía con la directiva—. Y sobre su hermano... bueno, digamos que tenemos un entendimiento mutuo. Él no intenta matarme y yo no renuncio. Christopher se soltó a reír, un sonido cálido que pareció aligerar la pesadez del pasillo. —Ese 'entendimiento' es un milagro médico, te lo aseguro. Toda la familia te adora por mantener a la bestia a raya. En serio, Harper, si algún día te cansas de sus gruñidos, avísame. Te transfiero a mi departamento con un aumento del veinte por ciento en el acto. —Escuché eso, Christopher. La voz de Damon sonó desde el umbral de su oficina. Había abierto la puerta sin hacer el menor ruido. Con la chaqueta del traje abotonada, la mirada gélida y la mandíbula apretada, su presencia congeló el aire en un segundo. Damon no necesitaba alzar la voz ni gritar para imponer terror; su crueldad y su frialdad eran silenciosas, calculadas y filosas como una navaja. Christopher ni siquiera se inmuto. Giró sobre sus talones con una sonrisa divertida, mientras que Harper simplemente cuadró los hombros, manteniendo su compostura impecable. —Solo le estaba haciendo una oferta competitiva a tu secretaria estrella, hermano —dijo Christopher con naturalidad, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. Alguien tiene que reconocer su valor antes de que decida huir de tu cueva. Damon caminó despacio hacia el escritorio. Sus ojos grises pasaron de su hermano a Harper, deteniéndose en la calma exasperante con la que ella lo miraba. —Grace no va a irse a ningún lado —dijo Damon con una frialdad cortante, apoyando una mano sobre la esquina del escritorio de Harper—. Tiene un contrato y sabe exactamente lo que pasa cuando alguien rompe un acuerdo conmigo. Harper no bajó la mirada. Sostuvo la presión de sus ojos sin pestañear. —El contrato es laboral, señor Cross, no de servidumbre —repuso ella en un murmullo sereno pero afilado—. Y el señor Christopher solo estaba siendo amable. —El señor Christopher debería estar abajo revisando el balance de pérdidas del último trimestre en lugar de perder el tiempo en mi recepción —sentenció Damon, mirando a su hermano con una severidad que no admitía discusiones. Christopher alzó las manos en señal de rendición, aunque la chispa de diversión no desapareció de sus ojos. —Está bien, está bien. Me voy a mi oficina antes de que decidas congelarme la nómina —dijo Christopher. Luego se giró hacia Harper y le dedicó una inclinación de cabeza respetuosa—. Un placer como siempre, Harper. Si el ogro se pone insoportable, la oferta del traslado sigue en pie. —Gracias, señor Cross. Que tenga buen día —respondió ella con una pequeña inclinación de cabeza. Damon esperó en silencio hasta que su hermano entró al ascensor y las puertas de bronce se cerraron por completo. El silencio volvió a apoderarse del piso cuarenta y dos. —No te pagan para socializar con la directiva, Grace —murmuró Damon, dándole la espalda para regresar a su despacho. —. Por cierto, su madre llamó a primera hora. Dejó dicho que lo espera el domingo para la cena familiar y que no acepte sus excusas de trabajo. Damon se detuvo en la puerta de su oficina. Se giró lentamente y la miró con esa frialdad calculadora que solía hacer temblar a sus rivales corporativos. —¿Y le dijiste que iría? —Le dije que haría todo lo posible para que su agenda quedara libre —respondió Harper, alzando los ojos para encontrar los suyos—. A diferencia de usted, yo no tengo el valor de ser cruel con una mujer tan amable. Damon la observó durante un largo par de segundos. En el fondo de esa mirada gris, oscura y peligrosa, cruzó un destello imperceptible de algo que no era ira, sino un oscuro y retorcido respeto. —A tu escritorio le faltan expedientes, Grace. Trae el archivo confidencial de la terminal a mi oficina. Ahora. Damon entró y dejó la puerta entreabierta, esperando que ella lo siguiera.
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