Narra Elara La mañana llegó envuelta en una neblina espesa que parecía querer ocultar la realidad del mundo exterior, un manto gris que se filtraba entre los robles centenarios como un presagio de la tormenta que estaba a punto de estallar sobre nosotros. El trayecto para dejar a Lía en el colegio fue un ejercicio de contención absoluta, una actuación digna de un escenario donde Alexander y yo intercambiábamos sonrisas forzadas para no romper la burbuja de inocencia en la que manteníamos a la pequeña. Habíamos blindado su mundo; sus dispositivos estaban bajo filtros estrictos de seguridad y sus oídos solo escuchaban lo que nosotros permitíamos. Al verla bajar del coche con su mochila, ajena al caos que ya rugía en las r************* sobre el supuesto hijo de Alexander, sentí una pun

