Narra Elara El silencio de la mansión Vance tras el estruendo de la rueda de prensa y el tenso episodio en el colegio era casi ensordecedor. Me sentía como un soldado que acababa de cruzar un campo minado físicamente intacta, pero con los nervios convertidos en cenizas. Alexander no se había separado de mí ni un segundo su mano descansaba con firmeza en la base de mi espalda mientras subíamos las escaleras hacia nuestra habitación. —Necesitas descansar, Elara. Has forzado la máquina más allá de lo razonable —dijo él, con esa voz de barítono que solía calmarme, pero que ahora solo me recordaba la gravedad de lo que habíamos hecho. —Estoy bien, de verdad. Solo es el cansancio acumulado —respondí, intentando proyectar una fortaleza que se desmoronaba por momentos. Sin embargo, en cuan

