El príncipe Juan estaba exultante, había alcanzado su objetivo íntimo con Eleonora y su corazón rebosaba de alegría y gratitud. Para celebrar esta victoria personal y compartir su felicidad con todos, decidió que el castillo debía reflejar su estado de ánimo. Pidió a sus empleados que buscaran a 100 mujeres talentosas en decoración para transformar el castillo en un lugar aún más magnífico, dejándolo reluciente como un símbolo de su triunfo y felicidad. En la noche anterior, cuando Eleonora había sido citada, ella acudió un tanto nerviosa. Sin embargo, el príncipe estaba muy expectante. Se había perfumado y acicalado para la ocasión. Desde esa noche dejaría de sentír compasión por Eleonora. El príncipe Juan, con una mirada llena de misterio, invitó a Eleonora a sentarse en el borde

