—Lo siento, amigo —lamentó Bucky palmeando la espalda de Steve—, pero estuvo mal como reaccionaste ante la ayuda de Tony.
—El soldado tiene razón —admitió Thor cruzándose de brazos—. El sujeto mecánico nos fue de gran ayuda para salir victoriosos de esa difícil batalla. Tu enojo irracional estuvo fuera de lugar.
—Si ya sabes que Tony es muy sensible, ¿para qué le hablas así? —Se unió Nat desde los controles de la nave.
En ese momento ya se dirigían de regreso a la torre Stark.
Steve resopló, ahora todos se creían con derecho a opinar. Se recriminó a sí mismo por cometer el gran error de comentarles lo sucedido con Tony. Todos aseguraban que el genio estaría furioso con él, ya podía imaginarse el drama que le esperaba en casa.
—Prepárate para enfrentar la discusión de tu vida —se burló Bruce al lado de Nat quien le ayudaba a manejar la nave.
—Ya sé —farfulló mirando a Clint quien se mantenía callado y muy quieto en un asiento—, solo faltas tú, ¿tienes algo qué decir?
Clint se encogió de hombros.
—Si yo tuviera un omega, no le hablaría de esa forma.
—Claro… —masculló cruzándose de brazos con la mirada fija en la puerta de la salida.
La nave llegó a la torre y en cuanto se abrió, Steve salió de ella de un salto para dirigirse a su habitación, encontrándola cerrada con seguro.
— ¿Tony? —Preguntó y pegó la oreja a la puerta sin escuchar una respuesta— Jarvis, ¿está Tony en la habitación?
—Sí, señor —confirmó la inteligencia artificial—, solo está enojado con usted.
«Casi nada», se quejó internamente llamando a la puerta repetidas veces.
Sus amigos pasaron a su lado en dirección a la puerta que conducía al ascensor.
—Por esta noche, Thor y Clint, se quedarán con nosotros, pero habla con Tony para ver si les puede asignar un piso —pidió Nat sin mirarlo.
—Bien —respondió y los vio salir del apartamento sin decir más.
—Tony, por favor, abre —pidió de nuevo y siguió sin recibir respuesta alguna—. Jarvis, abre la puerta.
—Pero, señor…
—Si no la abres la derribaré —exigió impaciente con su gruesa voz alfa.
Después de escuchar el chasquido, entró con lentitud y cerró con suavidad tras él. La habitación estaba alumbrada por la suave luz de la lámpara de la mesita de noche. Tony estaba de espaldas a él hecho un ovillo bajo las sábanas tiritando y sollozando.
Steve se escurrió por debajo de la ropa de cama como lo hacía desde que eran niños y lo abrazó aspirando el delicioso aroma a flores que expulsaba su molesto omega embarazado.
—Babas ya alistó el sofá para que duermas en la sala —mencionó Tony con voz entrecortada—, no te quiero aquí conmigo.
Steve se pegó más a ese suave cuerpo y acarició ese vientre con una apenas notoria protuberancia, besó ese delicado cuello con amor y se detuvo de improviso al detectar el humor proveniente de su pareja. Podía sentir la gran decepción de Tony, la cual, sólo provocaba un gran deseo de hacerlo sentir protegido y amado.
—Lo siento —susurró deslizando los labios hasta saborear su marca en la nuca de su omega—, la batalla estaba resultando más difícil que nunca y solo temí por tu vida y la de nuestro bebé.
Tony sorbió ruidosamente e intentó alejarse un poco del abrazo.
—Yo también tengo miedo —respondió su omega—. Desde el atentado no me siento seguro, por eso hice esos androides que pudieran acompañarlos en batalla y para tenerlos de guardianes en la torre. Happy no me es de mucha utilidad cuando ustedes no están.
Steve obligó a Tony a recostarse boca arriba y trepó sobre él con cuidado.
—Discúlpame —susurró besando esa hermosa quijada—, fue mi culpa, soy un idiota.
—Lo eres —secundó Tony secándose las lágrimas e intentando apartarlo con una mano.
Al parecer el embarazo de Tony afectaba mucho su lado omega sensible, pues no estaba actuando como normalmente lo haría. Si no hubiera estado embarazado seguramente ni siquiera lo hubiera dejado entrar a la torre.
— ¿Vas a perdonarme? —Habló contra el sensible cuello de su pareja, quien se estremeció.
—No —susurró su omega en tono de berrinche y supo que estaba ganando la batalla—, déjame en paz.
— ¿Puedo redimir mi error?
Tony jadeó cuando le levantó la camiseta y chupó con gentileza uno de sus pezones. Su omega se mantuvo callado, solo sentía la erección de su pareja frotándose contra su cintura.
Steve se deshizo de la ropa de ambos, recostó a su omega boca abajo y lamió su entrada disfrutando de los gemidos de placer que lograba con sus caricias. Tony se retorcía en sus manos y él sólo deseaba entrar en él y demostrarle lo mucho que lo amaba.
Una vez estando preparado, volvió a girarlo y se introdujo con cuidado hasta quedar por completo dentro. Tony cerró los ojos y se aferró a sus hombros respirando con dificultad.
—Perdóname, por favor —murmuró sobre los labios de su gran amor y comenzó a moverse con lentitud—. Eres lo más importante en mi vida, solo quiero que estés seguro.
Tony abrió los ojos y lo atrajo para besarlo, su omega estaba tembloroso y sus labios se sentían ansiosos; por lo que respondió devorándolo mientras intentaba mantenerse tranquilo y no embestir con fuerza como deseaba.
—Te perdono solo bajo una condición —jadeó su pareja al soltar sus labios. Steve sonrió sin dejar de moverse y arrancarle suaves gemidos a su lindo omega. Esperó en silencio a que continuara con su petición, estaba dispuesto a darle todo lo que quisiera como siempre había sido—, quiero que cuando terminemos con esto me traigas una caja gigante de donas de chocolate.
—Pero es malo para tu salud.
En cuanto las palabras salieron de su boca se arrepintió, sabía que contradecirlo no ayudaría en nada y de inmediato pudo comprobarlo. La mirada vidriosa de Tony se transformó en una recelosa de nuevo. Tomó las caderas de su pareja y cambió el ángulo para ofrecerle más placer presionando su próstata y logró su objetivo cuando su omega volvió a perderse gimiendo y rasguñando su espalda, aunque el gusto le duró poco cuando la voz temblorosa de su pareja volvió a escucharse.
—Si no me traes esas donas dormirás en el sofá con babas.
—Jarvis —jadeó apurando un poco más sus movimientos sin llegar a ser agresivo—, pide a Happy que traiga una caja grande de donas de chocolate.
—Sí, señor —respondió la inteligencia artificial.
—Caja gigante, Jarvis —corrigió Tony y en cuanto la inteligencia artificial confirmó de nuevo, su pareja volvió a gemir en voz alta y maltratar su espalda.
Más que por excitación, sabía que lo arañaba por enojo; dejó que desquitara toda su frustración hasta que se rindió, quedando lánguido en la cama, jadeando acaloradamente con su mirada perdida en el techo.
Steve sentía que no podría aguantar mucho más, necesitaba correrse. Tomó la erección de Tony y casi al momento su omega alcanzó el clímax con un largo gemido de satisfacción. Al verlo más tranquilo se dejó ir y también se vino con un sonoro quejido.
En vez de recostarse a su lado, salió de él y apoyó su mentón en el pecho de su omega, el cual, se movía por la respiración agitada. Tenía la vista fija en esa hermosa cara de satisfacción, disfrutaba de esas hermosas facciones que lo enamoraban cada día más.
*****
Tony respiraba con dificultad por el reciente orgasmo y con la mirada perdida en el techo. Unas horas antes, se había refugiado en su habitación y se soltó a llorar cuando vio la desconfianza de Steve. En una situación normal, bien pudo esperarlo e intentar golpearlo, pero el embarazo le provocaba sentimientos tontos y débiles. Además, si su alfa hubiera obedecido su orden de irse a dormir al sillón para dejarlo solo en la inmensa cama, se hubiera sentido más triste todavía.
«Estúpidas hormonas del embarazo» se quejó.
En realidad, estaba muy agradecido de que su alfa fuera tan testarudo y siempre intentara hacerlo feliz a pesar de que esos mismos instintos fueran los culpables de las rabietas que le provocaban.
Steve suspiró tan profundo que tuvo que voltear a verlo. Esos atractivos ojos azules estaban muy dilatados y la piel blanca estaba sonrojada. Lucía tan enamorado que si hubiera tenido cola estaría agitándola feliz. Tony no pudo evitar una suave risa y los hizo girar hasta quedar recostado encima del alfa.
—Señor Stark, sus donas ya están en la recepción —anunció Jarvis.
Un día cualquiera, Happy, simplemente hubiera entrado al apartamento y las hubiera dejado en la cocina. Sin embargo, esa tarde había estado tan enojado que pidió que nadie lo interrumpiera.
—Déjalas allí —pidió con un bostezo—, mañana mando a alguno de los vengadores por ellas.
— ¿Quieres que las traiga? —Steve se ofreció acariciando su cabello.
—No —masculló fingiendo seguir enojado con él—, no quieres irte al sofá, ahora te quedas aquí. Así que cállate y duerme.
—Está bien —respondió el rubio con suavidad.
Su alfa besó su frente y se quedó muy quieto. Sonrió internamente al verlo tan sumiso y obediente. Se sintió orgulloso de tener el control sobre ese demandante hombre. Con un último bostezo logró relajarse sobre ese gran cuerpo, dispuesto a dormir una larga siesta.