–¿Qué puedo hacer para que Juan salga del trance en el que se encuentra? –me pregunto. Miro detenidamente el reflejo y me doy cuenta de que no es muy rápido. El pez nada despacio hacia Juan, sus aletas son cortas, por lo que no puede alcanzar mayor velocidad. Me viro y sacudo a Juan, pero este no reacciona. Le doy una bofetada y nada, me pongo de espaldas a la luz y le doy un beso, y me percato como sus lágrimas corren por su cara. –Despierta –digo en voz baja. –¡Elena! –¡Juan! –digo llorando–. No mires a la luz, detrás de mi hay un pez enorme con una antena muy larga y en su punta sale un luz que parece que hipnotiza, por un instante te quedaste congelado. –No sé que pasó, no recuerdo nada y ¿por qué tú no caiste en su trampa? –pregunta Juan. –No tengo idea, solo sé que desde

