Narra Fabiola Estaba untando mantequilla en mi tostada cuando sonó un tímido golpe en la puerta. No esperaba a nadie, así que me acerqué en silencio y miré por el agujero. Por si fuera otra 'entrega' que nadie pidió. Pero cuando vi quién estaba en la puerta, la abrí con un grito de alegría. Briana me sonrió, con los ojos empañados por las lágrimas. —Lo siento— dijo. Corrí a sus brazos. Durante mucho tiempo no pude hablar, el peso del mundo parecía haberse quitado de mi pecho. Finalmente la llevé al departamento y la golpeé fuerte en el hombro. —¿Por qué carajo tocaste el timbre como un extraño? ¿Y por qué no me dijiste que vendrías? Ella se encogió de hombros. —Tomé la decisión anoche. —¿Tu mamá se enojó? —¿Honestamente? Empecé a reír. Ella contuvo el aliento entre dientes.

