(Horas Antes)
Nunca se había sentido como una superestrella, al menos no hasta que llegó ese día.
Normalmente Verónica se maquillaría y peinaría a sí misma antes de un trabajo, pero ahora habían personas arreglando su maquillaje, pintando sus uñas e incluso un masajista estaba especialmente enfocado en eliminar la tensión en su cuello y hombros, pero todavía no puede sentirse relajada, al menos no mientras Lucrezia la mira con insistencia.
— Aún no comprendo, ¿No es más fácil romper el compromiso?
La risa de Lucrezia la interrumpió a mitad.
— Es natural que no lo entiendas, no perteneces a este tipo de clase social elitista.
— ... ¿Gracias?
Lucrezia e para detrás de ella, sus finos y fríos dedos empiezan a cepillar su cabello castaño con delicadeza y una elegancia bastante inusual.
— De nada. Pero, volviendo al tema, cuando un compromiso es orquestado por dos grandes familias no tienes la libertad de romperlo unilateralmente, hacerlo sería una deshonra. Caesar es demasiado astuto y encontrará la forma de salirse con la suya, es por eso que necesito evidencias en su contra, es ahí donde entras tú.
Verónica observa la expresión facial de Lucrezia desde el espejo, no se siente capaz de decir más nada y se deja colocar la peluca rubia de manera bastante meticulosa.
— A partir de ahora ya no serás Verónica. — Dice Lucrezia. — Tu nombre será...
(En la actualidad)
Verónica se remueve en su asiento incómoda, ya llevaban alrededor de veinte minutos desde que habían dejado de ver las luces de la ciudad y Caesar aún no decía palabra alguna.
— Es una bonita noche, ¿Verdad?
Pero Caesar ignora olímpicamente su intento de establecer una conversación.
El auto de Caesar parecía tener vida propia, una vida alimentada por una dieta constante de adrenalina y desprecio por las normas de tránsito. Verónica, aferrada al asidero del copiloto como si su vida dependiera de ello (y en ese momento, sinceramente creía que así era), sentía cada sacudida y cada acelerón como un latigazo.
— Podrías bajar un poquito la velocidad, ¿no crees?
Justo cuando pensaba que la velocidad no podía aumentar más, César giró bruscamente el volante. No había señalizado, no había disminuido la velocidad, simplemente se lanzó a una curva que parecía sacada directamente de una película de persecución de bajo presupuesto.
El resultado fue instantáneo. La inercia agarró a Verónica con fuerza, salió disparada hacia la derecha, impactando su rostro de lleno contra la ventana del copiloto.
Sus ojos se abrieron con sorpresa, sus labios se estiraron en una mueca de dolor y su cabello se aplastó graciosamente contra el vidrio. Por un instante, se quedó pegada allí, como una mosca torpe atrapada en una telaraña invisible.
— Pfft. ¿Estás bien?
«¡¿Vas a reírte, desgraciado?!»
Verónica se despegó lentamente del vidrio, sintiendo un leve hormigueo en la mejilla y una punzada de indignación. Lo miró con los ojos entrecerrados, con el pelo revuelto y una expresión que oscilaba entre la furia y la incredulidad.
— ¡Casi me dislocas el cuello, César! Y si crees que voy a quedarme callada mientras conduces como un maniático suicida...
Pero él ni siquiera la estaba escuchando.
Verónica estaba haciendo todo lo posible por no sacar a flote su mal temperamento, pero Caesar no estaba siendo precisamente la mejor compañía dentro de ese automóvil, sin embargo, tenia la sensación de que si se quejaba terminaría varada en medio de la carretera.
La paciencia de Verónica pendía de un hilo más fino que una tela de araña azotada por el viento. Tras el "incidente del parabrisas", había decidido que la mejor manera de preservar su cordura (y quizás su vida) era contactar a Lucrezia.
Con movimientos sigilosos, como si estuviera desactivando una bomba, Verónica deslizó su mano hacia su bolso y extrajo su teléfono móvil. La pantalla se encendió, iluminando su rostro con una tenue luz blanca. Sus dedos danzaron sobre el teclado, buscando el contacto de Lucrezia, dispuesta a teclear un mensaje de auxilio codificado (algo así como "¡PELIGRO! ¡CONDUCE COMO UN DESQUICIADO! ¡SOS!")
Pero César parecía tener ojos en la nuca, o quizás una conexión telepática con la paranoia de Verónica. Antes de que pudiera siquiera presionar el botón de enviar, su mano apareció como un rayo, arrebatándole el teléfono con una agilidad sorprendente.
— ¡¿Qué diablos te pasa?!
— ¿A dónde tan apurada, mi querida copiloto? — preguntó César, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Era una sonrisa tensa, casi depredadora.
Verónica sintió un escalofrío recorrer su espalda.
— Iba a... a ver la hora, — mintió, tratando de sonar casual.
César examinó el teléfono en su mano, como si fuera un objeto extraño. — Oh, la hora. No te preocupes por la hora. A donde vamos, el tiempo no existe... y tampoco la señal telefónica.
Antes de que Verónica pudiera reaccionar, César bajó la ventanilla con un movimiento brusco y, con un lanzamiento descuidado, arrojó el teléfono al vacío. Se escuchó un golpe sordo seguido de un silencio que pareció ensordecedor.
— ¡¿Qué demonios has hecho?! — exclamó Verónica, con la voz cargada de incredulidad y rabia.
César encogió los hombros con una despreocupación estudiada.
—Ya te dije, cariño, sin señal por estos lares. No te preocupes, luego te compro uno nuevo.
Pero Verónica no estaba pensando en el último modelo. Su mente se había paralizado. Su respiración se entrecortó. El teléfono... el teléfono tenía el rastreador. Lucrezia se lo había instalado.
— ¡Quiero mi teléfono de vuelta, César! — exigió Verónica, la voz temblándole de rabia e incipiente pánico. —¡No tenías ningún derecho a hacer eso! ¡Era mío! ¡Es mi teléfono y quiero que lo recojas! — insistió Verónica, con los puños apretados.
César frenó el auto de golpe, sin previo aviso. Los neumáticos chillaron lastimeramente sobre el asfalto agrietado.
— Si tanto lo deseas,— hizo una pausa dramática, señalando la oscuridad que los envolvía, —puedes bajarte a buscarlo.
Verónica miró a su alrededor. Estaban en medio de la nada. A ambos lados de la carretera solo se extendía una llanura oscura e inhóspita, salpicada de sombras amenazantes que la luz mortecina de los faros apenas alcanzaba a iluminar. No se veía una sola luz, ni se escuchaba ningún sonido aparte del suave susurro del viento. La noche era profunda y palpable, y la idea de estar sola allí le heló la sangre.
César continuó, con un tono peligrosamente dulce:
— Claro, una vez que bajes y lo encuentres... bueno,tendrás que volverte a pie. Disfruta de la caminata nocturna.
Su sonrisa era ahora abierta y desafiante, sabiendo que había dado en el clavo.
Verónica lo miró fijamente, sopesando sus opciones. La rabia y el orgullo gritaban dentro de ella, instándola a bajarse y demostrarle que no le tenía miedo. Pero la sensatez, esa pequeña voz que a veces lograba imponerse, le mostraba la cruda realidad de su situación. Estaba sola, en medio de la nada, con un hombre impredecible que claramente no tenía reparos en abandonarla.
Con una punzada de frustración y una oleada de miedo frío, Verónica tragó saliva y luego, con un esfuerzo visible, se tragó también su orgullo.
— Olvídalo, — murmuró, apartando la mirada hacia la ventana. — No lo necesito.
César no sonrió, pero se notó satisfecho con su respuesta.
***
De repente, después de una última curva cerrada, los árboles se abrieron para revelar un espectáculo inesperado. La villa estaba escondida, como si el mundo exterior no supiera de su existencia. No se veían otras luces en la distancia, ni se escuchaba el ruido de la ciudad. Era un oasis de tranquilidad misteriosa en medio de la nada.
Verónica se siente diminuta frente a la inmensidad de las puertas de entrada.
La sonrisa enigmática de César se transformó en una mirada intensa, posesiva, que recorrió el cuerpo de Verónica de manera palpable. Ella sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura de la noche.
Él Se inclinó ligeramente hacia ella, invadiendo su espacio personal de una manera amenazante.
— Ahora que estamos solos, en este hermoso lugar... podemos relajarnos de verdad.
«¿A-ahora ahora...?»
Verónica sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza en su pecho. La belleza aislada de la villa, que hace un momento le había parecido misteriosa, ahora se sentía opresiva, como los muros de una prisión. Su instinto de supervivencia se activó de inmediato.
César extendió una mano hacia ella, y Verónica se encogió instintivamente. Sus ojos recorrieron desesperadamente el interior del inmenso salón, buscando cualquier posible vía de escape.
— Este lugar es... realmente hermoso. ¿No crees que deberíamos explorarlo un poco? Me encantaría ver el resto de la casa, quizás el jardín... antes de que se haga demasiado tarde.
Intentó sonar entusiasta, como si estuviera genuinamente interesada en la villa.
César la observó por un momento, con los ojos entrecerrados, como si estuviera tratando de leer sus intenciones.
— No pongas a prueba mi paciencia. — La advirtió antes de separarse, recuperando la compostura como si lo de antes nunca hubiera ocurrido.
Finalmente, con un encogimiento de hombros que podría interpretarse como resignación o simplemente condescendencia, cedió.
Tan pronto como Verónica cruzó el umbral y se encontró en el pasillo tenuemente iluminado, dejó escapar un suspiro de frustración. Se apoyó contra la pared de piedra fría, llevándose una mano a la frente.
«¡Maldita sea! ¡Maldita sea, maldita sea! se reprendió mentalmente con furia.»
Su rostro se contrajo en una mueca de exasperación. Había pasado días planeando esta escapada con César. Había calculado cada detalle, desde la elección de la ropa hasta las insinuaciones sutiles que había estado sembrando en sus conversaciones. Esta villa apartada, este ambiente romántico (o al menos, lo que ella había anticipado como tal), era el escenario perfecto para finalmente lograr captar su interés.
¿Por qué entonces, ahora que la oportunidad se presentaba, ahora que estaban solos en un lugar apartado, su cuerpo se había tensado ante el mero acercamiento de César?
A medida que se adentraba más en la casa, notó la ausencia casi total de personal. Vio a una anciana vestida de n***o que pasaba silenciosamente por un pasillo, con la mirada baja y sin dirigirle una sola palabra. En la cocina, un hombre corpulento preparaba algo en silencio, sin levantar la vista de sus ollas. La sensación era extraña, como si la villa existiera en un limbo donde el tiempo se había detenido y los únicos habitantes fueran sombras silenciosas.
Un pensamiento sombrío comenzó a abrirse paso en la mente de Verónica. La ubicación apartada, el lujo discreto, la falta de personal... todo encajaba demasiado bien con la idea de un refugio secreto. Un lugar donde César podía llevar a sus amantes sin temor a ser descubierto, lejos de miradas indiscretas y juicios.
« Así que es esta la forma en que lo logra...» Murmura Verónica, sorprendida.
Los largos pasillos parecían interminables, curvándose y bifurcándose sin lógica aparente. Cada puerta era similar a la anterior, hecha de madera oscura y adornada con detalles tallados que no lograba recordar. Las habitaciones se sucedían unas a otras, llenas de muebles antiguos y objetos decorativos que ahora le parecían amenazantes en su quietud.
Intentó recordar el camino de vuelta al salón donde había dejado a César, pero su memoria parecía jugarle una mala pasada. ¿Había subido escaleras? ¿Había girado a la izquierda o a la derecha en ese pasillo? Cada decisión que tomaba la llevaba a una nueva habitación desconocida, a una biblioteca polvorienta o a un salón de estar sombrío.
Sí, estaba perdida.
Verónica continuó su errático recorrido por la mansión, con la esperanza de reconocer algún detalle, algún mueble o cuadro que la devolviera al camino correcto. Sin embargo, cada salón, cada pasillo, parecía idéntico al anterior, una repetición sofocante de opulencia impersonal. Sus pies comenzaron a doler por el constante caminar sobre los suelos de piedra y madera pulida, y una punzante frustración se apoderó de ella.
"¡Maldita sea esta casa y su maldito tamaño!" murmuró en voz baja, con la respiración entrecortada. Parecía diseñada específicamente para perder a cualquier visitante.
En sus infructuosos intentos por orientarse, se cruzó con algunos de los escasos sirvientes que había visto antes. Eran figuras silenciosas y esquivas, que parecían moverse por la casa como fantasmas. Cada vez que Verónica intentaba pedirles ayuda, preguntando por el salón principal o por César, sus respuestas eran evasivas, monosilábicas o simplemente miradas vacías que la dejaban aún más confundida y exasperada. Era como si estuvieran bajo una orden estricta de no interactuar con los huéspedes o, peor aún, como si les importara muy poco su desorientación.
A pesar del creciente cansancio y la frustración, Verónica se obligó a seguir caminando, abriendo puertas al azar con la vaga esperanza de encontrar algo familiar. Finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, llegó a un pasillo diferente, donde el aire se sentía ligeramente más cálido y había un sutil aroma a jabón y loción de afeitar.
Sin pensar demasiado, y con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera orientarla, giró el pomo de una puerta cercana y la empujó. La puerta se abrió lentamente, revelando una habitación elegantemente decorada, con ropa esparcida descuidadamente sobre una silla y un vapor tenue que aún flotaba en el aire.
Y allí estaba él.
César acababa de salir del cuarto de baño adjunto, con una toalla anudada despreocupadamente alrededor de la cintura. Su cabello oscuro estaba húmedo y peinado hacia atrás, y gotas de agua brillaban sobre su piel bronceada. Por un instante, ambos se quedaron paralizados, con la sorpresa pintada en sus rostros. Verónica, con la mano todavía en el pomo de la puerta, y César, con el torso desnudo y una expresión de sorpresa que lentamente se transformaba en una sonrisa intrigante. El tiempo pareció detenerse en ese breve e inesperado encuentro.
«Ah, carajo.»