Su nuevo pasatiempo era observar esos momentos en los que Dante sostenía a su hijo, escuchar como aquel hombre le hablaba con amor mientras aprendía todas las canciones de cuna que ella misma eligió, para cada día. Mirar a sus nuevos amores, verlos en detalle, analizarlos, escanearlos, le hacía sentir como si estuviera en otro planeta. Uno donde no sufría, donde sólo se sentía amor y felicidad. Cuando Dante le pidió empezar de nuevo, cambiar de libro no creyó que aquello fuera posible ni tan fácil de hacer, puesto que lo había intentado ya varias veces y siempre volvía a recaer por el peso, pero pasar cada día a la espera de lo que sería el mañana le hizo saber que todo lo imposible era posible. Comenzó tomándoles las manos a sus hermanos, ayudando a sanar el corazón de su padre mientra

